La vegetación negra - Andrés Sabella

En Hombre de Cuatro Rumbos. Orbe, 1966

La pampa es una escultura de sales, donde el hombre olvida el contorno de las frutas y comprende por qué la frente es un camino andado sólo por la desgracia... 
Las alas no escriben su gracia en la pampa, y cuándo el crepúsculo se humaniza en un carmín remoto y agradable, los hombres sonríen a imaginarios veleros que zarpan hacia islas en que el verde canta, como un ser que encarnara a la misma felicidad. 
Piedras con gestos de verdugos, perspectivas que concluyen en la noche... 
Sin embargo, en la pampa existe una vegetación singular, que es el esqueleto de un monstruoso animal sagrado y violento: las máquinas. 
Ellas se desenvuelven y complican lo mismo que una vegetación viva y alucinante. Vegetación oscura, ésta suspende y comunica una trágica solemnidad. Vegetación de una fragancia dura, sin frutas para glorificar los labios ni flores en que descansar de la desventura. 
Es la vegetación que brama día y noche, la que no cabrá en ningún herbario y no aprenderá jamás a hipnotizar la peregrina ternura de los pájaros.

Roberto Arlt y la ejecución de Severino Di Giovanni

Di Giovanni en la corte.
"Vivir en monotonía las horas mohosas de lo adocenado, de los resignados, de los acomodados, de las conveniencias, no es vivir la vida. Es solamente vegetar y transportar en forma ambulante una masa informe de carne y de huesos. A la vida es necesario brindarle la elevación exquisita de la rebelión del brazo y la mente". Quien así pensaba era Severino Di Giovanni (1901-1931), el anarquista italiano que llegó a la Argentina huyendo del hambre y la miseria que asolaban su tierra natal, por entonces convulsionada por la violencia ejercida por las Squadre d'Azione, la canalla fascista que pasó a la historia con el nombre de "camisas negras".

Nacido en Chieti, en la región de los Abruzzos, estudió para maestro y, aún sin graduarse, comenzó a enseñar en una escuela de su pueblo. Simultáneamente y de manera autodidacta, aprendía el oficio de tipógrafo y leía a los teóricos del pensamiento anarquista: Bakunin, Proudhon, Kropotkin, Malatesta y Reclus. Cuando contaba con veinte años se entregó por entero a la militancia anarquista, actividad que lo llevó a tener que padecer la censura y las persecuciones por parte del incipiente régimen capitaneado por los Fasci Italiani di Combattimento. Esto lo impulsó a dejar Italia y viajar a la Argentina.

Llegó a Buenos Aires en 1923 y se radicó en Morón, a unos pocos kilómetros de la capital. Su primer trabajo consistió en vender las flores que cultivaba en su casa. Luego consiguió empleo como tipógrafo y se conectó con grupos anarquistas que, por entonces, movilizaban a miles de obreros, editaban periódicos, tenían foros de debate y luchaban por los derechos laborales. Dos años después Di Giovanni lanzó su propio periódico, "Culmine", que propiciaba el anarquismo individual y la lucha "cara a cara" con el enemigo fascista. Su lema era: "De la propaganda a los hechos", algo que Di Giovanni puso en práctica rápidamente. Ese mismo año fue detenido por primera vez tras participar en un acto de repudio a un evento realizado en el Teatro Colón con la presencia del presidente argentino y el embajador italiano. El 16 de mayo de 1926, estalló una bomba frente a la embajada de los Estados Unidos en Buenos Aires. Fue el primer atentado de varios que realizó contra objetivos norteamericanos. También participó en varios robos, entre ellos uno a un camión de transporte de caudales, lo que le permitió abrir su propia imprenta. En agosto de 1927 participó de la multitudinaria movilización de alrededor de cien mil personas que pedían la liberación de los anarquistas italianos Ferdinando Sacco (1891-1927) y Bartolomeo Vanzetti (1888-1927), ambos a punto ser ejecutados en Massachusetts, Estados Unidos. Luego, el 23 de mayo de 1928, intervino en el atentado que destruyó el nuevo edificio del consulado italiano en Buenos Aires, al tiempo que siguió cometiendo numerosos asaltos. Considerado el "hombre más maligno que pisó tierra argentina", Di Giovanni creía en el derecho a matar al opresor aunque cayeran inocentes, y tenía un fundamento ideológico para sus actos: usar la violencia contra la violencia. Su foto ocupó la primera plana de todos los diarios y terminó la década del '20 siendo el hombre más buscado en el país.

