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Roberto Arlt y la ejecución de Severino Di Giovanni

Di Giovanni en la corte.
"Vivir en monotonía las horas mohosas de lo adocenado, de los resignados, de los acomodados, de las conveniencias, no es vivir la vida. Es solamente vegetar y transportar en forma ambulante una masa informe de carne y de huesos. A la vida es necesario brindarle la elevación exquisita de la rebelión del brazo y la mente". Quien así pensaba era Severino Di Giovanni (1901-1931), el anarquista italiano que llegó a la Argentina huyendo del hambre y la miseria que asolaban su tierra natal, por entonces convulsionada por la violencia ejercida por las Squadre d'Azione, la canalla fascista que pasó a la historia con el nombre de "camisas negras".

Nacido en Chieti, en la región de los Abruzzos, estudió para maestro y, aún sin graduarse, comenzó a enseñar en una escuela de su pueblo. Simultáneamente y de manera autodidacta, aprendía el oficio de tipógrafo y leía a los teóricos del pensamiento anarquista: Bakunin, Proudhon, Kropotkin, Malatesta y Reclus. Cuando contaba con veinte años se entregó por entero a la militancia anarquista, actividad que lo llevó a tener que padecer la censura y las persecuciones por parte del incipiente régimen capitaneado por los Fasci Italiani di Combattimento. Esto lo impulsó a dejar Italia y viajar a la Argentina.

Llegó a Buenos Aires en 1923 y se radicó en Morón, a unos pocos kilómetros de la capital. Su primer trabajo consistió en vender las flores que cultivaba en su casa. Luego consiguió empleo como tipógrafo y se conectó con grupos anarquistas que, por entonces, movilizaban a miles de obreros, editaban periódicos, tenían foros de debate y luchaban por los derechos laborales. Dos años después Di Giovanni lanzó su propio periódico, "Culmine", que propiciaba el anarquismo individual y la lucha "cara a cara" con el enemigo fascista. Su lema era: "De la propaganda a los hechos", algo que Di Giovanni puso en práctica rápidamente. Ese mismo año fue detenido por primera vez tras participar en un acto de repudio a un evento realizado en el Teatro Colón con la presencia del presidente argentino y el embajador italiano. El 16 de mayo de 1926, estalló una bomba frente a la embajada de los Estados Unidos en Buenos Aires. Fue el primer atentado de varios que realizó contra objetivos norteamericanos. También participó en varios robos, entre ellos uno a un camión de transporte de caudales, lo que le permitió abrir su propia imprenta. En agosto de 1927 participó de la multitudinaria movilización de alrededor de cien mil personas que pedían la liberación de los anarquistas italianos Ferdinando Sacco (1891-1927) y Bartolomeo Vanzetti (1888-1927), ambos a punto ser ejecutados en Massachusetts, Estados Unidos. Luego, el 23 de mayo de 1928, intervino en el atentado que destruyó el nuevo edificio del consulado italiano en Buenos Aires, al tiempo que siguió cometiendo numerosos asaltos. Considerado el "hombre más maligno que pisó tierra argentina", Di Giovanni creía en el derecho a matar al opresor aunque cayeran inocentes, y tenía un fundamento ideológico para sus actos: usar la violencia contra la violencia. Su foto ocupó la primera plana de todos los diarios y terminó la década del '20 siendo el hombre más buscado en el país.

Cliché de "Culmine", Pubblicazione Anarchica.
Di Giovanni inició 1930 editando una nueva revista, "Anarchia", en la que todos los sectores anarquistas podían exponer sus ideas, mientras continuaba con sus correrías que incluían la "expropiación" y la liberación de presos. Pero, a partir del golpe militar del 6 de setiembre, reinició los atentados con bombas. Los tres artefactos dinamiteros que estallaron en enero de 1931 precipitaron su captura. La policía intensificó su búsqueda y, finalmente, el jueves 29 de enero de 1931 fue detenido al salir de una imprenta en pleno centro de la ciudad de Buenos Aires. La populosa esquina de las avenidas Corrientes y Callao fue el escenario de la persecución policial en la que Di Giovanni se enfrentó a los tiros con los efectivos que lo perseguían y que lo terminaron capturando en un garage de la zona, luego de un frustrado intento de fuga por los techos de las casas bajas que, por entonces, había en el centro porteño. Tras su detención, sobre el escritorio de Di Giovanni fue encontrado un papel que decía: "¿Claudicar? Ni siquiera cuando -al final del camino- sin ninguna salida de salvación, me encuentre delante de la muralla de la muerte".

El dictador militar que había usurpado el poder unos meses antes ordenó un juicio rápido. Su defensor fue un teniente primero que, en su alegato, planteó la incompetencia del tribunal militar para juzgar al detenido y apeló contra la pena de muerte, algo que le valdría ser castigado por sus superiores y, según algunas versiones, morir envenenado tiempo después en una cena de camaradería; otras, en cambio, hablan de un largo exilio. La sentencia se dictaminó rápidamente y se estableció el 1 de febrero como fecha para su ejecución. Pocas horas antes de ser fusilado pidió un café dulce desde su celda. Lo rechazó al probarlo: "Pedí con mucha azúcar... No importa, será la próxima vez". Una muchedumbre se agolpó en las puertas de la prisión para escuchar las descargas. Otros tantos reclamaban su derecho a presenciar la ejecución. Algunos periodistas y encumbrados ciudadanos lo lograron. Como si fuera una función teatral, todos querían ver morir a Di Giovanni.


Testigo de ese asesinato fue también el novelista, cuentista y dramaturgo argentino Roberto Arlt (1900-1942), como periodista del diario "Buenos Aires Herald". Su presencia no era igual a la de cientos de personas que acudieron allí para ver morir al demonio, al asesino extranjero de la época. Los zapatos lustrados y el traje de gala de muchos de los asistentes convertían el asesinato de un hombre en un espectáculo frívolo, uno más de la noche porteña. La crónica de Arlt no puso ningún comentario propio sino la descripción de ese teatro irracional de la fuerza bruta contra las ideas: "la descarga terminó con el más hermoso de los que estaban presentes". Ese mismo día, en estricto secreto, el cuerpo fue trasladado al cementerio de la Chacarita. Sin embargo, al día siguiente la tumba de Di Giovanni amaneció cubierta de flores rojas. El texto de Arlt apareció en su famosa sección "Aguafuertes Porteñas" del diario "El Mundo" el 7 de febrero de 1931 bajo el título "Crónica de una ejecución". Quedan disponibles a continuación:

***

He visto morir
Las 5 menos 3 minutos. Rostros afanasos tras de las rejas. Cinco menos 2. Rechina el cerrojo y la puerta de hierro se abre. Hombres que se precipitan como si corrieran a tomar el tranvía. Sombras que dan grandes saltos por los corredores iluminados. Ruidos de culatas. Más sombras que galopan. Todos vamos en busca de Severino Di Giovanni para verlo morir.

La letanía
Espacio de cielo azul. Adoquinado rústico. Prado verde. Una como silla de comedor en medio del prado. Tropa. Máuseres. Lámparas cuya luz castiga la obscuridad. Un rectángulo. Parece un ring. El ring de la muerte. Un oficial. 
"...de acuerdo a las disposiciones... por violación del bando... ley número...".
El oficial bajo la pantalla enlozada. Frente a él, una cabeza. Un rostro que parece embadurnado en aceite rojo. Unos ojos terribles y fijos, barnizados de fiebre. Negro círculo de cabezas. Es Severino Di Giovanni. Mandíbula prominente. Frente huida hacia las sienes como la de las panteras. Labios finos y extraordinariamente rojos. Frente roja. Mejillas rojas. Ojos renegridos por el efecto de luz. Grueso cuello desnudo. Pecho ribeteado por las solapas azules de la blusa. Los labios parecen llagas pulimentadas. Se entreabren lentamente y la lengua, más roja que un pimiento, lame los labios, los humedece. Ese cuerpo arde en temperatura. Paladea la muerte.
"...artículo número... ley de estado de sitio... superior tribunal... visto... pásese al superior tribunal... de guerra, tropa y suboficiales...".
Di Giovanni mira el rostro del oficial. Proyecta sobre ese rostro la fuerza tremenda de su mirada y de la voluntad que lo mantiene sereno.
"...estamos probando... apercíbase al teniente... Rizzo Patrón, vocales... tenientes coroneles... bando... dése copia... fija número...".
Di giovanni se humedece los labios con la lengua. Escucha con atención, parece que analizara las cláusulas de un contrato cuyas estipulaciones son importantísimas. Mueve la cabeza con asentimiento, frente a la propiedad de los términos con que está redactada la sentencia.
"...dése vista al ministro de Guerra... sea fusilado... firmado, secretario...".

