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Los juegos de la noche - Stig Dagerman

A veces, por la noche, cuando la madre llora en el cuarto y sólo pasos desconocidos resuenan en las escaleras, Ake tiene un juego que juega en vez de llorar. Finge ser invisible y poder transportarse adonde quiere, nada más que pensándolo. Aquella noche no había más que un sitio adonde pudiera anhelar dirigirse y en donde Ake está a menudo. Ignora cómo ha llegado allí, sabe solamente que está en una sala. No sabe cómo es, porque no tiene ojos para ella, pero está llena de humo de tabaco, los hombres estallan en risas espantosas sin motivo, las mujeres, que no logran hablar claramente, se inclinan sobre una mesa y ríen de una manera espantosa, ellas también. Esto traspasa a Ake como cuchilladas, pero después de todo se siente feliz de estar allí. En la mesa, alrededor de la cual todos están sentados, hay varias botellas, y cuando un vaso está vacío, una mano desenrosca un tapón y llena de nuevo el vaso.

Ake, que es invisible, se tiende sobre el piso y gatea bajo la mesa sin que ninguno de los convidados lo note. Tiene en la mano una barrena invisible y, sin dudar un instante, la planta en la mesa y se pone a perforarla. Pronto ha atravesado la madera, pero sigue. Siente que su barrena muerde el vidrio y, de pronto, cuando ha perforado el fondo de una botella, el aguardiente corre en un delgado hilo regular por el hueco hecho en la mesa. Reconoce los zapatos de su padre y no osa pensar en lo que pasaría si de pronto él se volviera otra vez visible. Pero en ese momento, con un estremecimiento de alegría, oye a su padre que dice:
-¡Vaya! ¡Ya no hay más nada que beber! -y otra voz que asiente-: Cierto, en ese caso… -y luego todo el mundo se levanta en la sala.

Ake sigue a su padre por las escaleras y, cuando llegan a la calle, lo guía, aunque su padre no se da cuenta, hacia una estación de taxis y cuchichea la dirección exacta al chofer; luego durante todo el trayecto se mantiene en el estribo para controlar que vayan en la buena dirección. Cuando están sólo a algunas cuadras de la casa, Ake anhela estar de vuelta y se encuentra extendido al fondo del sofá de la cocina: oye detenerse un coche abajo en la calle: cuando vuelve a ponerse en marcha se da cuenta de que no era el suyo, y que aquél se ha detenido ante la puerta del inmueble de al lado. El verdadero está, pues, todavía en camino; quizá ha sido obstruido en algún lugar cerca del cruce más próximo; quizá ha sido detenido por un ciclista volcado; suceden tantas cosas a los automóviles...

Pero finalmente llega un automóvil que parece ser el bueno. A algunas puertas de la de Ake, comienza a disminuir la velocidad, costea lentamente la casa de al lado y se detiene con un pequeño rechinamiento justamente ante la puerta precisa. Una puerta se abre, una puerta se cierra con un crujido, alguien silba haciendo tintinear una moneda. Su padre no acostumbra silbar, pero nunca se sabe... ¿Por qué no se pondría a silbar de pronto? El auto arranca y vira en la esquina, luego todo se vuelve silencioso. Ake presta oídos y escucha lo que sucede en la escalera, pero no llega ningún ruido de puerta. Ni el menor clic del dispositivo automático, ni el menor ruido de pasos sordos trepando la escalera.

¿Por qué lo habré dejado yo tan pronto, piensa Ake, en vista de que estábamos tan cerca? Yo habría podido seguirlo hasta la misma puerta. Evidentemente, ahora él está abajo, ha perdido la llave y no puede entrar. Tal vez se va a encolerizar, se va a ir y no regresará hasta que la puerta esté abierta, mañana por la mañana. Y no sabe silbar, es bien sabido, de otra manera me silbaría a mí o a mamá para que le tirásemos la llave.

Tan silenciosamente como le es posible, Ake salta el borde del sofá que rechina como siempre, y choca en la oscuridad con la mesa de la cocina: allí se para como petrificado, sobre el frío linóleo, pero su madre llora con grandes sollozos, regulares como la respiración de un durmiente; ella no ha oído nada, pues se desliza hasta la ventana y aparta suavemente la persiana para mirar afuera. No hay alma viviente en la calle, pero la lámpara encima de la puerta de enfrente está encendida. Se enciende al mismo tiempo que el dispositivo automático de la escalera. En esto se parece exactamente al que está encima de la puerta de Ake.

Pronto Ake comienza a tener frío y con sus pies desnudos vuelve a pasitos al sofá. Para no chocar con la mesa sigue el fregadero con la mano y de pronto la punta de sus dedos toca algo frío y puntiagudo. Deja que sus dedos continúen la exploración durante un instante, luego empuña el mango del cuchillo. Cuando se desliza en su lecho tiene el cuchillo aún. Lo pone bajo la frazada, cerca de él, y de nuevo se hace invisible. Se encuentra en el mismo salón de hace poco, se mantiene a la entrada y mira a los hombres y las mujeres que retienen prisionero a su padre. Se da cuenta de que si su padre debe recobrar la libertad es necesario liberarlo de la misma manera que Fred ha liberado al misionero, cuando éste estaba atado a un poste y se hallaba a punto de ser asado por los caníbales.

Ake avanza a paso de lobo, alza su cuchillo invisible y lo hunde en la espalda del gordo monigote que está sentado junto a su padre. El gordo cae tieso, muerto -Ake le da una vuelta a la mesa- y uno tras otro resbalan de sus sillas sin saber demasiado lo que les sucede. Cuando el padre está al fin liberado, Ake lo arrastra por las escaleras y como no se oye ningún coche en la calle, bajan los escalones muy lentamente, atraviesan la calle y suben a un tranvía. Ake se las arregla para que su padre tenga un asiento en el interior; espera que el cobrador no perciba que ha bebido un poco y que su padre no diga algo desagradable al conductor o acaso tenga un estallido de risa sin motivo.

El canto de un lejano tranvía nocturno, que se amortigua en un viraje, penetra implacablemente en la cocina, y Ake, que ha abandonado ya el tranvía y reposa de nuevo en el sofá, nota que su madre ha dejado de sollozar durante su corta ausencia. En el cuarto la persiana vuela contra el techo con un crujido terrible y cuando ese crujido se ha esfumado, la madre abre la ventana y a Ake le gustaría poder saltar del lecho y correr al cuarto para anunciarle que puede cerrar la ventana otra vez, bajar la persiana e ir a acostarse con toda tranquilidad, porque ahora, de todos modos, el padre no tardará. "Va a llegar en el próximo tranvía, yo mismo lo he ayudado a tomarlo”. Pero Ake comprende que esto no serviría de nada, ella nunca le creería. Ella no sabe todo lo que él ha hecho por ella. Cuando están solos por la noche y ella lo supone dormido, no sabe qué viajes él emprende y en qué aventuras él se lanza por ella.

Cuando más tarde el tranvía se detiene en la parada de la esquina, él se mantiene pegado a la ventana y mira afuera por la rendija entre la persiana y las jambas. Los primeros que llegan son dos jóvenes que han debido saltar del tranvía en marcha, se entretienen dándose puñetazos, habitan en la casa nueva al otro lado de la calle. Se oyen las voces de los que han bajado en la esquina y mientras el tranvía iluminado sale de detrás de las casas y atraviesa lentamente la calle de Ake llenándola de hierros viejos, aparecen gentes en pequeños grupos que luego se dispersan en diferentes direcciones. Un hombre de paso vacilante, con su sombrero en la mano como un mendigo, mete la cabeza por la puerta de Ake, pero no es su padre, es el portero.

Ake no se mueve. Sigue esperando. Sabe que muchas cosas pueden retener al pasajero del tranvía en la esquina. Hay varias vidrieras, particularmente la de una zapatería donde su padre quizá se haya detenido antes de entrar para elegir un par de zapatos. La vidriera del vendedor de frutas y legumbres está llena de carteles pintados a mano y habitualmente muchos se paran a mirar los interesantes muñecos que allí hay dibujados. Hay también una distribuidora automática que funciona mal y es posible que el padre haya introducido una pieza de veinte para comprarle una caja de pastillas de regaliz y ahora no logre abrir la puertita.

Mientras Ake se mantiene junto a la ventana y espera que su padre se aleje de la distribuidora, su madre sale de pronto del cuarto y pasa ante la cocina. Como está descalza, Ake no ha oído nada, pero ella seguramente no lo ha notado, porque sin detenerse va hacia la entrada. Ake suelta la persiana que tenía separada y permanece completamente inmóvil en la oscuridad total, mientras su madre busca algo entre los abrigos. Debe ser un pañuelo, porque un momento más larde ella se suena y vuelve al cuarto. Aunque ella está descalza, Ake observa que trata de andar silenciosamente para no despertarlo. Después de haber entrado al cuarto, cierra rápidamente la ventana y baja la persiana con un golpe seco y rápido.