Cliché de "Culmine", Pubblicazione Anarchica.
Di Giovanni inició 1930 editando una nueva revista, "Anarchia", en la que todos los sectores anarquistas podían exponer sus ideas, mientras continuaba con sus correrías que incluían la "expropiación" y la liberación de presos. Pero, a partir del golpe militar del 6 de setiembre, reinició los atentados con bombas. Los tres artefactos dinamiteros que estallaron en enero de 1931 precipitaron su captura. La policía intensificó su búsqueda y, finalmente, el jueves 29 de enero de 1931 fue detenido al salir de una imprenta en pleno centro de la ciudad de Buenos Aires. La populosa esquina de las avenidas Corrientes y Callao fue el escenario de la persecución policial en la que Di Giovanni se enfrentó a los tiros con los efectivos que lo perseguían y que lo terminaron capturando en un garage de la zona, luego de un frustrado intento de fuga por los techos de las casas bajas que, por entonces, había en el centro porteño. Tras su detención, sobre el escritorio de Di Giovanni fue encontrado un papel que decía: "¿Claudicar? Ni siquiera cuando -al final del camino- sin ninguna salida de salvación, me encuentre delante de la muralla de la muerte".

El dictador militar que había usurpado el poder unos meses antes ordenó un juicio rápido. Su defensor fue un teniente primero que, en su alegato, planteó la incompetencia del tribunal militar para juzgar al detenido y apeló contra la pena de muerte, algo que le valdría ser castigado por sus superiores y, según algunas versiones, morir envenenado tiempo después en una cena de camaradería; otras, en cambio, hablan de un largo exilio. La sentencia se dictaminó rápidamente y se estableció el 1 de febrero como fecha para su ejecución. Pocas horas antes de ser fusilado pidió un café dulce desde su celda. Lo rechazó al probarlo: "Pedí con mucha azúcar... No importa, será la próxima vez". Una muchedumbre se agolpó en las puertas de la prisión para escuchar las descargas. Otros tantos reclamaban su derecho a presenciar la ejecución. Algunos periodistas y encumbrados ciudadanos lo lograron. Como si fuera una función teatral, todos querían ver morir a Di Giovanni.


Testigo de ese asesinato fue también el novelista, cuentista y dramaturgo argentino Roberto Arlt (1900-1942), como periodista del diario "Buenos Aires Herald". Su presencia no era igual a la de cientos de personas que acudieron allí para ver morir al demonio, al asesino extranjero de la época. Los zapatos lustrados y el traje de gala de muchos de los asistentes convertían el asesinato de un hombre en un espectáculo frívolo, uno más de la noche porteña. La crónica de Arlt no puso ningún comentario propio sino la descripción de ese teatro irracional de la fuerza bruta contra las ideas: "la descarga terminó con el más hermoso de los que estaban presentes". Ese mismo día, en estricto secreto, el cuerpo fue trasladado al cementerio de la Chacarita. Sin embargo, al día siguiente la tumba de Di Giovanni amaneció cubierta de flores rojas. El texto de Arlt apareció en su famosa sección "Aguafuertes Porteñas" del diario "El Mundo" el 7 de febrero de 1931 bajo el título "Crónica de una ejecución". Quedan disponibles a continuación:

***

He visto morir
Las 5 menos 3 minutos. Rostros afanasos tras de las rejas. Cinco menos 2. Rechina el cerrojo y la puerta de hierro se abre. Hombres que se precipitan como si corrieran a tomar el tranvía. Sombras que dan grandes saltos por los corredores iluminados. Ruidos de culatas. Más sombras que galopan. Todos vamos en busca de Severino Di Giovanni para verlo morir.

La letanía
Espacio de cielo azul. Adoquinado rústico. Prado verde. Una como silla de comedor en medio del prado. Tropa. Máuseres. Lámparas cuya luz castiga la obscuridad. Un rectángulo. Parece un ring. El ring de la muerte. Un oficial. 
"...de acuerdo a las disposiciones... por violación del bando... ley número...".
El oficial bajo la pantalla enlozada. Frente a él, una cabeza. Un rostro que parece embadurnado en aceite rojo. Unos ojos terribles y fijos, barnizados de fiebre. Negro círculo de cabezas. Es Severino Di Giovanni. Mandíbula prominente. Frente huida hacia las sienes como la de las panteras. Labios finos y extraordinariamente rojos. Frente roja. Mejillas rojas. Ojos renegridos por el efecto de luz. Grueso cuello desnudo. Pecho ribeteado por las solapas azules de la blusa. Los labios parecen llagas pulimentadas. Se entreabren lentamente y la lengua, más roja que un pimiento, lame los labios, los humedece. Ese cuerpo arde en temperatura. Paladea la muerte.
"...artículo número... ley de estado de sitio... superior tribunal... visto... pásese al superior tribunal... de guerra, tropa y suboficiales...".
Di Giovanni mira el rostro del oficial. Proyecta sobre ese rostro la fuerza tremenda de su mirada y de la voluntad que lo mantiene sereno.
"...estamos probando... apercíbase al teniente... Rizzo Patrón, vocales... tenientes coroneles... bando... dése copia... fija número...".
Di giovanni se humedece los labios con la lengua. Escucha con atención, parece que analizara las cláusulas de un contrato cuyas estipulaciones son importantísimas. Mueve la cabeza con asentimiento, frente a la propiedad de los términos con que está redactada la sentencia.
"...dése vista al ministro de Guerra... sea fusilado... firmado, secretario...".