Habla el Reo
- Quisiera pedirle perdón al teniente defensor...
Una voz:
- No puede hablar. Llévenlo.
El condenado camina como un pato. Los pies aherrojados con una barra de hierro a las esposas que amarran las manos. Atraviesa la franja de adoquinado rústico. Algunos espectadores se ríen. ¿Zoncera? ¿Nerviosidad? ¡Quien sabe!
El reo se sienta reposadamente en el banquillo. Apoya la espalda y saca pecho. Mira arriba. Luego se inclina y parece, con las manos abandonadas entre las rodillas abiertas, un hombre que cuida el fuego mientras se calienta agua para tomar el mate.
Permanece así cuatro segundos. Un suboficial le cruza una soga al pecho, para que cuando los proyectiles lo maten no ruede por tierra. Di Giovanni gira la cabeza de derecha a izquierda y se deja amarrar.
Ha formado el blanco pelotón de fusilero. El suboficial quiere vendar al condenado. Éste grita:
- Venda no.
Mira tiesamente a los ejecutores. Emana voluntad. Si sufre o no, es un secreto. Pero permanece así, tieso, orgulloso. Surge una dificultad. El temor al rebote de las balas hace que se ordena a la tropa, perpendicular al pelotón fusilero, retirarse unos pasos.
Di Giovanni permanece recto, apoyada la espalda en el respaldar. Sobre su cabeza, en una franja de muralla gris, se mueven piernas de soldados. Saca pecho. ¿Será para recibir las balas?
- Pelotón, firme. Apunten.
La voz del reo estalla metálica, vibrante:
- ¡Viva la anarquía!
- ¡Fuego!
Resplandor subitáneo. Un cuerpo recio se ha convertido en una doblada lámina de papel. Las balas rompen la soga. El cuerpo cae de cabeza y queda en el pasto verde con las manos tocando las rodillas. Fogonazo del tiro de gracia.

Muerto
Las balas han escrito la última palabra en el cuerpo del reo. El rostro permanece sereno. Pálido. Los ojos entreabiertos. Un herrero a los pies del cadáver. Quita los remaches del grillete y de la barra de hierro. Un médico lo observa. Certifica que el condenado ha muerto. Un señor, que ha venido de frac y zapatos de baile, se retira con la galera en la coronilla. Parece que saliera del cabaret. Otro dice una mala palabra.

***
Roberto Arlt

El Suburbio (Adaptación) – L. Armando Triviño

Publicado originalmente en  el folleto Arengas, 1923. Editorial Lux.

   Las riberas del río, las orillas de la ciudad, el arrabal, el prostíbulo de tercera, la cocinería, el cambalache, el basural, la agencia, el albergue, la cantina, el garito, la ropería, el conventillo, el templo pentecostal, el coche de tercera en el ferrocarril, la imperial en el tranvía, la cubierta de tercera en el vapor, las cuadras en el cuartel, en la cárcel y comisarías, los calabozos, la sala común en el hospital, el torno en la casa de huérfanos, la secretaría en el juzgado, la sala de espera en el dispensario.
    En el campo el rancho del inquilino, el galpón de los peones en el fundo, la barra y el cepo en el cuartel de carabineros o policía campesina.
   Todo eso donde la estrechez y la miseria se abrazan, en la ciudad y el campo, con frío delirante en invierno, con calor sofocante en verano, todo eso, opaco, color gris, sucio, grasiento, haraposo, falto de aire, de confort, de luz, en donde pululan multitud de bichos, en las que cabalgan fecundándose las hordas microbianas de la tuberculosis, de la sífilis, del tifus, de la peste, etc.
    Todo eso donde la luz y el oxígeno van a lo lejos y de malas ganas, donde los beneficios de la industria, los resplandores del arte y de la ciencia no llegan en su potencialidad bondadosa, allí es donde el progreso vuelve las espaldas y hace morisquetas.
   ¡Allí está el suburbio! El peón, el inquilino, el krumiro, el pesquisa, el conscripto, el paco, el pentecostal, el ratero, la palomilla, la prostituta, el mendigo, el trapero son hijos del suburbio, son los vástagos miserables de una organización social patas arriba, que se desespera y se consume a puñaladas y a mordiscos en los sombríos y sucios arrabales.
   ¡El suburbio es un crimen; es una patada de milico en el vientre de la humanidad!
   ¡Hay que barrer, iluminar el suburbio con una llamarada de luz y de fuego!
   El que sufre no debe callar, el que calla otorga. Hay que protestar y accionar. Para esto hay que abrir frente a la comisaría, al cuartel, la fábrica, el garito y la iglesia “pentecostal” un Sindicato Obrero, un Centro de Estudios Sociales y en cada puerta del conventillo una proclama anarquista que fulmine dioses, patrias, amos y esclavos! ¡Hay que concluir esa barbarie, esa gusanera que va de la ribera del río a las orillas de la ciudad! ¡El suburbio!
Junio de 1922


Extraído del libro de Víctor Muñoz “Armando Triviño: Wobblie. Hobres, ideas y problemas del anarquismo en los años veinte. Vida y escritos de un criollo libertario”.  

Nicanor Parra: Hoy el sujeto es el planeta


Sí. El tema de los temas de hoy en Chile es la vuelta a la democracia. Ahora uno se pregunta ¿cómo es que uno quiera volver a una situación en la que ya estuvo y de la que quería salir? ¿no estaremos en peligro de repetir o de estar en presencia de un disco rayad? Si volvemos a la democracia, los viejos problemas sobreviven, evidentemente. La democracia no es la solución definitiva, la democracia burguesa, la democracia como se ha dado en Chile y en otros países, se entiende… De modo que yo personalmente*, que apoyo la vuelta a la democracia, tengo que tratar de autojustificarme. ¿Por qué creo que se impone la vuelta a la democracia? Por una razón muy sencilla: sin ella no se salva nada. Y nuestro deber fundamental en estos momentos es la supervivencia. El planeta se encuentra en pésimas condiciones. Está moribundo. ¿Y quiénes son los asesinos del planeta? El complejo industrial-militar. Entiendo por ello al capitalismo y al socialismo “real”, que en la práctica han resultado, como sistemas, tan depredadores. De modo que nosotros no volvemos a la democracia para reanudar la vieja lucha; el reemplazo del sistema  burgués por el sistema proletario. Es que han surgido en los últimos tiempos problemas gravísimos y en los que aspectos de la cuestión social serían solo eso; aspectos.

En la dictadura, o sea en una situación de capitalismo virulento, resulta imposible todo intento de comprender el problema y procesarlo. El capitalismo no dispone de herramientas para entender la cuestión. Como tampoco dispone de ellas el socialismo “real”, desafortunadamente. Marx entendió, mucho mejor que el liberalismo, el problema económico, el de la explotación del hombre por el hombre. Pero la relación del hombre con la naturaleza no es satisfactoria en el enfoque marxista, según el pensamiento ecologista, en vez de partir de Marx, prefiere un planteamiento contemporáneo más coherente: el planteamiento de Kropotkin. Pienso en un ecologista norteamericano, por ejemplo: Murray Bookcheen. En su libro, “Ecología de la libertad”, aporta una nueva cosmovisión, una especie de nuevo “Capital”. Y todo esto tiene más que ver con el socialismo libertario que con el socialismo autoritario.

Estas filosofías sociales decimonónicas tienen sus fallas. En su época significaron valiosos pasos adelante en la historia del hombre y en la caracterización de la lucha de clases. Pero hoy éstos son solo cuestiones parciales de las estructuras y de las situaciones más graves que operan entre bastidores.

Pienso en este momento en las relaciones jerárquicas generales. El ¡NO! a las relaciones jerárquicas, es una de las primeras intuiciones del ecologismo.

¡NO! A la relación jerárquica de amo a esclavo entre hombre y mujer, por ejemplo. Como una metáfora de fondo, el trato que da el complejo industrial-militar a la naturaleza no es nada más que otra cara del machismo: la naturaleza, como mujer, y el hombre comportándose ante ella de una manera autoritaria. Habría entonces que retroceder, habría que buscar entre bastidores y encontrar allí el último núcleo de las dificultades sociales y comunitarias.

Y hasta las del hombre con la naturaleza y consigo mismo. En síntesis estoy pensando en una vuelta a la democracia en Chile, pero con fines planetarios. En otros términos: acción puntual en Chile y en todas partes, pero con la obligación de pensar globalmente.