Luego ella se tira en la cama y los sollozos recomienzan exactamente como si no pudiera sollozar más que en esa posición o como si no pudiera evitar llorar cuando se halla tendida.

Después de haber mirado una vez más hacia la calle y encontrarla completamente vacía, aparte de una mujer que se deja acariciar por un marinero bajo el balcón de enfrente, Ake vuelve con pasos afelpados a acostarse. El piso rechina de pronto bajo sus pies y tiene la impresión de que resuena como si él hubiera dejado caer algo. Ahora está horriblemente fatigado; mientras avanza, el sueño se despliega sobre él como una niebla y a través de esa niebla percibe un crujido de pasos en la escalera, pero no van en la buena dirección, sino que descienden en lugar de subir. Tan pronto se ha deslizado bajo el cobertor se sumerge, de mala gana pero rápidamente, en las aguas del sueño y lasúltimas olas que se cierran encima de su cabeza son dulces como sollozos.

Pero el sueño es tan frágil que no logra retener a Ake apartado de lo que le preocupaba cuando estaba despierto. Seguramente que no ha oído al auto frenar ante la puerta, ni encenderse el dispositivo automático con un pequeño clic, ni el ruido de los pasos trepando la escalera, pero la llave introducida en la cerradura atraviesa el sueño y Ake de pronto se despierta, la alegría lo golpea como un relámpago, lo enciende desde los pies a la cabeza. Pero la alegría se disipa también en una humareda de preguntas. Ake tiene un juego al que se entrega cada vez que despierta de esta manera. Se entretiene en pensar que su padre atraviesa la entrada en dos zancadas y se aposta entre la cocina y el cuarto a fin de que su madre y él puedan ambos oírlo exclamar: "Tengo un compañero que se ha caído del andamio y he tenido que acompañarlo al hospital, me he quedado con él toda la noche y no he podido llamarte porque no había teléfono cerca'", o bien: “Imagínense que hemos ganado el premio gordo en la lotería y si he vuelto tan tarde es porque yo quería que ustedes no perdieran el resuello tan pronto". O bien: "Imagínense que hoy el patrón me ha regalado un bote de motor y he salido a probarlo y mañana por la mañana temprano salimos los tres. ¿Qué me dicen de eso?"

En realidad, esto se desarrolla más lentamente y sobre todo no es tan sorprendente. Su padre no halla el interruptor de la entrada. Finalmente renuncia y tropieza con un armazón de madera que cae a tierra. Reniega y trata de recogerlo, pero en vez de hacerlo vuelca un bulto que estaba junto a la pared. Renuncia entonces y trata de hallar un gancho donde colgar su abrigo, pero cuando al  fin ha hallado uno, el abrigo se le desliza también y cae al suelo con un ruido blando. Apoyado en la pared, el padre da a continuación algunos pasos para ir al baño, enciende la luz y, como tantas otras veces, Ake permanece acostado, paralizado para escuchar el ruido de las salpicaduras en el piso. El padre apaga, tropieza en la puerta, jura y entra al cuarteo a través de la cortina que se estremece como una serpiente presta a morder.

Luego todo está silencioso. El padre permanece de pie en el cuarto sin decir una palabra, sus zapatos rechinan débilmente, su respiración es pesada e irregular, pero esos dos ruidos lo vuelven todo todavía más aterradoramente silencioso y en ese silencio un nuevo relámpago golpea a Ake. Es el odio lo que lo enciende y aprieta el mango del cuchillo tan fuerte que le hace daño, aunque no siente dolor. Pero el silencio dura sólo un instante. Su padre comienza a desvestirse. La chaqueta, el chaleco. Tira sus ropas sobre una silla. Se apoya en un armario y deja caer de los pies sus zapatos. La corbata hace un chasquido como un batir de alas. Luego da algunos pasos más por el cuarto, es decir hacia la cama, y se queda inmóvil mientras da cuerda a su reloj. Luego todo se pone silencioso, tan terriblemente silencioso como antes, sólo el reloj roe el silencio como un ratón, el reloj del hombre ebrio.

Y después sucede lo que el silencio esperaba, la madre hace un movimiento desesperado en la cama y el grito brota de su boca como sangre.

-Cochino, cochino, cochino, cochino -exclama ella hasta que su voz muere y todo se vuelve silencioso. Únicamente el reloj roe, roe, y la mano que aprieta el cuchillo está toda húmeda de sudor. Es tan grande la angustia en la cocina que no se podría soportar sin un arma; finalmente, Ake está tan fatigado por el miedo que, sin resistencia, sumerge en el sueño antes que nada la cabeza. Tarde en la noche se despierta de pronto y, por la puerta abierta, oye rechinar la cama de al lado y un dulce murmullo llenar el cuarto; no sabe exactamente lo que esto significa, sino que esos dos ruidos implican la desaparición del miedo por esta noche. Suelta el cuchillo que sostenía su mano y lo rechaza lejos de él, lleno de un deseo ardiente de su propio cuerpo; en el momento de adormecerse, se entrega al último de los juegos de la noche, el que le trae la paz final.

La paz final… sin embargo, no hay fin. Poco antes de las seis de la tarde la madre entra a la cocina donde él, sentado a la mesa, está haciendo su tarea de cálculo. Ella simplemente le saca de las manos, el libro de aritmética y lo hace levantarse del banco.

-Ve a ver a papá -dice arrastrándolo con ella hacia la entrada y poniéndose detrás para cortarle la retirada- ve a ver a papá y dile de mi parte que te dé dinero.

Los días son peores que las noches. Los juegos de la noche son mucho mejores que los del día. Por la noche se puede ser invisible y corretear sobre los techos hasta el sitio donde se tiene necesidad de ustedes. Por el día no se es invisible. Por el día la cosa no va tan rápida, no es tan bueno jugar. Ake cruza la puerta de la casa y no es de ningún modo invisible. El hijo del portero le tira del abrigo para que vaya a jugar a las bolas, pero Ake sabe que su madre está en la ventana y lo siguen con los ojos hasta que ha desaparecido tras la esquina, tanto que él se desprende sin decir palabra y se va corriendo como si alguien fuera en su persecución. Cuando ha doblado la esquina, se pone a andar tan lentamente como le es posible; cuenta los cuadros de la acera y los salivazos que hay en ella. Se le une el hijo del portero, pero Ake no le responde, pues no se le puede decir a nadie que ha salido a buscar al padre con su paga. Al fin, el hijo del portero se cansa y Ake se acerca cada vez más al sitio al que no quiere acercarse. Finge alejarse cada vez más, pero esta no es verdad de ningún modo.

La primera vez él pasa delante del café sin entrar. Merodea tan cerca que el guardia gruñe a su lado. Se mete en una calle transversal y se detiene ante la casa donde se halla el taller de su padre. Un poco más tarde, pasa bajo la puerta cochera y desemboca en el patio y finge creer que su padre está aún allí, que se ha escondido en alguna parte detrás de los toneles o los sacos para que Ake lo busque. Levanta las tapas de los toneles de pintura y cada vez se asombra de no hallar a su padre acurrucado en uno de ellos. Después de haber buscado en el patio durante casi media hora, acaba por comprender que su padre no ha podido esconderse ahí, y se va.

Al lado del café hay una locería y una relojería. Ake se para primero a mirar la vidriera en que se exhiben porcelanas. Trata de contar los perros, primero los perros de raza de la fila delantera, luego los que puede entrever cuando pone sus manos de visera, y pasa revista a los anaqueles y mostradores en el interior de la tienda. El relojero se dispone justamente a bajar la cortina de su comercio, pero por los huecos del enrejado Ake puede ver de todos modos los relojes allá dentro, que hacen tictac. Mira también el reloj que marca la hora exacta y decide que el segundero tiene que dar diez vueltas antes de que él entre.

Ake aprovecha el momento en que el guardia disputa con un individuo que le muestra algo en un periódico para colarse en el café; en seguida avanza corriendo hacia la mesa precisa, a fin de no ser visto por demasiada gente. Su padre no lo ve en seguida, pero uno de los otros pintores hace una señal en dirección de Ake y dice:
-Tu chiquillo está ahí.
El padre pone al hijo en sus rodillas y frota su barba de dos días contra la mejilla. Ake trata de no mirarlo a los ojos, pero de vez en cuando no lo puede evitar, fascinado por las ventanillas rojas en lo blanco de los ojos.
-¿Qué quieres, tú? -dice el padre: su lengua es blanda, pastosa, y tiene que repetir varias veces la misma cosa antes de estar satisfecho él mismo de ello,
-Vengo a buscar dinero.
Su padre entonces vuelve a ponerlo suavemente en el suelo, se echa hacia atrás y ríe tan fuerte que sus camaradas se ven obligados a hacerle señal de callarse. Riéndose, saca su portamonedas, quita torpemente el elástico y busca mucho antes de hallar la pieza deuna corona más brillante.
-Toma, Ake -dice- ve a comprarte dulces con esto.
Los otros pintores no quieren ser menos y Ake recibe una corona de cada uno de ellos. Retiene el dinero en su mano mientras, abrumado de confusión y vergüenza, se dirige prudentemente a la salida por entre las mesas. Se muere de miedo de que alguien lo vea salir cuando pase corriendo delante del guardia y que un soplón vaya a decir en la escuela:
-Ayer por la tarde vi salir a Ake de la taberna.