Habla el Reo
- Quisiera pedirle perdón al teniente defensor...
Una voz:
- No puede hablar. Llévenlo.
El condenado camina como un pato. Los pies aherrojados con una barra de hierro a las esposas que amarran las manos. Atraviesa la franja de adoquinado rústico. Algunos espectadores se ríen. ¿Zoncera? ¿Nerviosidad? ¡Quien sabe!
El reo se sienta reposadamente en el banquillo. Apoya la espalda y saca pecho. Mira arriba. Luego se inclina y parece, con las manos abandonadas entre las rodillas abiertas, un hombre que cuida el fuego mientras se calienta agua para tomar el mate.
Permanece así cuatro segundos. Un suboficial le cruza una soga al pecho, para que cuando los proyectiles lo maten no ruede por tierra. Di Giovanni gira la cabeza de derecha a izquierda y se deja amarrar.
Ha formado el blanco pelotón de fusilero. El suboficial quiere vendar al condenado. Éste grita:
- Venda no.
Mira tiesamente a los ejecutores. Emana voluntad. Si sufre o no, es un secreto. Pero permanece así, tieso, orgulloso. Surge una dificultad. El temor al rebote de las balas hace que se ordena a la tropa, perpendicular al pelotón fusilero, retirarse unos pasos.
Di Giovanni permanece recto, apoyada la espalda en el respaldar. Sobre su cabeza, en una franja de muralla gris, se mueven piernas de soldados. Saca pecho. ¿Será para recibir las balas?
- Pelotón, firme. Apunten.
La voz del reo estalla metálica, vibrante:
- ¡Viva la anarquía!
- ¡Fuego!
Resplandor subitáneo. Un cuerpo recio se ha convertido en una doblada lámina de papel. Las balas rompen la soga. El cuerpo cae de cabeza y queda en el pasto verde con las manos tocando las rodillas. Fogonazo del tiro de gracia.

Muerto
Las balas han escrito la última palabra en el cuerpo del reo. El rostro permanece sereno. Pálido. Los ojos entreabiertos. Un herrero a los pies del cadáver. Quita los remaches del grillete y de la barra de hierro. Un médico lo observa. Certifica que el condenado ha muerto. Un señor, que ha venido de frac y zapatos de baile, se retira con la galera en la coronilla. Parece que saliera del cabaret. Otro dice una mala palabra.

***
Roberto Arlt

El Suburbio (Adaptación) – L. Armando Triviño

Publicado originalmente en  el folleto Arengas, 1923. Editorial Lux.

   Las riberas del río, las orillas de la ciudad, el arrabal, el prostíbulo de tercera, la cocinería, el cambalache, el basural, la agencia, el albergue, la cantina, el garito, la ropería, el conventillo, el templo pentecostal, el coche de tercera en el ferrocarril, la imperial en el tranvía, la cubierta de tercera en el vapor, las cuadras en el cuartel, en la cárcel y comisarías, los calabozos, la sala común en el hospital, el torno en la casa de huérfanos, la secretaría en el juzgado, la sala de espera en el dispensario.
    En el campo el rancho del inquilino, el galpón de los peones en el fundo, la barra y el cepo en el cuartel de carabineros o policía campesina.
   Todo eso donde la estrechez y la miseria se abrazan, en la ciudad y el campo, con frío delirante en invierno, con calor sofocante en verano, todo eso, opaco, color gris, sucio, grasiento, haraposo, falto de aire, de confort, de luz, en donde pululan multitud de bichos, en las que cabalgan fecundándose las hordas microbianas de la tuberculosis, de la sífilis, del tifus, de la peste, etc.
    Todo eso donde la luz y el oxígeno van a lo lejos y de malas ganas, donde los beneficios de la industria, los resplandores del arte y de la ciencia no llegan en su potencialidad bondadosa, allí es donde el progreso vuelve las espaldas y hace morisquetas.
   ¡Allí está el suburbio! El peón, el inquilino, el krumiro, el pesquisa, el conscripto, el paco, el pentecostal, el ratero, la palomilla, la prostituta, el mendigo, el trapero son hijos del suburbio, son los vástagos miserables de una organización social patas arriba, que se desespera y se consume a puñaladas y a mordiscos en los sombríos y sucios arrabales.
   ¡El suburbio es un crimen; es una patada de milico en el vientre de la humanidad!
   ¡Hay que barrer, iluminar el suburbio con una llamarada de luz y de fuego!
   El que sufre no debe callar, el que calla otorga. Hay que protestar y accionar. Para esto hay que abrir frente a la comisaría, al cuartel, la fábrica, el garito y la iglesia “pentecostal” un Sindicato Obrero, un Centro de Estudios Sociales y en cada puerta del conventillo una proclama anarquista que fulmine dioses, patrias, amos y esclavos! ¡Hay que concluir esa barbarie, esa gusanera que va de la ribera del río a las orillas de la ciudad! ¡El suburbio!
Junio de 1922