Las soluciones para estos dilemas que se barajan de ordinario son convincentes desde un de vista tradicional, pero carecen de plausibilidad ecológica. Una de las soluciones propuestas es el enfrentamiento. Pero esto viene a ser sinónimo de colapso ecológico y de holocausto nuclear. ¡NO al enfrentamiento! para empezar. Eso nos llevaría al Apocalipsis. ¿Habría que renunciar a la acción? ¿Habría que renunciar a la lucha? No. En su libro “Psicoanálisis y ecología”, Cesarman dice que no hay que extrañarse de lo que ocurre en el planeta. Si fuera lícito extrapolar los principios del psicoanálisis individual a la sociedad, veríamos que la comunidad humana está recibiendo como ordenes profundas de fuertes impulsos tanáticos. No se conoce ningún sistema que sea eterno, que sea inmortal. De modo que este que llamamos “sociedad humana” está tan expuesto como cualquier otro al desgaste y a la muerte.

Repensarlo todo de nuevo; esa sería la primera obligación. Y en esta responsabilidad de repensar la realidad social desde un punto cero, hay que estar en condiciones de responder a ls siguiente pregunta; ¿quién es el culpable del lamentoso estado actual del planeta? Hemos condenado al capitalismo y al socialismo “real”, pero estas filosofías fueron de muy buenas intenciones, porque ambas querían construir el Paraíso en la Tierra. ¿No habría una falla anterior? Se me ocurre que sí. En la Reforma estarían dadas las raíces del capitalismo, especialmente en Calvino, con su endiosamiento del trabajo. El trabajo no es otra cosa que acción sobre la naturaleza.

Transformación de la naturaleza en artefacto, en chatarra. Y todo esto opuesto al principio de finitud de la naturaleza descubierto por la ciencia contemporánea: la naturaleza no tiene una capacidad infinita de autorregulación.

Los ecologistas piden una solución lúcida del problema social. No una solución de ojos cerrados. Y no estoy hablando de la ecología académica tradicional inventada por Heckel en el siglo XIX: una ciencia estudia la prelación de una especie con su medio. Ni tampoco refiriéndome a esa doctrina dedicada a salvaguardar, por ejemplo, la vida de las ballenas o de las focas o interesada en plantar arbolitos. Naturalmente que todas estas actividades son bienvenidas. Pero son absolutamente insuficientes.

Maquillajes, coartadas, movidas. No son soluciones. Cuando digo ecologismo estoy pensando en las Propuestas de Daimiel, que los ecologistas españoles produjeron en el año 1978. Un movimiento socioeconómico basado en la idea de armonía de la especie con su medio, que lucha por una vida lúdica, creativa, igualitaria, pluralista, libre de explotación y basada en la comunidad y colaboración de las personas. Los auténticos presupuestos de una ecología social, realizada más allá de los términos de una ecología académica y de conservacionismo ambiental.

Originalmente publicado en Crisis No. 52, marzo 1987, p.22-25.

Contra el voto electoral - Eliseo Reclus

Los bueyes van al matadero, nada dicen, nada esperan, pero al menos no votan por el carnicero que los deba matar, ni por el burgués que los deba comer. Más bestia que las bestias, más buey que los bueyes, el elector nombra sus carniceros y elige sus verdugos. ¡Y que haya hecho revoluciones para conquistar este derecho!
Eliseo Reclus. 
Revista Claridad, Vol.4, N°114, 1923, Chile.

De qué se nutre la esperanza - Manuel Rojas


Todo ser humano, por miserable que sea su condición, tiene una esperanza, pequeña o grande, noble o innoble, inalcanzable o próxima, pero esperanza al fin. Una parte de su ser vive en y de esa esperanza, se alimenta de ella y en ella.
Hay días en que esa esperanza amanece reducida al mínimo, misérrima, espantosamente misérrima. Sus posibilidades de realizarse se han alejado o destruido y el ser humano piensa y siente que más valdría que esa esperanza muriese y con ella aquella parte de su ser que vive de ella y en ella, que se alimenta en ella y de ella y que en esos momentos ni se alimenta ni vive, pues está miserable, tan miserable como la esperanza misma.

Pero el hombre tiene, además, otra esperanza: la de que han de venir días mejores para la suya. La deja, entonces, así, pequeña, entumecida, raquítica, y espera; rechazarla sería rechazarse a sí mismo, matarla equivaldría a matar lo que él más estima en sí mismo.

Hay veces en que el ser humano espera vanamente: su esperanza muere en él, tan marchita como él. Otras veces, en cambio, en aquella raíz casi podrida hay un rebrote, un rebrote que puede morir al poco tiempo o que puede traer otros y otros, fuertes y erguidos, apretados de savia, casi agresivos de vitalidad. El ser humano se siente entonces como debe sentirse un rosal en septiembre: pleno, próximo a estallar incapaz de resistir la ola de vida que asciende y circula por sus venas. La esperanza está próxima a convertirse en realidad.

Se ha esperado mucho tiempo, han transcurrido muchos días, terribles y amargos días, días de silencio, días en que se prefería no recordar que se tenía esperanza, días de rencor contra aquellos que impedía su desarrollo, días de desprecio para lo que pudiendo vigorizarla, no la vigorizaba. Días de desprecio, en fin, para sí mismo. ¿Cómo se pudo poner una esperanza en manos tan inhábiles, entregarla a dedos tan torpes, a fuerzas tan inútiles?

Todo aquello, sin embargo, no fue en vano: aquí está la esperanza, rebrotando con una fuerza que produce miedo, con una que está casi más allá de nuestra capacidad de soportarla. Es triste, claro está, muy triste que una esperanza se nutra de hombres muertos, de ciudades rendidas o destrozadas, de incendios, de sangre y de exterminio, pero no siempre le es dado al hombre elegir la materia con que se nutrirá la esperanza.



Revista "Babel"
N° 46. Santiago, 1948.

Definición del hombre actual - Gonzalo Drago

En Actitud. Revista del grupo "Los Inútiles".

El hombre actual, acosado por las jaurías del odio colectivo que divide al mundo en dos inmensos bandos de ideas irreconciliables, limitado por la intensa y tendenciosa propaganda guerrera de los países en lucha, influenciado por los demagogos y encadenado por los políticos, se debate en medio del caos y de la desesperación, soportando las dolorosas consecuencias de un mundo convulsionado.

Diríase que el hombre actual, conjuntamente con la cultura, ha llegado a una decisiva encrucijada del destino, de la que podrá salir airoso o derrotado, aunque no haya participado directamente en la lucha armada de los pueblos. Y de toda esta convulsión mundial es preciso esperar un mundo mejor, una nueva era en la que el hombre adquiera su más simple y noble expresión como individuo dentro de la colectividad. Es preciso esperar de pie a ese mundo que se iniciará después de los últimos estertores de la catástrofe. Es menester mirar hacia el futuro con la esperanza de que el hombre encontrará su centro sobre las ruinas de un sistema podrido y caduco que fracasó sistemáticamente durante varias centurias. Reyes, emperadores, presidentes y dictadores deberán pensar que no es posible de ningún modo prolongar por más tiempo un sistema que conduce a la destrucción mutua de las naciones. Sería absurdo que el hombre actual continuare viviendo una vida de paria después de la estructuración de un mundo nuevo. Son siglos de sufrimientos, de miserias, de rebeldías sofocadas con sangre las que justifican el advenimiento de un mundo más justo y más humano. Porque si ahora se lucha por ideas políticas, por disputarse los mercados mundiales, en el futuro se luchará por conquistar la libertad individual y el derecho a vivir como ser humano dentro de la colectividad.

Y no se nos diga soñadores o amargados. La evolución del mundo no puede detenerse con meras palabras o con la destrucción que siembran las ametralladoras. Sobre las ruinas y los cadáveres de los combatientes, sobre los despojos de la civilización destruida, se alzarán los nuevos ideales abriéndose paso a través de los prejuicios, hasta alcanzar la meta de la felicidad humana, esa relativa felicidad de dar a cada hombre lo que merece, dentro de un clima de libertad.


Y cuando llegue ese día, aunque seamos polvo de cementerio, nos sentiremos avergonzados de todos los crímenes cometidos por la insaciable ambición de los hombres.

Actitud n°3. Junio de 1943, Rancagua.

El criminal es el elector - Albert Libertad

Tú eres el criminal, Oh Pueblo, puesto que tú eres el Soberano. Eres, bien es cierto, el criminal inconsciente e ingenuo. Votas y no ves que eres tu propia víctima.

Sin embargo, ¿no has experimentado lo suficiente que los diputados, que prometen defenderte, como todos los gobiernos del mundo presente y pasado, son mentirosos e impotentes?

¡Lo sabes y te quejas! ¡Lo sabes y los eliges! Los gobernantes, sean quienes sean, trabajaron, trabajan y trabajarán por sus intereses, por los de su casta y por los de sus camarillas.