Se detiene de todos modos un instante ante la vidriera del relojero y, mientras la aguja da diez vueltas en torno de su eje, permanece allí, apoyado contra la reja. Él sabe que esta noche deberá jugar aún, pero no sabe a quién odia más de los dos seres por los cuales juega.

Cuando más tarde dobla lentamente la esquina, encuentra la mirada de su madre allá arriba a diez metros del suelo y avanza hacia la puerta del inmueble lentamente con cuanto coraje tiene para ello. Al lado hay un vendedor de leña y se arriesga de todos modos a arrodillarse un momentito y a mirar por el tragaluz a un viejito que recoge carbón en un saco negro. Cuando el viejito ha terminado, la madre está detrás de Ake. Ella lo levanta bruscamente y lo toma por el mentón para captar su mirada.
-¿Qué ha dicho? -cuchichea-. ¿Acaso te has comportado de nuevo como un flojo?
-Dijo que iba a venir en seguida -cuchichea Ake en respuesta.
-¿Y el dinero?
-Mamá, cierra los ojos -dice Ake y juega el último de los juegos del día.

Mientras su madre eleva los ojos, Ake desliza suavemente las cuatro piezas de una corona en la mano extendida; luego baja la calle corriendo, sus pies tienen tanto miedo que patinan en el pavimento. Un grito cada vez más fuerte lo persigue a lo largo de las casas pero esto no lo detiene, por el contrario él corre todavía más rápido.

La vegetación negra - Andrés Sabella

En Hombre de Cuatro Rumbos. Orbe, 1966

La pampa es una escultura de sales, donde el hombre olvida el contorno de las frutas y comprende por qué la frente es un camino andado sólo por la desgracia... 
Las alas no escriben su gracia en la pampa, y cuándo el crepúsculo se humaniza en un carmín remoto y agradable, los hombres sonríen a imaginarios veleros que zarpan hacia islas en que el verde canta, como un ser que encarnara a la misma felicidad. 
Piedras con gestos de verdugos, perspectivas que concluyen en la noche... 
Sin embargo, en la pampa existe una vegetación singular, que es el esqueleto de un monstruoso animal sagrado y violento: las máquinas. 
Ellas se desenvuelven y complican lo mismo que una vegetación viva y alucinante. Vegetación oscura, ésta suspende y comunica una trágica solemnidad. Vegetación de una fragancia dura, sin frutas para glorificar los labios ni flores en que descansar de la desventura. 
Es la vegetación que brama día y noche, la que no cabrá en ningún herbario y no aprenderá jamás a hipnotizar la peregrina ternura de los pájaros.

La cosecha - Rodolfo González Pacheco

   Aún están verdes los trigos. Ni el rumor ni el resplandor, como de joyas revueltas, les maduró todavía. Eso va a lograrlo el sol, fino y paciente joyero. 
   Los maíces están igualmente verdes. Son mamones entre pañales de chalas. Cada grano de sus choclos es una gota de leche.
   El viento acuna las chacras en que dormitan, indigestados de jugos, los maíces y los trigos. El cuidado de sus días continua dependiendo de quienes depositaron la semilla generosa en el surco humeante. Humeante fertilidad de la tierra; humeante aliento del hombre: dos varas de humo, de las que siempre cinchó, como una yunta de bueyes, la esperanza del labriego.
   Y éste también está verde. Es un niño como trigo y su maíz. Renace todos los años para preguntar lo mismo: ¿Qué será de mis maizales?... ¿Qué será de mis trigales?....
   ¡Ah, tipo inefable y trágico! Pregunta lo que ya sabía su padre, y su abuelo, y el primero que sembró. Pero pregunta otra vez y hay, no más, que contestarle como el pregunta: trágica, inefablemente.
   ¡Serán pan! y pan para los bandidos de arriba abajo; desde el primer magistrado hasta el último milico. Hectáreas, miles de hectáreas, arramblados por los amos para abastecer sus mesas. Y otras miles todavía para nutrirles la entraña, roja y caliente, a las hembras de sus goces que así ondularán las ancas las lagartonas. Y lo que sobre, si sobra, lo echarán por sobre el mar al hambre de aquellos que ya no siembran, porque están entretenidos en degollarse o quemarse. Pan para todos -¡ay, sí!-, menos para quienes aran, engavillan, muelen el grano, hacen pan.
   Su destino ya está escrito. Leedlo en los diarios burgueses. Veréis qué bien distribuida está ya vuestra cosecha. 
   
Y aún están verdes los trigos y los maíces. Son niños aún, como vuestros niños; de cuyos también deberíais saber lo que van a ser, si no os rebeláis vosotros. Si no maduráis la vida.

Carteles Tomo I, Americalee, 1956.

El río invisible - Rafael Barrett


¿Recordáis, allá cuando éramos niños, muy niños; cuando las personas mayores se agachaban penosamente con el objeto de besarnos, y nos empinábamos nosotros sobre la punta de 105 pies para ver lo que ocurría encima de las mesas, qué grande era el espacio? El comedor, la sala, la alcoba, eran vastos terrenos de juego o de batalla, donde se escalaban las sillas, se exploraban los rincones, y donde uno podía esconderse. Los largos corredores eran de día pista de carreras, de noche túneles inacabables y llenos de peligros. La casa era un mundo. Lo infinito empezaba en la calle. Traspasado el umbral, nos hundíamos en el caos sin fondo y sin término, donde es locura aventurarse solo. Un paseo era una expedición lejana y maravillosa, en que no era sensato confiarse a otros guías que a nuestros padres. A la vuelta, al divisar la silueta familiar de nuestra vivienda, sentíamos algo de lo que habrá sentido Colón en su primer regreso, cuando reconoció en el pálido horizonte las montañas de la patria.

Crecimos, y el espacio disminuyó, como si nuestro cuerpo lo devorase. Aprendimos geodesia y astronomía, y siguió disminuyendo, devorado por nuestra inteligencia. Las distancias siderales son enormes, pero las medimos y nos parecen razonables; lo infinito empieza detrás de las últimas nebulosas, pero no es un infinito vivo y rumoroso, preñado de gestos como la ciudad cuyas olas batían nuestra puerta, sino el pozo negro e inerte de donde el telescopio no saca nada. El Universo, despojado del misterio que lo agrandaba y ahondaba en nuestra tierna fantasía, se ha reducido a una figura geométrica, aislada en mitad del pizarrón celeste.

El tiempo se modifica también con la edad, y esto es más grave. Vivir en un espacio más o menos ancho no nos atañe tan íntimamente, no afecta tanto nuestra conciencia como vivir más o menos deprisa. Cada vez vivimos más deprisa. No busquéis la impresión de lo eterno en las conjeturas de lo prehistórico, ni en los abismos de la geología, sino en la cinta esfumada de vuestros recuerdos remotos. ¿Qué son las épocas del globo comparadas con la inmensidad de siglos que hemos necesitado para separar nuestro ser de la realidad exterior, para distinguir los lineamientos fundamentales de nuestro espíritu, para cuajar en él una sensación definida, una idea, para comprender la palabra ajena y pronunciar la propia, para tender uno a uno los hilos sutiles que nos atan a las cosas? Los sabios dirán que al cabo de tres o cuatro años un niño ha logrado todo eso. Mas esta apreciación se hace desde afuera. Por dentro, la formación de los sentidos y de la razón del hombre exige una eternidad. Retroceded en vuestra memoria, cavad el lecho de vuestro pasado; nunca hallaréis su límite, nunca exclamaréis: "comencé aquí". Siempre la oscura avenida se prolongará en la llanura, juntando y desvaneciendo trazos y colores en un punto inaccesible. Siempre quedará una vaga y creciente región por sondar. Llegaréis a las tinieblas, pero no al principio de vuestro ser. Todos llevamos en nosotros una historia tan antigua y venerable como la de la creación misma.