Extraído del libro de Víctor Muñoz “Armando Triviño: Wobblie. Hobres, ideas y problemas del anarquismo en los años veinte. Vida y escritos de un criollo libertario”.  

La cosecha - Rodolfo González Pacheco

   Aún están verdes los trigos. Ni el rumor ni el resplandor, como de joyas revueltas, les maduró todavía. Eso va a lograrlo el sol, fino y paciente joyero. 
   Los maíces están igualmente verdes. Son mamones entre pañales de chalas. Cada grano de sus choclos es una gota de leche.
   El viento acuna las chacras en que dormitan, indigestados de jugos, los maíces y los trigos. El cuidado de sus días continua dependiendo de quienes depositaron la semilla generosa en el surco humeante. Humeante fertilidad de la tierra; humeante aliento del hombre: dos varas de humo, de las que siempre cinchó, como una yunta de bueyes, la esperanza del labriego.
   Y éste también está verde. Es un niño como trigo y su maíz. Renace todos los años para preguntar lo mismo: ¿Qué será de mis maizales?... ¿Qué será de mis trigales?....
   ¡Ah, tipo inefable y trágico! Pregunta lo que ya sabía su padre, y su abuelo, y el primero que sembró. Pero pregunta otra vez y hay, no más, que contestarle como el pregunta: trágica, inefablemente.
   ¡Serán pan! y pan para los bandidos de arriba abajo; desde el primer magistrado hasta el último milico. Hectáreas, miles de hectáreas, arramblados por los amos para abastecer sus mesas. Y otras miles todavía para nutrirles la entraña, roja y caliente, a las hembras de sus goces que así ondularán las ancas las lagartonas. Y lo que sobre, si sobra, lo echarán por sobre el mar al hambre de aquellos que ya no siembran, porque están entretenidos en degollarse o quemarse. Pan para todos -¡ay, sí!-, menos para quienes aran, engavillan, muelen el grano, hacen pan.
   Su destino ya está escrito. Leedlo en los diarios burgueses. Veréis qué bien distribuida está ya vuestra cosecha. 
   
Y aún están verdes los trigos y los maíces. Son niños aún, como vuestros niños; de cuyos también deberíais saber lo que van a ser, si no os rebeláis vosotros. Si no maduráis la vida.

Carteles Tomo I, Americalee, 1956.

El río invisible - Rafael Barrett


¿Recordáis, allá cuando éramos niños, muy niños; cuando las personas mayores se agachaban penosamente con el objeto de besarnos, y nos empinábamos nosotros sobre la punta de 105 pies para ver lo que ocurría encima de las mesas, qué grande era el espacio? El comedor, la sala, la alcoba, eran vastos terrenos de juego o de batalla, donde se escalaban las sillas, se exploraban los rincones, y donde uno podía esconderse. Los largos corredores eran de día pista de carreras, de noche túneles inacabables y llenos de peligros. La casa era un mundo. Lo infinito empezaba en la calle. Traspasado el umbral, nos hundíamos en el caos sin fondo y sin término, donde es locura aventurarse solo. Un paseo era una expedición lejana y maravillosa, en que no era sensato confiarse a otros guías que a nuestros padres. A la vuelta, al divisar la silueta familiar de nuestra vivienda, sentíamos algo de lo que habrá sentido Colón en su primer regreso, cuando reconoció en el pálido horizonte las montañas de la patria.