¿Dónde y cómo podría ser de otro modo? Los gobernados son subalternos y explotados; ¿conoces alguno que no lo sea?

Mientras no comprendas que sólo de ti depende producir y vivir a tu antojo, mientras soportes –por temor- y tú mismo fabriques –por creer en la autoridad necesaria- a jefes y directores, sábelo bien, también tus delegados y amos vivirán de tu trabajo y tu necedad. ¡Te quejas de todo! ¿Pero no eres tú el causante de las mil plagas que te devoran?

Te quejas de la policía, del ejército, de la justicia, de los cuarteles, de las prisiones, de las administraciones, de las leyes, de los ministros, del gobierno, de los financieros, de los especuladores, de los funcionarios, de los patrones, de los sacerdotes, de los propietarios, de los salarios, del paro, del parlamento, de los impuestos, de los aduaneros, de los rentistas, del precio de los víveres, de los arriendos y los alquileres, de las largas jornadas en el taller y en la fábrica, de la magra pitanza, de las privaciones sin número y de la masa infinita de iniquidades sociales.

Te quejas, pero quieres que se mantenga el sistema en el que vegetas. A veces te rebelas, pero para volver a empezar. ¡Eres tú quien produce todo, quien siembra y labora, quien forja y teje, quien amasa y transforma, quien construye y fabrica, quien alimenta y fecunda!

¿Por qué no sacias entonces tu hambre? ¿Por qué eres tú el mal vestido, el mal nutrido, el mal alojado? Sí, ¿por qué el sin pan, el sin zapatos, el sin hogar? ¿Por qué no eres tú tu señor? ¿Por qué te inclinas, obedeces, sirves? ¿Por qué eres tú el inferior, el humillado, el ofendido, el servidor, el esclavo?

¿Elaboras todo y no posees nada? Todo es gracias a ti y tú no eres nada.

Me equivoco. Eres el elector, el votante, el que acepta lo que es; aquel que, mediante la papeleta de voto, sanciona todas sus miserias; aquel que, al votar, consagra todas sus servidumbres.

Eres el criado voluntario, el doméstico amable, el lacayo, el arrastrado, el perro que lame el látigo, arrastrándote bajo el puño del amo. Eres el sargento mayor, el carcelero y el soplón. Eres el buen soldado, el portero modelo, el inquilino benévolo. Eres el empleado fiel, el devoto servidor, el campesino sobrio, el obrero resignado a su propia esclavitud. Eres tu propio verdugo. ¿De qué te quejas?

Eres un peligro para todos nosotros, hombres libres, anarquistas. Eres un peligro igual que los tiranos, que los amos a los que te entregas, que eliges, a los que apoyas, a los que alimentas, que proteges con tus bayonetas, que defiendes con la fuerza bruta, que exaltas con tu ignorancia, que legalizas con tus papeletas de voto y que nos impones por tu imbecilidad.

Tú eres el Soberano, al que se adula y engaña. Te encandilan los discursos. Los carteles te atrapan; te encantan las bobadas y las fruslerías: sigue satisfecho mientras esperas que te fusilen en las colonias y que te masacren en las fronteras a la sombra de tu bandera.

Si lenguas interesadas se relamen ante tu real excremento, ¡Oh Soberano!; si candidatos hambrientos de mandatos y ahítos de simplezas, te cepillan el espinazo y la grupa de tu autocracia de papel; si te embriagas con el incienso y las promesas que vierten sobre ti los que siempre te han traicionado, te engañan y te venderán mañana; es que tú mismo te pareces a ellos. Es que no vales más que la horda de tus famélicos aduladores. Es que, no habiendo podido elevarte a la consciencia de tu individualidad y de tu independencia, eres incapaz de liberarte por ti mismo. No quieres, luego no puedes ser libre.

¡Vamos, vota! Ten confianza en tus mandatarios, cree en tus elegidos.
Pero deja de quejarte. Los yugos que soportas, eres tú quien te los impones. Los crímenes por los que sufres, eres tú quien los cometes. Tú eres el amo, tú el criminal e, ironía, eres tú también el esclavo y la víctima.

Nosotros, cansados de la opresión de los amos que nos das, cansados de soportar su arrogancia, cansados de soportar tu pasividad, venimos a llamarte a la reflexión, a la acción.

Venga, un buen movimiento: quítate el estrecho traje de la legislación, lava rudamente tu cuerpo para que mueran los parásitos y la miseria que te devoran. Sólo entonces podrás vivir plenamente.


¡EL CRIMINAL ES EL ELECTOR!



Jóvenes de 15 a 20 años

Reza un cartel que encontramos difusamente fijado por las calles de la ciudad: "Joven de 15 a 20 años que quieran ejercitarse en el manejo de armas" y demás instrumentos para matar sus semejantes. El estado, el más fiero de los monstruos, como lo llamaba Nietzsche, necesita del sacrificio de la juventud. Le es necesaria la carne fresca. Es preciso que las madres sigan pariendo hijos, muchos hijos para la patria, para defender los privilegios de los zánganos, para que sepan afrontar la muerte sin temores y sin preguntar por qué. Es imprescindible que los hijos de los esclavos el trabajo aprendan a destrozarse como bestias, porque así conviene a los intereses de los que mandan.

¡Jóvenes de 15 a 20 años abandonad el hogar y corred a engancharos!

Aprended a odiar al resto de vuestros hermanos; aprended a mataros bárbaramente, porque así os lo ordenan los superiores; aprended a obedecer siempre; sed esclavos; sed eunucos; sed instrumentos mecánicos, anulad el amor y las ansias de libertad que ha en vuestras vidas, e id a ingresar en la Armada, que allí, después de darnos golpes, de enseñarnos las disciplinas, de someteros a una rigurosidad bárbara, os darán honores y galones, si tenéis la fortuna de matar muchos hombres en nombre de la "Madre Patria".

Pero antes de ir, escúchanos:

No vayáis, no seáis esclavos ni asesinos: amad la vida y luchad, si, por engrandecerla; amad a la libertad y ofreced el sacrificio de vuestra juventud, pero por el bienestar de todos.
1920.

Pedrea


Mientras el enemigo nos apedrea los jardines, destrozándonos a veces un rosal, nosotros-sin tomar en cuenta las piedras que vienen del otro lado de la tapia- solo nos ocupamos de contestar las pedradas de los amigos. Siempre hay una mano que arroja la primera piedra e inicia la pedrea. Y no es porque sea esa mano la verdaderamente digna de arrojar la primera, no; es que no sé que oculto afán de estar siempre en desarmonía, no sé que deseo de perturbar nuestra vida, tan perturbada de por sí, nos mueve a estar siempre apedreándonos. Mientras tanto, más de una rosa cae bajo las piedras extrañas. Y nosotros no lo tomamos en cuenta. Pero yo, que sé que las piedras enemigas pegan más fuertes que las fraternas, yo que a la pedrea de un compañero, contesto con una pedrea de rosas, os digo: hermanos, guardad nuestras piedras para arrojarlas al otro lado de la tapia, no desperdicies nuestras fuerzas apedreándonos mutuamente. Cuidemos nuestro sembrado de las piedras estrañas y guardemos as piedras que nos arrojamos para hacer más alta la tapia de nuestros jardines. Y veréis que cada día serán menos los rosales tronchados y menos nuestras ansias de apedrearnos.

Manuel Rojas.
Periódico La Batalla, junio 1915.

Vivir su vida - E. Armand

¿Por qué abandonas el camino abierto para tomar ese sendero tan estrecho y escabroso? ¿Sabes bien, muchachita, adonde te conducirá? Quizás termina en algún abismo insondable. Nadie, ni siquiera los contrabandistas se atreven a aventurarse en él. Permanece en el camino ancho y espacioso por el que todo el mundo pasa, en el camino bien cuidado y señalizado kilómetro por kilómetro. ¡Es tan cómodo y grato deambular por él!

Estoy harta de la ruta nacional y del polvo sofocante, de los conductores lentos y de los peatones apresurados. Estoy cansada de la monotonía de los grandes caminos, de las bocinas de los automóviles y de los árboles alineados como granaderos. Quiero respirar libremente, respirar a mi gusto, vivir mi vida.

No se consigue nunca vivir la propia vida, pobre niña. Es una quimera. Los años te curarán pronto de ese deseo. Vivimos siempre un poco para los demás y éstos, a su vez, viven, en cierta medida, para nosotros. El que siembra no es el mismo que hace el pan. Y el minero no es quien conduce la locomotora. La vida en sociedad es un conjunto de engranajes humanos muy complicados cuyo funcionamiento exige mucha vigilancia, reclama numerosas concesiones e infinitas atenciones. Piensa, pues, en el caos que se produciría si cada uno quisiera vivir su vida. Es comparable al que reina allá abajo, en aquel sendero que ningún caminante visita, donde las malas hierbas crecen enmarañadas, y que no se sabe a donde conduce.