Constituido lo esencial del alma, fijos los rasgos principales del carácter y de la fisonomía, el tiempo se acelera. Todavía chiquillos aún, las horas duran; un día de fiesta, un almuerzo en el campo, representan tesoros casi inagotables de alegría; un mes resulta plazo indefinido; un año es la mitad de la existencia. Más tarde, adolescentes, el tiempo se encoge. Nuestra mirada alcanza más lejos; calculamos sin vértigo la fecha en que acabará el curso y hasta la carrera emprendida. Concebimos con exactitud sucesos que antes teníamos por prácticamente imposibles, la muerte de nuestros padres, nuestra propia muerte. Vemos envejecer. Envejecemos. El tiempo se apresura. El ritmo de nuestra vida retarda, y el tiempo corre y nos sumerge y nos desmorona. Cuando nuestro organismo, en su período inicial hacia las conquistas primordiales de la especie, se transformaba con frenesí creador, poseíamos el tiempo, es decir, el ritmo general de todo, nos uníamos a él, a él nos enroscábamos y le acompañábamos, y él era para nosotros espléndidamente interminable. Pero detenidos en nuestro desarrollo, inmóviles en nuestra efigie, el tiempo nos deja atrás y se aleja riendo, y pasa, insensiblemente más y más rápido. Apenas vivimos; somos un bloque de costumbres inveteradas, plantado en un ángulo del camino para marcar la distancia que otros recorren. En nosotros se lee la horrible velocidad del tiempo.

El tiempo vuela, nos araña la carne, nos estruja, nos destroza al intentar arrebatarnos en su ligera huida. Ni siquiera nos aburrimos despacio. Hasta el dolor, hasta la desesperación concluyen pronto. ¿Qué son los años para el viejo? Minutos que faltan. Las aguas del río invisible se deslizan tan veloces que descubrimos al fin que algo las llama, las sorbe. El cauce se estrecha, las aguas no fluyen, caen. El tiempo se precipita, se desploma. Una línea corta la corriente. Es la catarata final: al borde el tiempo enloquecido empuña nuestros despojos miserables, y con ellos se lanza a la sima de donde nada vuelve.

Publicado en "El Diario", Asunción, 22 de noviembre de 1907.

Callejón sin salida - M. S. Papasquiaro


Callejón sin salida / ayúdanos
a ensanchar nuestros sentidos
Tú tan ninguneado
cueva / desierto / metrópoli filosa
árida ranchería / témpano cortante
puente dilatado por 1 gas
que de repente pulveriza
los inencontrables tréboles de 4 hojas
que oxigenan alimentan prestan sus alas
a tus pulmones heridos / a las pezuñas de canguro
con que avanzan tus orillas
Callejón sin salida
tablita pirata
salto de tigre
transpiración entre la niebla
LSD escurridizo
rostro en el que vemos beber
chupar su fuerza
a las especies más nómadas
de nuestros árboles de fuego
Callejón sin salida
voz de los inquietos
canción de los difíciles
biombo de cerezos
que escogen para sus muecas los travestis
Inyección de bastas
papiro con signos
al que sólo los imbéciles
son capaces de no entregar su vista
Cuna de motines
incubadora de orgasmos
hamaca carnívora
en la que medito los jugos de jazz
con los que saldré más fresco
más brillante / de mis próximos incendios
Aparentemente tú has decidido darnos la espalda
acordonarnos los músculos del cuello
triturarnos los fusibles
jugar con nosotros al festín de los fantasmas
Pero lo cierto en este crucigrama
de barricadas temblonas
camas destendidas
citas inciertas
con lo desconocido intrauterino
Pero lo cierto en este crucigrama
es que la lengua del poeta te visita
el sudor del guerrillero penetra en ti / hasta los ojos
los fetos electrizados del deseo aún insatisfecho
bailan en tus vértebras
forjan sus flautines
prenden sus inciensos en tu pelvis
Mientras tú les sonríes les conversas
les regalas gasolina / soma vibrátil
dentaduras trepadoras que arrancas de ti mismo
& ya puedes considerarte
socio : complice : infrarrealista hermanito nuestro
Crucemos cojos / desgreñados o cantando
los gises polvorientos de esta raya
Callejón sin salida
autostop que me doy a mi mismo
Tu muslo izquierdo: enfermedad
tu muslo derecho: medicina
A la hora en que cierran sus taquillas
los centros nocturnos & los circos
En el momento en que se desmaya la venta de aspirinas
consoladores hexámetros famosos
es que tú apareces
en vías de tatuarnos bajo la piel
el rasguño primero de nuestro más obsesivo autorretrato
& ya hasta te silbamos entre sueños
& preferimos salir contigo & con cero pasaportes
a estas calles / bulevares de moho
pasadizos lechosos / vías directas a la hemorragia ámbar
Callejón sin salida
dinos con 1 ojo
rehileteando 1 pestaña
hacia dónde disparar
suave / febrilmente 
nuestra última mirada-picahielo
nuestros últimos cartuchos
remolinos de clara vida & fresco semen
Para la normalidad estamos muertos
para la logística militar no existimos
para las gélidas aguas del cálculo bursátil
nuestras escamas / nuestras hélices
son encías fantasmagóricas
coágulos irresistibles de 1 resplandor
que nos pretenden negar a escopetazos
Pero tú bien sabes
que muy muy dentro de ti
acariciamos probamos tu bocado
rajamos para siempre
las alfombras sin luz propia del horóscopo
Callejón sin salida
callejón de muervida
socio : cómplica : infrarrealista hermanito nuestro.

Aullido de Cisne, 1996

La justicia en China - Florencio Sánchez

En Cuentos Anarquistas de América Latina. Pequeña Antología. Editorial Eleuterio.

Los magistrados del Poder Judicial, son muy severos en la China, lo mismo que en todos los países civilizados.
En Pekín había un juez llamado Tío Kin, que era un modelo en el ejercicio de su ministerio.
Sabía de memoria todos los Códigos del Celeste Imperio, y recitaba todos los artículos de la ley con una precisión admirable.
Me parece que los veo, sentado en su tribunal, con su fisonomía rechoncha, los ojos diminutos, a la moda del país; la cabeza afeitada y la coleta tiesa como un rabo de zorro.
Varios personajes rodeaban el estrado, y le ayudaban en la administración de la justicia.
Sus fallos eran inapelables.
Cuando pronunciaba sentencia, el secretario abría un gran libro amarillo, en el que estaban ya redactadas, para mucho tiempo, las fórmulas de ley, y no había más que llenar los blancos, así como se llenan las matrículas de los peores conciertos en nuestras Comisarías de Policía.

Cierto día compareció ante el juez un pobre chino, a quien se acusaba de haberse robado y comido un huevo.
El magistrado se revistió de la mayor gravedad, y le interrogo así:
- ¿Cómo te llamas?
- Kin Fo
- ¿Por qué te comiste ese huevo?
- Porque tenía hambre.
- Pues bien: la ley es muy clara a este respecto. Escucha tu sentencia: "Todo el que robare alguna cosa, por pequeña e insignificante que sea, será castigado con la pena de muerte", Artículo 3, del Código Verde. Te condeno a la horca administrando justicia, etc. 

El secretario abrió el libro amarillo y lleno cuatro vacíos con estas palabras: Kin-Fo-Huevo-Horca.
El reo dio un golpe sobre la mesa, para llamar la atención del juez, y le mostró una pluma de pavo.
Era la insignia de los mandarines. El reo era, pues, un Mandarín, y esto no lo había advertido a tiempo el magistrado.

El doctor Tío Kín, se rascó la cabeza, como hombre que no sabe qué hacer, y al final dijo:
-Estas leyes del Celeste Imperio son tan intrincadas, que bien puede dispensarme el señor Mandarín que está presente, acusado por una pequeñez, a que medite un momento sobre su causa.
Meditó un rato el chino, o hizo que meditaba, y declaró que aunque la ley hablaba del robo en general, no encontraba en ella ningún artículo referente al robo de huevos, lo cual significaba: que no había castigo alguno para esa falta y en consecuencia, administrando justicia, etc., le declaraba absuelto.
El Secretario volvió a abrir el libro amarillo, tachó la palabra Horca, puso Absuelto.

¡Con qué facilidad se hacen estas cosas en la China!
El juez, entre tanto, se decía para su coleta: ¡Que plancha habría hecho que yo hubiera condenado a ese Mandarín de tres colas!
Aún no se había retirado éste del juzgado, cuándo fue acusado de haberse robado también la gallina que puso el huevo anterior.

El magistrado sudaba de frío. ¡Ya que el delito era más grave! ¡Cómo transigir! Sin embargo, muerto de miedo, escarbó el código y encontró un artículo que decía: "Al que se apropiara de animales ajenos, como gallinas, patos, cerdos, etc., se le cortará la cabeza".
El reo confesó su delito, con gran disgusto del juez, que hubiera querido que lo negara.
¿Qué hacer, pues? la ley era terminante; Tío Kín recordaba que algunos mandarines habían sido ajusticiados en otra época, y aunque la mano le temblaba firmó la sentencia.