Crecimos, y el espacio disminuyó, como si nuestro cuerpo lo devorase. Aprendimos geodesia y astronomía, y siguió disminuyendo, devorado por nuestra inteligencia. Las distancias siderales son enormes, pero las medimos y nos parecen razonables; lo infinito empieza detrás de las últimas nebulosas, pero no es un infinito vivo y rumoroso, preñado de gestos como la ciudad cuyas olas batían nuestra puerta, sino el pozo negro e inerte de donde el telescopio no saca nada. El Universo, despojado del misterio que lo agrandaba y ahondaba en nuestra tierna fantasía, se ha reducido a una figura geométrica, aislada en mitad del pizarrón celeste.

El tiempo se modifica también con la edad, y esto es más grave. Vivir en un espacio más o menos ancho no nos atañe tan íntimamente, no afecta tanto nuestra conciencia como vivir más o menos deprisa. Cada vez vivimos más deprisa. No busquéis la impresión de lo eterno en las conjeturas de lo prehistórico, ni en los abismos de la geología, sino en la cinta esfumada de vuestros recuerdos remotos. ¿Qué son las épocas del globo comparadas con la inmensidad de siglos que hemos necesitado para separar nuestro ser de la realidad exterior, para distinguir los lineamientos fundamentales de nuestro espíritu, para cuajar en él una sensación definida, una idea, para comprender la palabra ajena y pronunciar la propia, para tender uno a uno los hilos sutiles que nos atan a las cosas? Los sabios dirán que al cabo de tres o cuatro años un niño ha logrado todo eso. Mas esta apreciación se hace desde afuera. Por dentro, la formación de los sentidos y de la razón del hombre exige una eternidad. Retroceded en vuestra memoria, cavad el lecho de vuestro pasado; nunca hallaréis su límite, nunca exclamaréis: "comencé aquí". Siempre la oscura avenida se prolongará en la llanura, juntando y desvaneciendo trazos y colores en un punto inaccesible. Siempre quedará una vaga y creciente región por sondar. Llegaréis a las tinieblas, pero no al principio de vuestro ser. Todos llevamos en nosotros una historia tan antigua y venerable como la de la creación misma.

Constituido lo esencial del alma, fijos los rasgos principales del carácter y de la fisonomía, el tiempo se acelera. Todavía chiquillos aún, las horas duran; un día de fiesta, un almuerzo en el campo, representan tesoros casi inagotables de alegría; un mes resulta plazo indefinido; un año es la mitad de la existencia. Más tarde, adolescentes, el tiempo se encoge. Nuestra mirada alcanza más lejos; calculamos sin vértigo la fecha en que acabará el curso y hasta la carrera emprendida. Concebimos con exactitud sucesos que antes teníamos por prácticamente imposibles, la muerte de nuestros padres, nuestra propia muerte. Vemos envejecer. Envejecemos. El tiempo se apresura. El ritmo de nuestra vida retarda, y el tiempo corre y nos sumerge y nos desmorona. Cuando nuestro organismo, en su período inicial hacia las conquistas primordiales de la especie, se transformaba con frenesí creador, poseíamos el tiempo, es decir, el ritmo general de todo, nos uníamos a él, a él nos enroscábamos y le acompañábamos, y él era para nosotros espléndidamente interminable. Pero detenidos en nuestro desarrollo, inmóviles en nuestra efigie, el tiempo nos deja atrás y se aleja riendo, y pasa, insensiblemente más y más rápido. Apenas vivimos; somos un bloque de costumbres inveteradas, plantado en un ángulo del camino para marcar la distancia que otros recorren. En nosotros se lee la horrible velocidad del tiempo.

El tiempo vuela, nos araña la carne, nos estruja, nos destroza al intentar arrebatarnos en su ligera huida. Ni siquiera nos aburrimos despacio. Hasta el dolor, hasta la desesperación concluyen pronto. ¿Qué son los años para el viejo? Minutos que faltan. Las aguas del río invisible se deslizan tan veloces que descubrimos al fin que algo las llama, las sorbe. El cauce se estrecha, las aguas no fluyen, caen. El tiempo se precipita, se desploma. Una línea corta la corriente. Es la catarata final: al borde el tiempo enloquecido empuña nuestros despojos miserables, y con ellos se lanza a la sima de donde nada vuelve.

Publicado en "El Diario", Asunción, 22 de noviembre de 1907.