 Es, ¡oh anciano!, esta complicación de la vida en sociedad lo que me horroriza. Me espanta esta obligación de dependencia respecto al prójimo, obligación que siento pesar como una carga sobre mi ser ansioso de vivir a su manera. Y desfallezco ante la idea de vivir la vida de los demás. Deseo poder morder a bocado limpio sin hallarme expuesta a ser calificada de glotona o malcriada. Quiero poder tenderme sobre el césped de los prados sin temor al guardia de campo. Antes las raíces y los animales silvestres, y las zarzas del camino sin salida, que el pan dorado y el palacio en compañía de quien me repugna ¿Qué me importa saber a donde voy? Yo vivo para hoy y el mañana me es indiferente.

Algunos, ¡oh muchachita!, han hablado un lenguaje idéntico al tuyo y también, como tú, han marchado hacia lo desconocido. Nunca lograron volver de tal viaje. Mucho tiempo después, sobre los senderos, ya allanados, y sobre las cumbres desbrozadas, han sido encontrados aquí y allá pequeños montones de huesos: esto era, sin duda, todo lo que quedaba de ellos. Habían vivido su vida, pero ¿a qué precio y durante cuánto tiempo? Contempla esas altas torres de las que se escapan sin cesar espesas nubes de humo: son las chimeneas de las fábricas grandiosas que ha edificado el género humano; es ahí donde millares de hombres, en locales blanqueados, espaciosos y ventilados, manejan esas maravillosas máquinas que dispensan a los humanos los artículos de primera necesidad. Y, cuando llega la noche, sencillos, satisfechos de la tarea realizada, conscientes del pan cotidiano ganado con el sudor de su frente, vuelven cantando, esos hombres, a sus hogares humildes donde les esperan los seres queridos. Y ese edificio rectangular, con grandes salas y amplias vidrieras, es la escuela, donde maestros abnegados preparan para vencer las dificultades de la vida a los pequeños seres que hasta aquí no encontraron en ella más que ventajas; ¿no oyes el rumor de las vocecitas infantiles que repiten la lección que se les ordenó ayer aprender de memoria?…  Esos toques marciales y esos pasos cadenciosos anuncian que en el recodo del camino aparecerá pronto, con la bandera a la cabeza, una tropa de muchachos a quienes la patria mantiene durante cierto tiempo para enseñarles a defenderla eficazmente si se viera de nuevo amenazada. 
Y así evolucionan los hombres hacia el Progreso, obrando cada uno en su propia esfera y de acuerdo a sus propios medios. Hay, sin duda alguna, tribunales y cárceles, pero son los descontentos e indisciplinados los que las hacen necesarias. No obstante sus defectos, la implantación de semejante estado de cosas ha requerido siglos. Es la civilización imperfecta pero perfectible, la civilización de cuyo influjo no podrás escapar sino retrocediendo quién sabe hasta qué límite.

En esos vastos talleres, yo no veo más que rebaños de esclavos ejecutando con monotonía, como si fueran ritos, los mismos gestos ante las mismas máquinas; esclavos que han perdido toda iniciativa y a quienes la energía individual faltará cada vez más, ya que cada vez menos el riesgo parece constituir una de las condiciones de la existencia humana. De arriba a abajo, en la escala administrativa, circula únicamente esta consigna: ahogar la iniciativa individual.
Cierto que cuando llega la noche oigo cantar a vuestros obreros, pero con voz avinada y después de haberse parado en las innumerables tabernas establecidas en las inmediaciones de las grandes fábricas. Las voces que parten de vuestras escuelas son vocecitas de niños tristes y aburridos que apenas pueden dominar el deseo de correr, de saltar las vallas, de trepar los árboles. Bajo el uniforme de vuestros soldados no veo más que seres en los cuales se pretende aniquilar todo sentimiento de dignidad individual. Disciplinar la voluntad, matar la energía, restringir la iniciativa, he ahí por qué y a qué precio subsiste vuestra sociedad. Y teméis de tal modo a los que no quieren adaptarse, que los recluís en el fondo sombrío de una celda. Entre vuestro civilizado del siglo veinte, cuya única preocupación parece ser la de evitarse el esfuerzo necesario al sostenimiento de su existencia, y el hombre “vestido con pieles de animales”, ¿de qué lado se inclina la balanza? Este último no temía el peligro; no conocía la fábrica ni el cuartel, ni la taberna, ni el prostíbulo, ni tampoco la cárcel ni la escuela. Vosotros habéis conservado, modificándoles el aspecto, sus prejuicios y supersticiones. Pero no poseéis su energía, ni su valor, ni su franqueza.

Convengo en que el panorama de la actual sociedad presenta algunas sombras. Pero hay hombres generosos que intentan introducir una mayor equidad y justicia en su funcionamiento. Reclutan partidarios; mañana, quizá, serán los más, la irresistible mayoría. No te vayas, pues, por senderos extraviados; enarbola principios, sigue un método. Cree en mi vieja experiencia: el éxito no suele acompañar más que a lo que se realiza sistemáticamente. La ciencia te enseña que es preciso regularizar la vida. Higienistas, biólogos, médicos, te suministran en su nombre las fórmulas necesarias a la prolongación y a la felicidad de tu existencia. Carecer de principios, de autoridad, de disciplina y de programa es la mayor de las incoherencias.

Ni necesito ni deseo vuestra disciplina. En cuanto a mis experiencias, quiero hacerlas yo misma. Es de ellas yno de vosotros de donde sacaré mi regla de conducta. Quiero vivir mi vida. Me inspiran horror los esclavos y los lacayos. Detesto a quien domina y me repugna quien se deja dominar. El que consiente en inclinar la espalda bajo el látigo no vale más que el que lo azota. Amo el peligro y me seduce lo incierto, lo imprevisto. Deseo la aventura y me importa un cuerno el éxito. Odio vuestra sociedad de funcionarios y administrados, millonarios y mendigos. No quiero adaptarme a vuestras costumbres hipócritas ni a vuestras falsas cortesías. Quiero vivir mis entusiasmos en medio del aire puro de la libertad. Vuestras calles trazadas con regla me torturan la mirada, y vuestros edificios uniformes hacen hervir de impaciencia la sangre de mis venas. Ignoro a donde voy. Y esto me basta. Sigo derecho mi camino, a tenor de mis caprichos, transformándome sin cesar, y no quiero ser mañana semejante a como soy hoy. Deambulo y no me dejo esquilar por la tijera de un comentador único. Soy amoral. Sigo adelante, eternamente apasionada y ardiente, entregándome al primer hombre que se me aproxima, al caminante harapiento, pero no al sabio grave y engreído que quisiera reglamentar la longitud de mis pasos. Ni al doctrinario que quisiera suministrarme fórmulas o reglas. Yo no soy una intelectual; soy una mujer. Una mujer que vibra ante los impulsos de la naturaleza y las palabras amorosas. Odio toda cadena y toda traba, me encanta pasear desnuda dejando acariciar mis carnes por los rayos del sol voluptuoso. Y, ¡oh anciano!, me importa muy poco que vuestra sociedad se rompa en mil pedazos con tal que yo pueda vivir mi vida.

¿Quién eres tú, muchachita sugestiva como el misterio y salvaje como el instinto?

Soy la Anarquía.


Emile Armand.


1926

¿Por qué todas/os vivimos en una prisión? La cárcel, las leyes y el control social.


En esta sociedad existe un lugar donde una/o se encuentra perpetuamente bajo vigilancia, donde cada movimiento es monitoreado y controlado, donde todxs están bajo sospecha, a excepción de la policía y sus jefes, donde se asume que todxs son criminales. Hablo, de la cárcel, por supuesto…
Pero a un ritmo cada vez más rápido, esta descripción se está ajustando cada vez más a los espacios públicos. Los centros comerciales y los centros de las principales ciudades están bajo video vigilancia. Guardias armados patrullan escuelas, bibliotecas, hospitales y museos. Una/o es registradx en aeropuertos y estaciones de bus. Los helicópteros policiales vuelan sobre las ciudades e incluso sobre los bosques, en busca del crimen. La metodología del encarcelamiento, que junto con la metodología policial son una sola, está siendo impuesta gradualmente en todo el paisaje social.