Pero, al levantar la vista, observó con asombro que el reo tenía pendiente del cuello el botón de cristal, símbolo de los grandes chambelanes del imperio.
Inmediatamente se pusieron todos de pie ante el sindicado y le saludaron con el más profundo respeto. Sólo el Secretario, que era algo miope, y estaba ocupado por la tercera vez en enmendar la sentencia, demoró algo en levantarse y doblar el espinazo.

Pasado el primer momento de sorpresa, volvió el juez a registrar el código, estudió mejor el plazo y declaró, citando en su apoyo la opinión de notables juristas chinos, que aquello de que se le cortara la cabeza, que constataba en la ley, se refería únicamente a la cabeza del ave robada, nunca a la del ladrón, por lo cual suplicaba a éste tuviera la bondad de decapitar a la gallina, para satisfacer a la vindicta pública.
El Secretario se puso los lentes, abrió el libro amarillo, borró y escribió por la cuarta vez: 

-Pero, es el caso, exclamó el reo, sacando la corona de príncipe imperial y poniéndosela en la cabeza -, que como el dueño de la gallina me impidiera despojarle de su propiedad, yo le maté enseguida.

El personal del juzgado le hizo una profunda reverencia, en tanto que el portero, sabiendo de lo que ocurría, corrió a izar la bandera amarilla, en el balcón del palacio, para que supiera el pueblo de Pekín, que un principie honraba la mansión con su presencia. Y cuando estuvo izada, vino trayendo el almohadón de seda y el dosel de púrpura para el hijo del soberano; pero éste ya salía gravemente de la sala entre dos filas de altos dignatarios, encorvados hasta el suelo y precedido por el magistrado, que rompió la marcha tocando el gong.
Sólo el secretario andaba algo rezagado, motivo de haber tenido que romper, cuidadosamente para que no se notara, la página 3114 del libro de las sentencias. 

Al día siguiente, se instaló el tribunal, fue denunciado por un vendedor de té, de que no se había posternado cuando salía el príncipe del palacio de justicia.
Y, por supuesto, lo ahorcaron, porque la justicia en muy severa en Pekín.

***

- ¡Qué cosas pasan en la China! - dirán mis lectores.
- Sí - digo yo -; parece que pasaran aquí.

Originalmente publicado en Semanario El Sol, Argentina, 1900. 

No me conteis más cuentos - León Felipe.

I
(Introducción al poema "Un signo... ¡Quiero un signo!") 

Ya se han contado todos.
Todos se han dicho y se han escrito.
Y todos se han ovillado y archivado.
Los ha contado el viejo patriarca,
los han cantado el coro y la nodriza
los ha dicho un idiota, lleno de estrépito y de furia,
se han grabado en la ventana y en la rueda
y se han guardado en cajas fuertes las matrices.

Hay réplicas exactas de todas las tragedias,
discos fonográficos de todas las salmodias,
y placas fotográficas de todos los naufragios.
Ninguno se ha perdido. Estad tranquilos.
Se sabe que el poema es una crónica,
que la crónica es un mito,
la Historia, una serpiente que se muerde la fábula
y el poeta el cronista del Rey y el Arzobispo:
el narrador de cuentos.

Todos se han registrado.
Y todos están vivos todavía. Ahí pasa el pregonero:
"¡Cuentos!... ¡Cuentos!.. ¡Cuentos!... " 
Es aquel viejo vendedor de sombras y de risas
que ahora pregona cuentos.

Pero yo no quiero cuentos...
No me contéis más cuentos.

II 
Se todos los cuentos

Yo no sé muchas cosas, es verdad.
Digo tan sólo lo que he visto.
Y he visto:
que la cuna del hombre la mecen con cuentos,
que los gritos de angustia del hombre los ahogan con cuentos,
que el llanto del hombre lo taponan en cuentos,
que los huesos del hombre los entierran con cuentos...
y que el miedo del hombre...
ha inventado todos los cuentos.
Yo sé muy pocas cosas, es verdad.
Pero me han dormido con todos los cuentos...
y sé todos los cuentos.

Revista Babel n°22, Julio-Agosto, 1944.

Cuadros de la vida - José Santos González Vera

Extraído de Letras Anarquistas. Artículos periodísticos y otros escritos inéditos de M. Rojas y J.S. González Vera. (compilados por Carmen Soria)

Cuando llego a la inmunda pocilga que tengo por refugio, contemplo la miseria que ella encierra, siento el germen de la rebeldía que invade mi ser; las ideas macabras cruzan en tropel desordenado por mi mente, luego se esfuman como visiones.

Al atardecer salgo a dar el paseo de costumbre: las calles del barrio obrero mal pavimentadas; en altos y bajos, contemplo con tristeza los raquíticos muchachos del pueblo; las escuálidas vírgenes del lodo; los obreros que salen de las fábricas, algunos encorvados por el peso del dolor y la miseria; otros flacos y pálidos, que parecen salidos de las tumbas; y así desfilan los mártires del trabajo, casi todos van hacia un mismo punto: "La cantina", que es una de las armas más poderosas de la burguesía.

Luego tornando a un barrio burgués cambia el paisaje; los parásitos charlatanes producen una bulla infernal con sus voces chillonas; otros afortunados hablan de las conquistas de vacaciones, mientras consumen cigarrillos; allá un industrial con cara de tonto grave se queja de las crisis industriales; que los operarios no se cansan de pedir aumento de salarios... y sigue el drama...

Las burguesillas van aprendiendo movimientos voluptuosos; sus angostos vestidos de seda producen sonidos quejumbrosos que reflejan tal vez el pedazo de vida que arrancó de la operaria al hacerlo. Hablan... hablan como locas... algunas cuentan que decepcionaron a sus amantes por sus ideas anti-religiosas... y así sucesivamente siguen las alegrías y las penas...

Aquí los burgueses se extasían en orgiante placer... y allí los miserables obreros enloquecen de hambre...

Y sigue el eterno drama de la vida... sigue... sigue... adelante.

Originalmente publicado en Verba Roja, primera quincena de febrero, 1914

La palabra última - Manuel Rojas

Me has dicho: no te quiero.
Yo he sentido una gran alegría.
Y una gran pena.
Alegría, porque me siento así mas solo y más libre que nunca.
Y pena, porque mi corazón, dulce siervo, siempre sentirá
    la nostalgia de una dorada esclavitud.
Y por esto, yo no sé si sonreír o llorar ahora.

Tu cariño me hizo amar durante algún tiempo la vida,
los bosques profundos, el cielo, el mar.
Y ahora, solo, mi antiguo amor por la muerte renace.
Yo debería agradecer tu palabra de liberación.
Pero mi espíritu tiembla ante la voz de su vieja soledad.
Y estoy con los ojos cerrados, en la actitud de un ciego
    que escucha.

Y pensar que todo habría sido suave y fácil.
Una palabra habría bastado.
Y nos hubiéramos unido largamente.
Pero tal vez nuestra continuada compañía me habría
    hecho aborrecer mi libertad.
Y entonces habría llorado largamente.
Porque es lo que más quiero después de ti y antes de la muerte.

Polvo y Viento - José Domingo Gomez Rojas

Hoy caen los crepúsculos de mi alma 
y dormido me encuentran las auroras; 
tengo tantas estrellas en mi ensueño 
que hay un divino azul hasta en mi sombra.

Es tan honda la noche de mi espíritu 
que en un éxtasis vivo su belleza 
y la muerte se acerca hasta mis besos 
como virgen vestida con estrellas.

Yo dormiré algún día bajo tierra 
y ni mi sombra vagará perdida; 
no seré ni recuerdo, ni fantasma, 
ni amor lejano, ni canción perdida.

Sólo entonces, tal vez, duerma tranquilo, 
sin inquietud alguna... Las estrellas
seguirán en los cielos, y los hombres 
viviendo sus dolores por la tierra.

Y yo estaré tranquilo con el polvo 
sobre mi corazón, sobre mis labios; 
pasarán los millones de centurias... 
habrán muerto y nacido muchos astros...

Así quiero dormir bajo los siglos, 
vestido con el polvo de lo eterno; 
yo que rodé cual lágrima en el mundo 
quiero apenas ser polvo sobre el viento.
Elegías, 1935.

De qué se nutre la esperanza - Manuel Rojas


Todo ser humano, por miserable que sea su condición, tiene una esperanza, pequeña o grande, noble o innoble, inalcanzable o próxima, pero esperanza al fin. Una parte de su ser vive en y de esa esperanza, se alimenta de ella y en ella.
Hay días en que esa esperanza amanece reducida al mínimo, misérrima, espantosamente misérrima. Sus posibilidades de realizarse se han alejado o destruido y el ser humano piensa y siente que más valdría que esa esperanza muriese y con ella aquella parte de su ser que vive de ella y en ella, que se alimenta en ella y de ella y que en esos momentos ni se alimenta ni vive, pues está miserable, tan miserable como la esperanza misma.