Callejón sin salida - M. S. Papasquiaro


Callejón sin salida / ayúdanos
a ensanchar nuestros sentidos
Tú tan ninguneado
cueva / desierto / metrópoli filosa
árida ranchería / témpano cortante
puente dilatado por 1 gas
que de repente pulveriza
los inencontrables tréboles de 4 hojas
que oxigenan alimentan prestan sus alas
a tus pulmones heridos / a las pezuñas de canguro
con que avanzan tus orillas
Callejón sin salida
tablita pirata
salto de tigre
transpiración entre la niebla
LSD escurridizo
rostro en el que vemos beber
chupar su fuerza
a las especies más nómadas
de nuestros árboles de fuego
Callejón sin salida
voz de los inquietos
canción de los difíciles
biombo de cerezos
que escogen para sus muecas los travestis
Inyección de bastas
papiro con signos
al que sólo los imbéciles
son capaces de no entregar su vista
Cuna de motines
incubadora de orgasmos
hamaca carnívora
en la que medito los jugos de jazz
con los que saldré más fresco
más brillante / de mis próximos incendios
Aparentemente tú has decidido darnos la espalda
acordonarnos los músculos del cuello
triturarnos los fusibles
jugar con nosotros al festín de los fantasmas
Pero lo cierto en este crucigrama
de barricadas temblonas
camas destendidas
citas inciertas
con lo desconocido intrauterino
Pero lo cierto en este crucigrama
es que la lengua del poeta te visita
el sudor del guerrillero penetra en ti / hasta los ojos
los fetos electrizados del deseo aún insatisfecho
bailan en tus vértebras
forjan sus flautines
prenden sus inciensos en tu pelvis
Mientras tú les sonríes les conversas
les regalas gasolina / soma vibrátil
dentaduras trepadoras que arrancas de ti mismo
& ya puedes considerarte
socio : complice : infrarrealista hermanito nuestro
Crucemos cojos / desgreñados o cantando
los gises polvorientos de esta raya
Callejón sin salida
autostop que me doy a mi mismo
Tu muslo izquierdo: enfermedad
tu muslo derecho: medicina
A la hora en que cierran sus taquillas
los centros nocturnos & los circos
En el momento en que se desmaya la venta de aspirinas
consoladores hexámetros famosos
es que tú apareces
en vías de tatuarnos bajo la piel
el rasguño primero de nuestro más obsesivo autorretrato
& ya hasta te silbamos entre sueños
& preferimos salir contigo & con cero pasaportes
a estas calles / bulevares de moho
pasadizos lechosos / vías directas a la hemorragia ámbar
Callejón sin salida
dinos con 1 ojo
rehileteando 1 pestaña
hacia dónde disparar
suave / febrilmente 
nuestra última mirada-picahielo
nuestros últimos cartuchos
remolinos de clara vida & fresco semen
Para la normalidad estamos muertos
para la logística militar no existimos
para las gélidas aguas del cálculo bursátil
nuestras escamas / nuestras hélices
son encías fantasmagóricas
coágulos irresistibles de 1 resplandor
que nos pretenden negar a escopetazos
Pero tú bien sabes
que muy muy dentro de ti
acariciamos probamos tu bocado
rajamos para siempre
las alfombras sin luz propia del horóscopo
Callejón sin salida
callejón de muervida
socio : cómplica : infrarrealista hermanito nuestro.

Aullido de Cisne, 1996

La justicia en China - Florencio Sánchez

En Cuentos Anarquistas de América Latina. Pequeña Antología. Editorial Eleuterio.

Los magistrados del Poder Judicial, son muy severos en la China, lo mismo que en todos los países civilizados.
En Pekín había un juez llamado Tío Kin, que era un modelo en el ejercicio de su ministerio.
Sabía de memoria todos los Códigos del Celeste Imperio, y recitaba todos los artículos de la ley con una precisión admirable.
Me parece que los veo, sentado en su tribunal, con su fisonomía rechoncha, los ojos diminutos, a la moda del país; la cabeza afeitada y la coleta tiesa como un rabo de zorro.
Varios personajes rodeaban el estrado, y le ayudaban en la administración de la justicia.
Sus fallos eran inapelables.
Cuando pronunciaba sentencia, el secretario abría un gran libro amarillo, en el que estaban ya redactadas, para mucho tiempo, las fórmulas de ley, y no había más que llenar los blancos, así como se llenan las matrículas de los peores conciertos en nuestras Comisarías de Policía.

Cierto día compareció ante el juez un pobre chino, a quien se acusaba de haberse robado y comido un huevo.
El magistrado se revistió de la mayor gravedad, y le interrogo así:
- ¿Cómo te llamas?
- Kin Fo
- ¿Por qué te comiste ese huevo?
- Porque tenía hambre.
- Pues bien: la ley es muy clara a este respecto. Escucha tu sentencia: "Todo el que robare alguna cosa, por pequeña e insignificante que sea, será castigado con la pena de muerte", Artículo 3, del Código Verde. Te condeno a la horca administrando justicia, etc. 