Este proceso está siendo impuesto por medio de miedo y las autoridades lo justifican sobre nosotrasxs en función de nuestra necesidad de protección – de los criminales, de los terroristas, de la vigilancia y las drogas. Pero ¿quiénes son esos criminales y esos terroristas, quienes son tales monstruos que a cada momento amenazan nuestras vidas llenas de miedo? Solo un momento de cuidadosa atención es suficiente para responder esta pregunta. A los ojos de los amos del mundo, nosotras/os somos los criminales y los terroristas, nosotros/as somos los monstruos – potencialmente, al menos. Después de todo, somos lxs únicxs a quienes ellxs controlan y vigilan. Somos lxs únicxs que son observadxs por las cámaras de video y registradxs en las estaciones de bus. Una/o solo puede preguntarse si el hecho que este sea manifiestamente obvio es lo que provocó a la gente a cegarse a ello.

El dominio del miedo es tal que el orden social incluso nos pide ayuda en nuestra propia vigilancia. Padres registran los pulgares de sus niñxs en agencias policiales conectadas con el FBI. Una compañía con sede en Florida llamada “Applied Digital Solutions” ha creado el “VeriChip” (conocido también como “Angel Digital”) el que puede almacenar información personal, médica y de otros tipos, y se pretende que esté implantado bajo la piel. Su idea es promover en las personas su uso voluntario, para su propia protección, por supuesto. Prontamente puede estar conectado a la red del satélite del Sistema de Posicionamiento Global (GPS) de tal forma que cualquier persona con el implante pueda ser monitoreadx constantemente. Además, hay docenas de programas que fomentan la delación – otro factor que es también similar a las prisiones, donde las autoridades buscan y recompensan a lxs soplones. Por supuesto, hay otros presos que tienen una actitud bien diferente hacia esta escoria.

Pero todo es puramente descriptivo, una imagen de la sociedad/cárcel que está siendo construida a nuestro alrededor. Una comprensión real de esta situación que nosotrxs podemos usar para combatir este proceso, necesita un análisis más profundo. De hecho, la prisión y la policía se sostienen en la idea de que hay crímenes, y esta idea se sostiene en la ley. La ley es representada como una realidad objetiva mediante la cual lxs ciudadanxs de un Estado pueden ser juzgadxs. La ley crea, de hecho, una especie de igualdad. Anatole France expresó irónicamente esto señalando que ante la ley tanto vagabundo como reyes se les prohibió robar pan y dormir bajo puentes. Desde este punto, está claro que ante la ley todxs nos volvemos iguales, porque nos convertimos simplemente en cifras no-seres sin sentimientos, relaciones, deseos y necesidades individuales.

El objetivo de la ley es regular a la sociedad. Esta necesidad implica que la sociedad no está satisfaciendo o llenando los deseos de todxs quienes están dentro de ella. Esta existe más bien como una imposición sobre la mayor parte de aquellxs que la componen. Es obvio que tal situación solamente podría llegar a ocurrir donde el más importante tipo de desigualdad existe- la desigual de de acceso a los recursos para que cada una pueda crear su vida a su propia manera. Para aquellxs que tienen la delantera, esta situación de desigualdad social tiene el doble nombre de propiedad y poder. Para quienes están abajo, sus nombres son pobreza y sometimiento. La ley es la mentira que transforma esta desigualdad en una igualdad que sirve a los amos de la sociedad.

En una situación en la que todxs tienen total e igual acceso a todo lo que necesario para realizarse a uno/a misma/o y para crear su vida en sus propios términos, una riqueza de diferencias individuales florecería. Un vasto conjunto de sueños y deseos se expresarían a sí mismos, creando un aparente infinito espectro de pasiones, amores y odios, conflictos y afinidades. Esta igualdad en la que ni la propiedad ni el poder existirían, se expresaría por lo tanto la aterradora y hermosa desigualdad no jerárquica de individualidades.
Por el contrario, donde la desigualdad de acceso a los medios para crear la propia vida existe – por ejemplo, donde la gran mayoría de la gente ha sido despojada de sus propias vidas- todxs se vuelven iguales, porque todxs se convierten en nada. Esto es cierto inclusive para aquellxs con propiedad y poder, porque su estatus en la sociedad no está basado en quienes son, sino en lo que tienen. La propiedad y el poder (el cual siempre reside en un rol y no es una persona) es todo lo que tienen que vale la pena en esta sociedad. La igualdad ante la ley beneficia a los amos, precisamente porque su meta es preservar el orden que ellxs gobiernan. La igualdad ante la ley disfraza la desigualdad social precisamente detrás de lo que la mantiene.

Pero, por supuesto, la ley no mantiene al orden social con palabras. La palabra de la ley no tendría sentido sin la fuerza física que se encuentra detrás de ella. Y esta fuerza existe en el sistema de aplicación de la ley y el castigo: la policía, la cárcel y el sistema judicial. La igualdad ante la ley es, en realidad, un delgado barniz que oculta la desigualdad de acceso a las condiciones de existencia, los medios para crear nuestras vidas a nuestro modo. La realidad constantemente rompe con este barniz y su control solo puede mantenerse por la fuerza y mediante el miedo.

Desde la perspectiva de los amos del mundo, todxs somos, de hecho, criminales (potencialmente, al menos), todxs somos monstruos amenazando sus dulces sueños, porque todxs somos potencialmente capaces de ver a través del velo de la ley y escoger ignorarla y recuperar los momentos de nuestras vidas a nuestra manera, cada vez que podamos. Por tanto, la ley por si misma (y el orden social de la propiedad y el poder que la necesitan) nos hace iguales precisamente el criminalizarnos. Esta es, por lo tanto, la lógica resultante de la ley y del orden social que la produce, que el encarcelamiento y la vigilancia se volverían universales, de la mano con el desarrollo del supermercado global.

A la luz de esto, debería estar claro que no vale la pena hacer leyes más justas. No sirve vigilar a la policía. No vale la pena intentar mejorar este sistema porque cada reforma inevitablemente reproducirá el sistema, incrementando el número de leyes, aumentando el nivel de vigilancia y control, haciendo el mundo algo cada vez más parecido a una cárcel. Si deseamos tener nuestras vidas en nuestras manos, hay solo una manera de responder a esta situación- Atacar a esta sociedad con el fin de destruirla.

Wolfi Landstreicher

¿Es esto lo que ustedes llaman "vivir"?


Levantarse con la aurora. A buen paso, o aprovechando algún medio de locomoción rápido, ir al trabajo. Es decir, recluirse en un local más o menos espacioso, más o menos privado de aire. Sentado delante de una máquina, teclear sin descanso para transcribir cartas de las que no se compilaría ni la mitad si fueran escritas a mano. O fabricar, accionando algún instrumento mecánico, objetos siempre iguales. O no alejarse nunca de un motor para vigilar su funcionamiento. O, en fin, mecánica y automáticamente, recto frente a un telar, repetir continuamente los mismos gestos, los mismos movimientos. Y esto por horas y horas, sin variar, sin distraerse, sin cambiar de atmósfera ¡Todos los días! 
¿Es esto lo que ustedes llaman “vivir”? 

¡Producir! ¡Producir más! ¡Producir siempre! Como ayer, como antes de ayer. Como mañana, si no nos sorprende la enfermedad o la muerte ¿Producir? Cosas que parecen inútiles, pero de las que no es lícito discutir la superficialidad. Objetos complicados de los que no se tiene sino una parte en la mano, y quizá una parte ínfima. Objetos de los cuales se ignora el conjunto de las fases que atraviesa su fabricación ¿Producir? Sin conocer el destino del propio producto. Sin poder negarse a producir para quien no nos agrada, sin poder dar prueba de la más pequeña iniciativa individual. Producir: ahora, rápido. Ser un instrumento de producción que se estimula, se aguijonea, se sobrecarga, que se extenúa hasta el completo agotamiento . 
¿Eso es lo que ustedes llaman “vivir”? 

Partir de mañana a la caza de una jugosa clientela. Perseguir, engatusar al “buen cliente”. Saltar al auto, del auto al colectivo, del colectivo al tren. Rendir cincuenta visitas por jornada. Desangrarse para sobrevaluar la propia mercancía y devaluar la ajena. Volver tarde, sobreexcitado, harto, inquieto, hacer infelices a los que nos rodean, estar privado de toda vida interior, de todo arranque hacia una mejor humanidad. 
¿Y es eso lo que ustedes llaman “vivir”? 

Secarse entre las cuatro paredes de una celda. Sentir lo desconocido de un futuro que nos separa de los nuestros, los que sentimos nuestros al menos, por afecto o por haber compartido riesgos juntos. Tener, si se está condenado, la sensación de que nuestra propia vida huye, que no hay nada más que podamos hacer para determinarla. Y esto por meses, años enteros. No poder luchar más. No ser más que un número, un juguete, un harapo, una cosa matriculada, vigilada, espiada, explotada. Todo en medida mucho mayor a la pena fijada en relación al delito. 
¿Y es eso lo que ustedes llaman “vivir”? 