Pero el hombre tiene, además, otra esperanza: la de que han de venir días mejores para la suya. La deja, entonces, así, pequeña, entumecida, raquítica, y espera; rechazarla sería rechazarse a sí mismo, matarla equivaldría a matar lo que él más estima en sí mismo.

Hay veces en que el ser humano espera vanamente: su esperanza muere en él, tan marchita como él. Otras veces, en cambio, en aquella raíz casi podrida hay un rebrote, un rebrote que puede morir al poco tiempo o que puede traer otros y otros, fuertes y erguidos, apretados de savia, casi agresivos de vitalidad. El ser humano se siente entonces como debe sentirse un rosal en septiembre: pleno, próximo a estallar incapaz de resistir la ola de vida que asciende y circula por sus venas. La esperanza está próxima a convertirse en realidad.

Se ha esperado mucho tiempo, han transcurrido muchos días, terribles y amargos días, días de silencio, días en que se prefería no recordar que se tenía esperanza, días de rencor contra aquellos que impedía su desarrollo, días de desprecio para lo que pudiendo vigorizarla, no la vigorizaba. Días de desprecio, en fin, para sí mismo. ¿Cómo se pudo poner una esperanza en manos tan inhábiles, entregarla a dedos tan torpes, a fuerzas tan inútiles?

Todo aquello, sin embargo, no fue en vano: aquí está la esperanza, rebrotando con una fuerza que produce miedo, con una que está casi más allá de nuestra capacidad de soportarla. Es triste, claro está, muy triste que una esperanza se nutra de hombres muertos, de ciudades rendidas o destrozadas, de incendios, de sangre y de exterminio, pero no siempre le es dado al hombre elegir la materia con que se nutrirá la esperanza.



Revista "Babel"
N° 46. Santiago, 1948.

La eternidad - Gonzalo Rojas

Sin tener qué decir, pero profundamente
destrozado, mi espíritu vacío
llora su desventura
de ser un soplo negro para las rosas blancas,
de ser un agujero por donde se destruye
la risa del amor, cuyos dos labios
son la mujer y el hombre.

Me duele verlos fuertes y felices
jurarse un paraíso en el pantano
de la noche terrestre,
extasiados de olerse y acecharse
como los muertos, solos.

"Oh amantes: no durmáis hasta la aurora,
hasta que el sol reemplace vuestra furia
y entre por las cortinas a besaros los ojos.
No durmáis, Juventud, que la Vejez
os espía detrás de la ventana
con su cara invisible".

"No durmáis, proseguid
vuestra lucha, templad
sin cesar vuestras arma seductoras
con el tacto insaciable, con la sed
del primer huracán, a sangre y fuego.
No durmáis. Que el furor
os libre de mis manos asesinas".

"Soy vuestra peste. Soy
el que os sopla al oído la verdad de la tierra,
los designios aciagos:
he perdido mi cuerpo, porque yo soy la voz
de los cuerpos perdidos".

"No durmáis, hasta el sol.
No durmáis, mis hermosos amantes. No escuchéis
las olas del abismo".

Todos me ven y me oyen,
todos me temen, todos los que sufren el tiempo
como una pesadilla indescifrable,
y todos me preguntan quién soy, pero es inútil:
mi máscara es la noche.

En La Miseria del Hombre, 1948

Mar de Antofagasta - Andrés Sabella

Este Mar
fue el patio
de mi infancia.
Me columpiaba 
en el cordel
del horizonte
y en navidad
le ponía
barba de algas
a mi padre.
Mi cabellera
entonces,
era el viento.
En el patio del Mar,
perdí mi frente de niño.
Comenzaba el naufragio.

La muralla de los suicidas - José González Vera



José Santos González Vera (1897-1970) en Revista Claridad Vol. 3 N°78, 1922.

La costumbre es una cosa tremenda. Hasta para suicidarse las personas buscan un sitio que no sea de mal tono. Es de mal tono lo incorrecto e incorrecto, lo desacostumbrado. Lo natural es que se elija un sitio donde otros se hayan suicidado. Así se prestigian los vencidos por la desesperación y así se consagra el lugar. Antes, cuando el suicidio era un acto de lujo, la gente se suicidaba en cualquier parte: se tiraba a un estanque, se tendía en la vía férrea, se cortaba las venas, se tragaba una dosis de sublimado, se ahorcaba o se baleaba la sien. En esa época para suicidarse era menester cierta independencia económica. Se necesitaba algún tiempo para determinar la forma de suicidio; era indispensable comprarse un traje negro, adquirir una. pistola legítima o conseguir venenos auténticos. Los pobres estaban condenados a vivir. Por falta de recursos no podían balearse, envenenarse, cortarse las venas o ahorcarse. Cuando estaban demasiado aburridos se ponían en los rieles; pero a lo mejor el tren no pasaba o eran sorprendidos. En este último caso además de sufrir una contrariedad, recibían palizas y carcelazos. Esta injusticia, derivada del régimen capitalista, se extinguió cuando algunos suicidas bien inspirados, dieron en la democrática treta de cumplir su objetivo tirándose por la muralla del cerro Santa Lucía que da a la calle del mismo nombre. Ahora el suicidio está al alcance de todas las personas. Los pobres, en lo que a este asunto se refiere, no tienen de qué quejarse.


Los días de trabajo con diez centavos quien quiera puede subir al cerro y llegar a la muralla de los suicidas. El paisaje es delicioso. Los pajarillos cantan desde el alba hasta la noche. Se asciende por un caminito muy bien cuidado. A medio camino hay bancos rodeados de enredaderas. Si se camina con ánimo contemplativo, los espectáculos no faltan. A un lado se extiende la masa del cerro con sus árboles, sus flores, sus fuentes y sus monumentos. Desde el misterio de las hojas, llegan mil y mil murmullos; a veces se oyen risas de mujer o lejanos sonidos de campana. Es muy posible que esta clase de espectáculos no agrade a ciertas personas. En ese caso puede el interesado mirar en sentido contrario. La ciudad avanza con sus miles de edificios hasta el horizonte. Se elevan las torres de las iglesias. Sus cruces, si el paseante es católico, pueden recordarle que Dios aún existe y si no lo es, pueden sugerirle la idea de que simbolizan la mentira. El paseante, sin esfuerzo, verá las infinitas chimeneas que empañan con su humo la limpidez del cielo. Y podrá pensar que el trabajo tal como se realiza, es el pulpo de los hombres. La ciudad le evocará todo su pasado. Verá a sus queridas, a sus amigos, a su familia. Pensará en sus luchas, en sus sueños no realizados, en su historia. Y .habrá llegado a la muralla anhelada. Mirará por última vez a los hombres que se afanan en bajos menesteres y sonreirá con una sonrisa heroica. El hombre que va a morir, puede pensar, si en ello encuentra algún placer, que con su muerte la humanidad sufrirá una pérdida irreparable.

La muralla de los suicidas permanece siempre en un espléndido aislamiento. Su misma fama la hace inaccesible a cuantos no sienten sinceramente el encomiable deseo de suicidarse. Los paseantes para no obsesionarse con la idea de término, prefieren andar por otros caminos, y los guardianes guiados por el noble propósito de cumplir con su deber durante muchos años, imitan a los paseantes. Puede pues, el joven o el anciano cansado de vivir, llegar hasta ese lugar de liberación. Ningún obstáculo se opondrá a su paso, ninguna circunstancia amenguará su determinación. Además de todas las ventajas pálidamente enumeradas, la muralla de los suicidas, puede decirse que está en pleno centro. Apenas el suicida. se lanza a la calle, todo el mundo se da cuenta del hecho y forma el escándalo del caso. En seguida acude el carro de la Prefectura y carga los despojos. Los reportees también son informados al momento. Los diarios al siguiente día dan la noticia con toda suerte de detalles. No se puede negar que la muralla reúne todas las condiciones.

Aún más. Si el suicida es aficionado a la publicidad puede liquidarse en la mañana. Así conseguirá que los diarios de la tarde den cuenta del hecho a dos columnas. Amen.
                                                              
P. S.–Las personas que no posean diez centavos pueden aprovechar el día Domingo. La entrada es gratuita.
González Vera

Revista Claridad n°78, 1922.