El secretario abrió el libro amarillo y lleno cuatro vacíos con estas palabras: Kin-Fo-Huevo-Horca.
El reo dio un golpe sobre la mesa, para llamar la atención del juez, y le mostró una pluma de pavo.
Era la insignia de los mandarines. El reo era, pues, un Mandarín, y esto no lo había advertido a tiempo el magistrado.

El doctor Tío Kín, se rascó la cabeza, como hombre que no sabe qué hacer, y al final dijo:
-Estas leyes del Celeste Imperio son tan intrincadas, que bien puede dispensarme el señor Mandarín que está presente, acusado por una pequeñez, a que medite un momento sobre su causa.
Meditó un rato el chino, o hizo que meditaba, y declaró que aunque la ley hablaba del robo en general, no encontraba en ella ningún artículo referente al robo de huevos, lo cual significaba: que no había castigo alguno para esa falta y en consecuencia, administrando justicia, etc., le declaraba absuelto.
El Secretario volvió a abrir el libro amarillo, tachó la palabra Horca, puso Absuelto.

¡Con qué facilidad se hacen estas cosas en la China!
El juez, entre tanto, se decía para su coleta: ¡Que plancha habría hecho que yo hubiera condenado a ese Mandarín de tres colas!
Aún no se había retirado éste del juzgado, cuándo fue acusado de haberse robado también la gallina que puso el huevo anterior.

El magistrado sudaba de frío. ¡Ya que el delito era más grave! ¡Cómo transigir! Sin embargo, muerto de miedo, escarbó el código y encontró un artículo que decía: "Al que se apropiara de animales ajenos, como gallinas, patos, cerdos, etc., se le cortará la cabeza".
El reo confesó su delito, con gran disgusto del juez, que hubiera querido que lo negara.
¿Qué hacer, pues? la ley era terminante; Tío Kín recordaba que algunos mandarines habían sido ajusticiados en otra época, y aunque la mano le temblaba firmó la sentencia.

Pero, al levantar la vista, observó con asombro que el reo tenía pendiente del cuello el botón de cristal, símbolo de los grandes chambelanes del imperio.
Inmediatamente se pusieron todos de pie ante el sindicado y le saludaron con el más profundo respeto. Sólo el Secretario, que era algo miope, y estaba ocupado por la tercera vez en enmendar la sentencia, demoró algo en levantarse y doblar el espinazo.

Pasado el primer momento de sorpresa, volvió el juez a registrar el código, estudió mejor el plazo y declaró, citando en su apoyo la opinión de notables juristas chinos, que aquello de que se le cortara la cabeza, que constataba en la ley, se refería únicamente a la cabeza del ave robada, nunca a la del ladrón, por lo cual suplicaba a éste tuviera la bondad de decapitar a la gallina, para satisfacer a la vindicta pública.
El Secretario se puso los lentes, abrió el libro amarillo, borró y escribió por la cuarta vez: 

-Pero, es el caso, exclamó el reo, sacando la corona de príncipe imperial y poniéndosela en la cabeza -, que como el dueño de la gallina me impidiera despojarle de su propiedad, yo le maté enseguida.

El personal del juzgado le hizo una profunda reverencia, en tanto que el portero, sabiendo de lo que ocurría, corrió a izar la bandera amarilla, en el balcón del palacio, para que supiera el pueblo de Pekín, que un principie honraba la mansión con su presencia. Y cuando estuvo izada, vino trayendo el almohadón de seda y el dosel de púrpura para el hijo del soberano; pero éste ya salía gravemente de la sala entre dos filas de altos dignatarios, encorvados hasta el suelo y precedido por el magistrado, que rompió la marcha tocando el gong.
Sólo el secretario andaba algo rezagado, motivo de haber tenido que romper, cuidadosamente para que no se notara, la página 3114 del libro de las sentencias. 

Al día siguiente, se instaló el tribunal, fue denunciado por un vendedor de té, de que no se había posternado cuando salía el príncipe del palacio de justicia.
Y, por supuesto, lo ahorcaron, porque la justicia en muy severa en Pekín.

***

- ¡Qué cosas pasan en la China! - dirán mis lectores.
- Sí - digo yo -; parece que pasaran aquí.

Originalmente publicado en Semanario El Sol, Argentina, 1900. 

No me conteis más cuentos - León Felipe.

I
(Introducción al poema "Un signo... ¡Quiero un signo!") 