Vestir un uniforme. Por uno, dos, tres años, repetir incesantemente el acto de matar hombres. En la exuberancia de la juventud, en plena explosión de virilidad, recluirse en inmensos edificios donde se entra y se sale a horas fijas. Consumir, pasear, despertarse, dormir, hacer todo y nada a horas establecidas. Y todo eso para aprender a manejar instrumentos capaces de quitar la vida a individuos desconocidos. Para prepararse a caer muerto un día por un proyectil que viene de lejos, disparado por alguien también desconocido. Entrenarse para morir, o producir la muerte. Ser instrumento, autómata en las manos de privilegiados, poderosos, monopolistas, acaparadores porque no se es privilegiado, ni poderoso ni dueño de hombres. 
¿Es eso lo que ustedes llaman “vivir”? 

No poder aprender, ni amar, ni estar en soledad, ni derrochar el tiempo a gusto propio. Tener que estar encerrado cuando el sol brilla y las flores emborrachan el aire con sus efluvios. No poder ir hacia el trópico cuando la nieve golpea las ventanas, o hacia el norte cuando el calor se hace tórrido y la hierba se reseca en los campos. Encontrar delante de sí, siempre y donde sea, leyes, fronteras, morales, convenciones, reglas, jueces, oficinas, cárceles, hombres en uniforme que mantienen y protegen un orden de cosas mortificante. 
¿Y es eso lo que ustedes llaman “vivir”? ¿Ustedes, enamorados de la “vida intensa”, aduladores del “progreso”, todos ustedes, los que empujan las ruedas del carro de la “civilización”? Yo llamo a eso vegetar. Lo llamo morir. 

Emile Armand

El trabajo: el robo de la vida

¿Qué es el bombardeo al juez, 
el secuestro del industrial,
el ahorcamiento al político, el disparo al policía, 
el saqueo a un supermercado,
el incendio de la oficina del jefe,
el apedreamiento al periodista,
el abucheo al intelectual, la golpiza al artista,
frente a la alienación mortal de nuestra existencia,
el sonido del despertador demasiado temprano,
el atochamiento en el tráfico, 
los bienes en venta alineados en los estantes?

La alarma del reloj te despierta otra vez, demasiado temprano como siempre. Sales del calor de tu cama hacia la ducha en el baño, una afeitada y una cagada, luego corres a la cocina donde te lavas los dientes, o si tienes tiempo, comer algunos huevos con pan tostado y una taza de café. Entonces sales volando para ir a luchar con el atochamiento o con las muchedumbres en el metro, hasta que llegas... al trabajo, donde te pasas el día realizando tareas que no eliges, en asociación obligada con otras/os involucrados/as en tareas parecidas, cuyo objetivo principal es la continua reproducción de las relaciones sociales que te obligan a sobrevivir de esta manera. 

Pero esto no es todo. En compensación recibes un salario, una suma de dinero que (después de pagar el arriendo y las cuentas) tienes que llevar a los centros comerciales para comprar comida, ropa, artículos de primera necesidad y entretenimiento. Aunque esto es considerado tu "tiempo libre" en oposición al "tiempo del trabajo", esta también es una actividad obligada que garantiza en segundo lugar tu supervivencia, su principal propósito también es reproducir el orden actual existente. Y para la mayor parte de la gente, el tiempo libre de esas restricciones es cada vez menor.

Según la ideología que domina esta sociedad, este tipo de existencia es el producto del contrato social entre iguales, esto es iguales ante la ley. El trabajador, se dice, acuerda vender su trabajo al jefe a cambio de un salario acordado mutuamente. Sin embargo, ¿Cómo puede ser libre a igualitario un contrato, si una de las partes tiene todo el poder?.

Si miramos desde más cerca el contrato, se hace claro que no es ningún contrato, sino la más violenta y extrema extorsión. Esto es más escandalosamente evidente en los márgenes de la sociedad capitalista, donde la gente que ha vivido por cientos (o miles en algunos casos) de años a su propia manera, se encuentra con su capacidad para determinar las condiciones de su existencia, arrebatada por las máquinas aplanadoras, las motosierras, los equipos mineros, etc, de los amos del mundo.

Pero este es un proceso que se ha llevado a cabo por cientos de años, el que involucra un descarado robo de tierra y de vidas a larga escala, aprobado y llevado a cabo por la clase dominante. Privados de los medios para determinar las condiciones de su existencia, no se puede decir honestamente, que las/os explotadas/os estén haciendo un contrato libre e igualitario con quienes les explotan. Claramente esto es un caso de chantaje.

¿Y cuáles son las condiciones de este chantaje? Los/as explotados/as son son forzadas/os a vender el tiempo de sus vidas a sus explotadores, a cambio de su supervivencia. Y esta es la real tragedia del trabajo. El orden social del trabajo se basa en la impuesta posición entre vida y supervivencia. El problema de cómo una/o se las arreglará suprime el problema de cómo esta persona quiere vivir, y con el tiempo todo parece natural y una/o reduce sus sueños y sus deseos a las cosas que con el dinero puede comprar. 

Sin embargo, las condiciones del mundo del trabajo no solo se aplican a aquellas/os que trabajan. Una/o fácilmente puede ver cómo, a partir del miedo de quedarse en la calle o el temor al hambre, la gente desempleada es atrapada por el mundo del trabajo al buscar un empleo. Más o menos lo mismo sucede con aquellas/os que viven de las ayudas del estado, cuya sobrevivencia depende de la existencia de la burocracia de la asistencia social, incluso para quienes el evadir el trabajo se ha vuelto una prioridad, el centro de las decisiones de una/o giran en torno a estafas, hurtos en tiendas, reciclando de la basura, todas las distintas maneras de arreglárselas sin un empleo. En otras palabras, las actividades que podrían estar bien para sustentar un proyecto de vida se vuelven un fin en sí mismo, haciendo el proyecto personal de vida uno de simple supervivencia. ¿ De qué forma se diferencia esto, realmente, de tener un trabajo?.

Pero, ¿cuál es la base real del poder detrás de esta extorsión que es el mundo del trabajo? las leyes y los juzgados, las fuerzas policiales y militares, las multas y las prisiones, el miedo al hambre y a quedarse en la calle, por supuesto todos estos son aspectos reales e importantes de la dominación. Pero, incluso la fuerza de las armas del estado solo puede tener éxito al llevar a cabos u tarea debido a la sumisión del pueblo. Y aquí está la base real de toda la dominación, la sumisión de los esclavos, su decisión de aceptar la seguridad de la miseria y de la servidumbre conocida, por sobre el riesgo de la libertad desconocida, su voluntad de aceptar una supervivencia asegurada pero sin color, a cambio de la posibilidad de vivir realmente, lo cual no ofrece ninguna garantía.

Así, para acabar con nuestra esclavitud, para movernos más allá de los límites de la simple sobrevivencia, es necesario tomar la decisión de rechazar la sumisión; es necesario empezar a reapropiarnos de nuestras vidas aquí y ahora; tal proyecto inevitablemente nos ubica en conflicto con el orden social entero del trabajo; de esta forma, el proyecto de reapropiación de la existencia de una/o debe ser también el proyecto de destrucción del trabajo. Para ser más claro, cuando digo "trabajo" no me refiero a la actividad en la que una persona crea los medios para su propia existencia (la cual idealmente nunca estaría separa de la vida de uno/a y del hecho de vivir) sino más bien, a una relación social que transforma esta actividad en una esfera separada de la vida de esa persona y la pone al servicio del orden dominante, de este modo, esta actividad, deja de tener relación directa en la creación de su propia existencia, en vez de eso solo se le mantiene en el campo de la simple subsistencia (a cualquier nivel de consumo) por medio de una serie de mediaciones en la que la propiedad, el dinero y el intercambio de mercancías están entre las más importantes. En el proceso de recuperación de nuestras vidas, este es el mundo que debemos destruir, y esta necesidad de destrucción hace de la reapropiación de nuestras vidas junto con la insurrección y revolución social un solo proyecto.