Juanito descubre el mundo - Óscar Castro

Fragmento de Comarca del Jazmín

Corchuelo, si, Corchuelo, dice Juanito lentamente, haciendo jugar el picaporte de su pieza. El picaporte es como un pequeño animalito metálico y chirriante. Tirándole la colita amarilla, el picaporte esconde la lengua, y luego, al soltarla suena y asoma, fría, como si gustase un helado invisible. Juanito ha estudiado mucho este juguete oscuro de la puerta. Desearía sacarlo y ver qué tiene por dentro, descubrir el maravilloso resorte que produce aquel sonido. Se le figura que en el interior de esta cajita debe existir un organismo inédito, muy distinto del que tenía su payaso músico, despanzurrado tres días atrás para resolver el problema de su funcionamiento.

La primera sensación que tiene Juanito cada mañana, es el rumor del picaporte. Siempre despierta cuando la lengüeta metálica se esconde para que pueda girar la puerta. Entonces asoma la cabeza de su madre, y él cierra los ojos con rapidez. Los instantes que su madre tarda en recorrer el espacio que media entre la puerta y el lecho, son para él de dulce indecisión. Suenan sobre las tablas los pasos afelpados de sus babuchas caseras, y al fin está cerca de él, sobre él, su presencia caliente y amiga. En torno de su madre hay un aura tibia que le besa el rostro antes de que los labios cariñosos lleguen a tocarlo. Prefiere la suavidad de ese contacto invisible antes que la caricia misma. Por eso no levanta los párpados. Si cediera a la tentación, desaparecería el encanto y ya no conseguiría sentir esa zona que envuelve a su madre. Esto sucede cuando ya sus hermanos se han ido a la escuela, cuando por toda la casa transita el silencio en las patas de Choclo, el gato negro y peludo. Afuera se alarga el patio luminoso, manchado por las hojas del parrón. Más allá queda la cocina, país de humo y de oro. Y, al fondo, el huerto verde y profundo. El huerto llama cada mañana a Juanito. Soplan los tallos su flauta clara y fresca para encantarlo. Alzan las azucenas sus copas espesas de fragancia. Revuelan mariposas amarillas, rojas, huidizas. Toronjil y cedrón, ruda y malva, romero y albahaca. Todo un mosaico de aromas que flotan, flotan, formando colores. Para Juanito, el perfume del romero es azul; el de la menta, celeste; verde amarillo el del cedrón.

“Cor-chue-lo”, sigue diciendo Juanito a cada rumor de picaporte. Viene entonces la madre para advertirle que su taza de leche se enfría. Este llamado lo separa de su juguete, y diciendo por última vez “cor-chue-lo”, se dirige al comedor. Allí hay una taza humeante y un trozo de pan de oscura corteza. La leche es un mar blanco, espeso, tranquilo. El niño echa en él, para romper su monotonía, un pedacito de pan que flota un momento y se apega a los bordes de la taza. Junto a la primera, cae otra corteza tostada. Y ya la taza es un océano donde se libra un combate naval. Dos embarcaciones pelean. Una lleva una bandera de diez colores. La otra, un trapo oscuro. A Juanito le interesa que venza la primera. Por eso, levanta la cuchara y golpea suavemente el líquido. Se levantan ondas blancas y ambas embarcaciones se estremecen y chocan. Primer ataque. Ha sacado ventajas la bandera negra. Pero el capitán de la otra nave es inteligente y ordena una temeraria maniobra. Un segundo golpe de cuchara distancia más a los rivales. Un tercero los hace juntarse de nuevo. Esta vez va en ganancia la bandera multicolor. ¡Viva! El entusiasmo de Juanito no mide la potencia del cuarto golpe y la leche le salpica la cara. El pequeño se irrita. Coge a los dos rivales en su cuchara y los engulle. Que sigan el combate en su interior. Y para que tengan agua de sobra, allá va un gran sorbo de leche.

Juanito sale al patio. Bajo la sombra del parrón, en su silla de paja, dormita, caída la barba blanca sobre el pecho, Baltasar, el abuelo. El niño pasa por frente a él en puntillas y atraviesa el huerto. En vano alarga sus manos el romero para detenerlo. En vano le manda mensajes el viento, impresos en fino papel de mariposas. Algo más intenso lo lleva, retenida la respiración, suavísimo el paso, hacía un punto que él bien conoce. Al final del huerto, apegado a una tapia con grandes grietas, hay un reino encantado que muy pocas veces ha podido explorar, por expresa prohibición del abuelo. Es un cuarto en que el anciano guarda sus tesoros. Hay allí grandes tarros, barricas desvencijadas, útiles de labranza, tiestos llenos de objetos imprevistos. Como en el cuento de Alí Babá, es necesario franquear una puerta que por fortuna está sin llave. “Sésamo, ábrete”. Y las manos de Juanito se hunden, febriles, en el primer tiesto. Tropiezan sus dedos con heterogéneas cosas: hebillas de hierro, clavos de bronce de dorada cabeza, semillas de colores, láminas de metal, argollas y otras mil baratijas cuyo nombre desconoce nuestro explorador. Corcel apresurado, el corazón le late tumultuoso en el pecho. Aquellas cosas deben tener un incalculable valor. Sí en ese momento viniera el gigante, no tendría el niño un mago bondadoso que lo hiciera desaparecer. Debería enfrentarse resueltamente a su destino y no se siente capaz. El gigante es su abuelo. El pequeño lo ha investido de terribles poderes. Con una sola inflexión de su voz, el gigante podría transformarlo en piedra. 0 en lagarto. Mejor en lagarto, porque las piedras no se mueven y son grises, frías. En cambio, los lagartos ¡qué rapidez tienen! ¡Y cuántos colores! Juanito conoce los lagartos. Los ha visto en las estampas de un libro grande que tiene su hermana, y también en el huerto, sobre las tejas. Es decir, no lagartos verdaderos: lagartijas más bien. Pero qué importa. Deben ser iguales. Claro. Después las lagartijas crecen y se vuelven lagartos. También los gatos se convierten en tigres al hacerse más viejos. Por supuesto que debe pasar un tiempo largo: cien años cuando menos. Entonces se van a la selva y rugen. Rugen como un volcán. Y echan llamas por los ojos. Con estas llamas se alumbran el camino de noche. Cuando hay incendio en la montaña, es que los tigres están hambrientos y le han prendido fuego con los ojos.

Pero no es hora de divagaciones. Ahora Juanito tiene la obligación de examinar su tesoro antes que se despierte el gigante. Aquí hay un artefacto raro que clava como un puercoespín. Juanito lo saca con cuidado y lo analiza, temeroso de que tenga vida propia. Es un objeto de metal amarillo con una especie de carretel erizado de púas. Junto a este carretel hay muchas laminillas delgaditas, algunas de las cuales están quebradas como los dientes de una peineta. Convencido de que aquello es inofensivo, Juanito lo da vueltas entre sus manos. ¿Para qué servirá? Se le ocurre que aquí deben moler el trigo en los molinos. Pero no. En el molino que él conoce hay unas piedras enormes, redondas, con un hoyo al centro. Ha visto dos en la puerta grande de afuera. Y en ellas le dijeron que se molía el trigo. Entonces aquello debe servir para otra cosa. Está dispuesto a dejarlo en su sitio, dándose por vencido, cuando sus dedos hacen girar el rodillo. Dos o tres notas agudas surgen de allí y se quedan vibrando en sus oídos. Repite la experiencia y el aparato deja oír otras notas más cálidas. Prosigue su juego, y ya son los compases de una música fina, desvaída, balbuceante. Siguen los dedos interminablemente y las notas se repiten, se alejan, vuelven, se posan como pájaros en el corazón de Juanito. El niño está deslumbrado. Aquello debe valer mucho. Por lo menos un millón de pesos. Pero él tiene que llevárselo, no puede dejarlo allí. Más tarde, el gigante cerrará con llave la puerta y ya no habrá manera de cogerlo. Juanito se entreabre la blusa y desliza el artefacto a ras de piel. Siente su frío contacto y el cuerpo se le engranuja por el lado izquierdo. La emoción lo paraliza por algunos momentos. Aquella empresa es demasiado grande para él. Si lo sorprenden, tendrá que restituir su tesoro, y eso le resulta terrible. El trofeo le pertenece. Lo descubrió él. Los héroes de los cuentos nunca tuvieran escrúpulos de conciencia. Les bastaba dormir al dragón o vencer al gigante para que las piedras preciosas y las princesas les pertenecieran. Y él ha pasado frente al gigante dormido sin despertarlo. Tan estupenda empresa merece un premio: lo lleva consigo. Debe defenderlo con su propia sangre si es preciso. Inicia Juanito el retorno con mil precauciones, aunque tratando de conciliar éstas con su categoría de héroe. Abandona el cuarto y no vuelve la cabeza de inmediato hacía el lugar en que está su enemigo. Mira al suelo: allí encuentra la raíz de un duraznero. Suben sus ojos por el tallo, lentamente, estudiando sus rugosidades. Se detienen en una ramita, en un nudo, en un brote reciente. Cuando sus miradas han alcanzado suficiente altura, las hace resbalar de súbito hacía la silla del abuelo. Allí está Baltasar, en postura idéntica a la de antes. El niño se tranquiliza, echa una ojeada a su blusa, palpa el objeto que lleva debajo y comprueba que el bulto no es demasiado visible. Coge entonces una ramita caída en el suelo y avanza mirándola. Es una ramita seca y recta, suave al tacto. Esta será su vara de virtud. Con un signo de ella, conseguirá mantener el sueño del gigante todo lo que sea necesario. Avanza, avanza. Ya no median sino unos pasos entre él y su abuelo. Entonces alza la ramita y dice como para sí mismo: “Duerme, duerme". El abuelo da una cabezada que le derriba la testa blanca hacia la derecha. Entreabre los ojos cenicientos, sin ver el mundo, bajo la sombra de sus cejas espesas. Juanito se paraliza, la vara de virtud detenida en el aire. Su vida entera en ese instante, es una vibración como de frágil cristal a punto de romperse. Pero el abuelo torna otra vez a su sueño con renovada placidez. Juanito mira la varilla con desconfianza y no vuelve a levantarla. Tiene demasiado poder y su choque podría matar al gigante. Ya está junto a él, frente a él. Oye su respiración acompasada y no puede apartar los ojos de aquella figura durmiente. Lo vigila con todos sus sentidos, seguro de que si dejara de mirarlo, el gigante se alzaría terrible y acusador ante él. En ese momento, el objeto se mueve bajo su blusa y le martiriza la piel del vientre. Es un cilicio cuya tortura trata de evitar hundiendo cuanto puede la barriga. Mas las púas tenaces prosiguen su tarea de vengadoras, y el niño debe hacer esfuerzos para no lanzar un gemido.