Ya se han contado todos.
Todos se han dicho y se han escrito.
Y todos se han ovillado y archivado.
Los ha contado el viejo patriarca,
los han cantado el coro y la nodriza
los ha dicho un idiota, lleno de estrépito y de furia,
se han grabado en la ventana y en la rueda
y se han guardado en cajas fuertes las matrices.

Hay réplicas exactas de todas las tragedias,
discos fonográficos de todas las salmodias,
y placas fotográficas de todos los naufragios.
Ninguno se ha perdido. Estad tranquilos.
Se sabe que el poema es una crónica,
que la crónica es un mito,
la Historia, una serpiente que se muerde la fábula
y el poeta el cronista del Rey y el Arzobispo:
el narrador de cuentos.

Todos se han registrado.
Y todos están vivos todavía. Ahí pasa el pregonero:
"¡Cuentos!... ¡Cuentos!.. ¡Cuentos!... " 
Es aquel viejo vendedor de sombras y de risas
que ahora pregona cuentos.

Pero yo no quiero cuentos...
No me contéis más cuentos.

II 
Se todos los cuentos

Yo no sé muchas cosas, es verdad.
Digo tan sólo lo que he visto.
Y he visto:
que la cuna del hombre la mecen con cuentos,
que los gritos de angustia del hombre los ahogan con cuentos,
que el llanto del hombre lo taponan en cuentos,
que los huesos del hombre los entierran con cuentos...
y que el miedo del hombre...
ha inventado todos los cuentos.
Yo sé muy pocas cosas, es verdad.
Pero me han dormido con todos los cuentos...
y sé todos los cuentos.

Revista Babel n°22, Julio-Agosto, 1944.

Cuadros de la vida - José Santos González Vera

Extraído de Letras Anarquistas. Artículos periodísticos y otros escritos inéditos de M. Rojas y J.S. González Vera. (compilados por Carmen Soria)

Cuando llego a la inmunda pocilga que tengo por refugio, contemplo la miseria que ella encierra, siento el germen de la rebeldía que invade mi ser; las ideas macabras cruzan en tropel desordenado por mi mente, luego se esfuman como visiones.

Al atardecer salgo a dar el paseo de costumbre: las calles del barrio obrero mal pavimentadas; en altos y bajos, contemplo con tristeza los raquíticos muchachos del pueblo; las escuálidas vírgenes del lodo; los obreros que salen de las fábricas, algunos encorvados por el peso del dolor y la miseria; otros flacos y pálidos, que parecen salidos de las tumbas; y así desfilan los mártires del trabajo, casi todos van hacia un mismo punto: "La cantina", que es una de las armas más poderosas de la burguesía.

Luego tornando a un barrio burgués cambia el paisaje; los parásitos charlatanes producen una bulla infernal con sus voces chillonas; otros afortunados hablan de las conquistas de vacaciones, mientras consumen cigarrillos; allá un industrial con cara de tonto grave se queja de las crisis industriales; que los operarios no se cansan de pedir aumento de salarios... y sigue el drama...

Las burguesillas van aprendiendo movimientos voluptuosos; sus angostos vestidos de seda producen sonidos quejumbrosos que reflejan tal vez el pedazo de vida que arrancó de la operaria al hacerlo. Hablan... hablan como locas... algunas cuentan que decepcionaron a sus amantes por sus ideas anti-religiosas... y así sucesivamente siguen las alegrías y las penas...

Aquí los burgueses se extasían en orgiante placer... y allí los miserables obreros enloquecen de hambre...

Y sigue el eterno drama de la vida... sigue... sigue... adelante.

Originalmente publicado en Verba Roja, primera quincena de febrero, 1914

La palabra última - Manuel Rojas

Me has dicho: no te quiero.
Yo he sentido una gran alegría.
Y una gran pena.
Alegría, porque me siento así mas solo y más libre que nunca.
Y pena, porque mi corazón, dulce siervo, siempre sentirá
    la nostalgia de una dorada esclavitud.
Y por esto, yo no sé si sonreír o llorar ahora.

Tu cariño me hizo amar durante algún tiempo la vida,
los bosques profundos, el cielo, el mar.
Y ahora, solo, mi antiguo amor por la muerte renace.
Yo debería agradecer tu palabra de liberación.
Pero mi espíritu tiembla ante la voz de su vieja soledad.
Y estoy con los ojos cerrados, en la actitud de un ciego
    que escucha.

Y pensar que todo habría sido suave y fácil.
Una palabra habría bastado.
Y nos hubiéramos unido largamente.
Pero tal vez nuestra continuada compañía me habría
    hecho aborrecer mi libertad.
Y entonces habría llorado largamente.
Porque es lo que más quiero después de ti y antes de la muerte.