Wolfi Landstreicher

Primer comunicado de la Organización de Niñxs Salvajes contra la Adultocracia




prohibieron la risa, prohibieron el baile.
prohibieron los colores vistosos, el juego, el amor.


justo antes de esto fue el momento infame en el que secuestraron a nuestras madres i las condicionaron i estructuraron para servirles i servirles, adoctrinándolas a la sumisión i al encierro. todo esto sólo para satisfacer sus propios intereses.

no pudimos hacer nada. nada entendíamos de violencia ni de egoísmo. algunxs lograron escapar i se volvieron aún más bestias, se erigieron seres mitológicos, maravillosos i olvidados. en realidad, poco i nada sabemos de ellxs, prohibidos i sentenciados al olvido por la nueva Ley del Padre.

lxs que quedamos, la gran mayoría, fuimos, tal como nuestras madres, uniformados i domesticados. se inició la era del trabajo, i los niños salvajes debíamos de convertirnos en ciudadados funcionales a la tecnocracia, que sugería -imponía- una existencia dedicada a alimentar la codicia de algunxs pocxs, mediante la capacitación especializada i una deliciosa temporada en el infierno del estruja i aprieta.

se nos convenció de muchas cosas, i mucho tiempo pasó como para llegar realmente a creerles. de ser traviesos, juguetones e impredecibles, pasamos a ser automáticos, pálidos i angustiosos. nuestras inquietudes fueron violadas en pos de las banderas tuertas del progreso que nunca llegó i nunca ha de llegar.

todo esto fue cuidadosamente ocultado. las chicos salvajes que lograban percatarse del engaño fueron ajusticiadas según el concepto de justicia instaurado por la adultocracia. esto es: fueron silenciadxs i en muchas ocasiones se les dio caza, tortura i muerte.

pensamos que nunca saldríamos de la triste condición de chicas sentenciados a la adultez.



***
ha llegao la ONSA a buscaros, chicas perdidos. desde hoy huiremos de la personificación categorizadora de BABILON. desde hoy haremos tribu carnaval amor i caos.

ahí, dentro, más allá de las entrañas i los límites, hay algo vivo que nos llama, algo que es más fuerte que la ideología i la domesticación. hay un deseo que muerde, que grita una felicidad ilimitada e incorregible.

llegaremos a Nuncajamás, a Croatán, a Poliedra.
allí seremos nuevamente libres i salvajes,
i la vida nos sonreirá con su cara de loca,
i la existencia será bella como la abundancia misma acariciándose las piernas.


la adultocracia caerá
i nada podrá detener la carcajada ingobernable
de los Niñas Perdidos

Vivo en la tierra de los muertos

Ellos comen comida muerta, con dientes falsos. Sus edificios poseen fachadas falsas, sus estaciones de radio y televisión transmiten aire muerto. Matan el tiempo como espectadores de falsas imágenes -ajenas a la vida-. Sus empresas son culpables de publicidad fraudulenta, y sus "oportunidades" laborales sólo ofrecen un maltrato asesino, un aburrimiento letal y una sumisión fatal; exigen que cumplas con plazos finales y que te establezcas en los campos de la muerte. ¿El mortífero fin, justifica los medios? 

Ellos habitan ciudades muertas y hacen movimientos en falso, sin ir realmente a ninguna parte, recorriendo día tras día los mismos caminos de la desesperanza. Incluso hasta su aire está acondicionado. Ellos te piden que des tu vida por sus países, por sus religiones, por sus economías, dejándote con nada más que...

Su sistema está organizado por inteligencia artificial y solamente proporciona realidad virtual. Su cultura te identificará y te matará de aburrimiento; su estilo de vida no tiene vida y su existencia está en un constante punto muerto. 

Todo lo relativo a ellos está muerto y es falso. Lo único que es insoportable, es que nada sea insoportable. ¿Cuándo exigiremos más? 

La lucha es por vivir, por realmente vivir. Pelea sin reglas, la vida es verdadera.


Extraído de Crimethinc

Poeta, es decir, revolucionario


Si se indaga en la significación original de la poesía, actualmente disimulada bajo los mil oropeles de la sociedad, se constata que es el verdadero aliento del hombre, la fuente de todo conocimiento y éste mismo conocimiento, bajo su aspecto más inmaculado. En ella se condensa la vida espiritual de la humanidad en su totalidad, desde que ha comenzado a tomar conciencia de su naturaleza; en ella palpitan ahora las más altas creaciones y, tierra por siempre fecunda, guarda perpetuamente en reserva los cristales incoloros y las cosechas del mañana. Divinidad tutelar de mil rostros, se la llama aquí amor, allí libertad, en otros lados ciencia. Continúa siendo omnipotente, borbotea en el relato mítico de los esquimales, estalla en la carta de amor, ametralla al pelotón de ejecución que fusila al obrero en el momento en que exhala el último suspiro de revolución social y por lo tanto de libertad, chisporrotea en el descubrimiento del investigador científico, desfallece, exhangüe, hasta en las más estúpidas producciones que se reclaman de ella y de su recuerdo; elogio que podría ser fúnebre, figurando en las palabras momificadas de su asesino el sacerdote y que el creyente escucha persiguiéndola, ciego y sordo, en la tumba del dogma, donde la poesía no es sino una falaz ceniza.



Sus innumerables detractores, verdaderos y falsos sacerdotes, más hipócritas que los sacerdotes de todas las religiones, falsos testigos de todos los tiempos, la acusan de ser un modo de evasión, de huída ante la realidad, como si ella no fuese la realidad misma, su esencia y su exaltación. Incapaces de concebir la realidad en su conjunto y en sus complejas relaciones, no quieren considerarla sino en su aspecto más inmediato y en el más sórdido. Perciben únicamente el adulterio sin experimentar jamás el amor, el avión de bombardeo sin acordarse de Ícaro, la novela de aventuras sin comprender la aspiración poética permanente, elemental y profunda, en una vana ambición por satisfacerla. Desprecian el sueño en provecho de su realidad como si el sueño no fuera uno de sus aspectos y aún el más con-mocionante, exaltan la acción a expensas de la meditación como si la primera sin la segunda no fuese un deporte tan insignificante como todo hecho deportivo. En otros tiempos, oponían el espíritu a la materia, su dios al hombre; actualmente defienden la materia contra el espíritu. De hecho, es la intuición que ellos tienen en provecho de la razón, olvidando de dónde viene esta razón.

Los enemigos de la poesía tienen o han tenido en todas las épocas la obsesión de someterla a sus fines inmediatos, de rebajarla ante su dios o bien actualmente, encadenarla al pregón de la nueva divinidad parda o “roja” –rojiparda de sangre desecada– más sangrienta aún que en la antigüedad. Para ellos, la vida y la cultura se resumen en útil e inútil, sobreenten-diéndose que aquí lo útil toma la forma de un azadón manejado a guisa de su beneficio. Para ellos la poesía no es más que un lujo del rico, aristócrata o banquero, y si se quiere hacerla pasar por “útil” a la masa, debe resignarse a la suerte de las artes “aplicadas”, “decorati vas”, “dirigidas”, etc. Pero a pesar de todo, instintivamente, intuyen que es el punto de apoyo reclamado por Arquímedes y temen que, al sublevarse, el mundo les pueda caer en la cabeza. De allí, su ambición en degradarla, en privarla de toda eficacia, de todo valor de exaltación, para otorgarle el papel hipócritamente consolador de una hermanita de la caridad.

Pero el poeta no está para mantener con el prójimo una ilusoria esperanza humana o celestial, ni para desarmar a los espíritus insuflándoles una confianza sin límites en un padre o en un jefe contra el cual toda crítica deviene sacrilegio. Por el contrario, le corresponde pronunciar palabras siempre sacrílegas y blasfemias permanentes. Antes que nada, el poeta debe tomar conciencia de su naturaleza y de su lugar en el mundo. Inventor para quien el descubrimiento no es más que el medio de alcanzar un nuevo descubrimiento, debe com batir sin descanso a los dioses paralizantes encarnizados en mantener al hombre bajo la servidumbre en relación con los poderes sociales y la divinidad, los cuales se complementan mutuamente.  
 Será entonces re- volucionario, pero no de los que se enfrentan al tirano actual, a juicio de ellos nefasto porque se opone a sus intereses, para ensalzar al opresor del mañana del que ya se han constituido en sus servidores. No, el poeta lucha contra toda forma de opresión: la del hombre por el hombre en primer lugar y la opresión de su pen-samiento por los dogmas religiosos, filosóficos o sociales. Combate para que el hombre alcance un conocimiento para siempre perfectible de sí mismo y del universo. No se debe colegir con esto que deba desear poner la poesía al servicio de una acción política, inclusive revolucionaria. Pero su cualidad de poeta lo convierte en un revolucionario que debe combatir en todos los terrenos: el de la poesía, con los medios propios de ésta, y en el terreno de la acción social sin confundir jamás los dos campos de acción, so pena de restablecer la confusión que se trata de disipar y, por lo tanto, de dejar de ser poeta, es decir revolucionario .


Benjamin Peret. Publicado en el periódico La Libertaire, 1951.