Aquella primera experiencia dice a Juanito que todo lo bello se consigue con dolor. Sin embargo, él no podrá aprovechar la lección, pues, aún es demasiado pequeño y la vida no ha tenido tiempo de endurecerlo. La trayectoria desde donde se halla su abuelo hasta su pieza es una tortura para Juanito. El la soporta heroicamente. Salió herido del combate con el dragón. Todavía siente, viva, quemante, la sensación de su dentellada en el cuerpo. Pero aquí está la puerta. Inútilmente el picaporte estira y encoge su lengüecilla. El niño no la ve: algo más grande acapara todo su interés. Junto a la cama entreabre su blusa y aparece el tesoro intacto. Juanito tiene rasguñada la piel del vientre, pero se da por feliz de haber salvado de aquella aventura con tan escasas heridas. Se queda contemplando el misterioso rodillo y luego se asegura de que nadie vendrá a interrumpirlo. Su madre está en la cocina. El abuelo sigue durmiendo. Tiene por lo menos una hora de libertad absoluta. Una hora suya que el pianito maravilloso llenará de melodías encantadas. Lentamente primero, con mayor ligereza después, hace girar el rodillo. Cada plaquita metálica, al ser levantada por la púa respectiva, entrega su sonido clarísimo. Es como si lloviera música en gotas. El pianito canta, canta. Y el niño, embelesado, no se fatiga nunca de dar vueltas al rodillo. Tin, tin, tan, tin... Bailan todas las princesas de los cuentos, con largos vestidos hechos de pétalos y de estrellas. Tin, tin, tan, tin... Juanito recuerda la lluvia. Así cae sobre los árboles, sobre las casas, sobre el agua de las charcas. Tin, tin, tan, tin... El Gato con Botas, y Caperucita, y Pulgarcito y Blanca Nieves danzan al compás del pequeño instrumento. Tin, tin, tan, tin... El dragón se adormece, llora el gigante, el ogro terrible deja de perseguir a los niños, para escuchar la melodía. Tin, tin, tan, tin... Viene Simbad el Marino, viene Alí Babá con sus cuarenta ladrones, acude Aladino a través del bosque haciendo bailar la sombra de los árboles con el azul, reflejo de su lámpara maravillosa.

Tin, tin, tan, tin...

A Juanito le nace, lentamente, un alma musical y esplendorosa. Baila su corazón entre un huracán de mariposas, pedrerías y flores.

Comarca del Jazmín. Óscar Castro, 1945. 


Como aprendí a andar a caballo - Leon Tolstoi

De pequeño me pasaba estudiando los días enteros; sólo los domingos y los días de fiesta salía de paseo y jugaba con mis hermanos.
-Los mayores deben aprender a montar a caballo. Hay que mandarlos al picadero -dijo mi padre un día.
-¿Puedo aprender yo también? -pregunté. Yo era uno de los pequeños.
-Te caerías -replicó mi padre.
Rogué, con lágrimas en los ojos, que me enseñaran a montar a caballo.
-Bueno, bueno, que te enseñen a ti también; pero te guardarás mucho de llorar cuando te caigas. Ya sabes que el que no se cae nunca aprende a montar -dijo mi padre.
El miércoles nos llevaron a los tres hermanos al picadero. Entramos en un gran vestíbulo; y, desde allí, pasamos a un cobertizo. En éste, había una habitación enorme, cuyo suelo estaba cubierto de arena. Allí varios caballeros, damas y niños, montaban a caballo. Había poca luz, olía a caballos y se oían latigazos, gritos y el golpear de los cascos de los caballos contra las paredes de madera. Al principio, estaba asustado, y no pude observar nada. Nuestro ayo llamó al palafrenero.
-Traiga unos caballos para estos niños. Van a aprender a montar -dijo.
-Bueno -replicó el palafrenero; pero, después de mirarme, añadió-: Este niño es demasiado pequeño para montar.
-Nos ha prometido que no llorará si se cae.
El palafrenero se echó a reír.
Trajeron tres caballos ensillados Nos quitamos los abrigos y bajamos al picadero. El palafrenero sujetaba el caballo por la brida, mientras mis hermanos daban vueltas en torno a él. Primero cabalgaron al paso, luego al trote. Finalmente acercaron el tercer caballo. Era un alazán muy pequeño, con la cola cortada.
Lo llamaban Chervonchik.
-Bueno, caballerito; siéntese -me dijo el palafrenero, sonriendo.
Estaba contento y asustado al mismo tiempo; pero traté de que nadie se diera cuenta de ello. Durante un buen rato intenté meter los pies en los estribos, pero no pude lograrlo, porque era demasiado pequeño. Entonces, el palafrenero me cogió en brazos para sentarme sobre el caballo.
-El señorito no debe pesar más de un par de libras.
Al principio me sujetó de la mano; pero como yo había visto que no había sujetado a mis hermanos, le rogué que me soltara.
-¿No, le da miedo?-me preguntó.
Aunque estaba muy asustado, le dije que no. Lo que me asustaba, sobre todo, era ver a Chervonchik agachar las orejas, porque me figuraba que estaba enfadado conmigo.
-Cuidado, no se vaya a caer -dijo el palafrenero y me soltó.
A lo primero, Chervonchik siguió al paso y pude mantenerme derecho. Pero la silla era resbaladiza y tuve miedo de caerme.
-¿Se sujeta bien? -me preguntó el palafrenero.
-Sí; muy bien.
-Pues entonces vaya al trote -exclamó; y chascó la lengua.
Chervonchik corrió al trote ligero, con lo que me hizo saltar. Pero seguí callado, procurando no ladearme.
-Muy bien -me elogió el palafrenero.
Estaba contentísimo. En aquel momento empezó a hablar con otro palafrenero; y dejó de estar pendiente de mí. De pronto, observé que me había inclinado ligeramente hacia un lado. Quise colocarme bien, pero no pude. Pensé llamar al palafrenero para que detuviese al caballo; pero me dio vergüenza. Chervonchik seguía corriendo al trote y yo iba inclinándome cada vez más. Miré al palafrenero con la esperanza de que me prestara ayuda; mas seguía hablando con su compañero. Sin mirarme siquiera, le dijo.
-¡Es bien valiente ese muchacho!
De pronto me incliné tanto que me asusté. Creí que estaba perdido; pero me daba vergüenza gritar. Chevronchik dio una sacudida que me hizo resbalar y caer al suelo. Cuando el palafrenero volvió la cabeza, al no verme sobre el caballo, exclamó.
-¡Vaya! ¡El caballerito se ha caído!
Le aseguré que no me había hecho daño.
-Los niños tienen el cuerpo blando -cómentó, echándose a reír.
De buena gana me hubiera echado a llorar. Pero pedí que me subieran otra vez al caballo; y así lo hicieron. Ya no volví a caerme.
Desde entonces, fuimos al picadero dos veces por semana. Pronto aprendí a montar bien; y ya no temía a nada.