Me has dicho: no te quiero.
Yo he sentido una gran alegría.
Y una gran pena.
Alegría, porque me siento así mas solo y más libre que nunca.
Y pena, porque mi corazón, dulce siervo, siempre sentirá
la nostalgia de una dorada esclavitud.
Y por esto, yo no sé si sonreír o llorar ahora.
Tu cariño me hizo amar durante algún tiempo la vida,
los bosques profundos, el cielo, el mar.
Y ahora, solo, mi antiguo amor por la muerte renace.
Yo debería agradecer tu palabra de liberación.
Pero mi espíritu tiembla ante la voz de su vieja soledad.
Y estoy con los ojos cerrados, en la actitud de un ciego
que escucha.
Y pensar que todo habría sido suave y fácil.
Una palabra habría bastado.
Y nos hubiéramos unido largamente.
Pero tal vez nuestra continuada compañía me habría
hecho aborrecer mi libertad.
Y entonces habría llorado largamente.
Porque es lo que más quiero después de ti y antes de la muerte.
Nicanor Parra: Hoy el sujeto es el planeta
Sí. El tema de los temas de hoy
en Chile es la vuelta a la democracia. Ahora uno se pregunta ¿cómo es que uno
quiera volver a una situación en la que ya estuvo y de la que quería salir? ¿no
estaremos en peligro de repetir o de estar en presencia de un disco rayad? Si volvemos
a la democracia, los viejos problemas sobreviven, evidentemente. La democracia
no es la solución definitiva, la democracia burguesa, la democracia como se ha
dado en Chile y en otros países, se entiende… De modo que yo personalmente*,
que apoyo la vuelta a la democracia, tengo que tratar de autojustificarme. ¿Por
qué creo que se impone la vuelta a la democracia? Por una razón muy sencilla:
sin ella no se salva nada. Y nuestro deber fundamental en estos momentos es la
supervivencia. El planeta se encuentra en pésimas condiciones. Está moribundo. ¿Y
quiénes son los asesinos del planeta? El complejo industrial-militar. Entiendo por
ello al capitalismo y al socialismo “real”, que en la práctica han resultado,
como sistemas, tan depredadores. De modo que nosotros no volvemos a la
democracia para reanudar la vieja lucha; el reemplazo del sistema burgués por el sistema proletario. Es que han
surgido en los últimos tiempos problemas gravísimos y en los que aspectos de la
cuestión social serían solo eso; aspectos.
En la dictadura, o sea en una
situación de capitalismo virulento, resulta imposible todo intento de
comprender el problema y procesarlo. El capitalismo no dispone de herramientas
para entender la cuestión. Como tampoco dispone de ellas el socialismo “real”,
desafortunadamente. Marx entendió, mucho mejor que el liberalismo, el problema
económico, el de la explotación del hombre por el hombre. Pero la relación del
hombre con la naturaleza no es satisfactoria en el enfoque marxista, según el
pensamiento ecologista, en vez de partir de Marx, prefiere un planteamiento
contemporáneo más coherente: el planteamiento de Kropotkin. Pienso en un
ecologista norteamericano, por ejemplo: Murray Bookcheen. En su libro, “Ecología
de la libertad”, aporta una nueva cosmovisión, una especie de nuevo “Capital”.
Y todo esto tiene más que ver con el socialismo libertario que con el
socialismo autoritario.
Estas filosofías sociales
decimonónicas tienen sus fallas. En su época significaron valiosos pasos
adelante en la historia del hombre y en la caracterización de la lucha de
clases. Pero hoy éstos son solo cuestiones parciales de las estructuras y de
las situaciones más graves que operan entre bastidores.
Pienso en este momento en las
relaciones jerárquicas generales. El ¡NO! a las relaciones jerárquicas, es una
de las primeras intuiciones del ecologismo.
¡NO! A la relación jerárquica de
amo a esclavo entre hombre y mujer, por ejemplo. Como una metáfora de fondo, el
trato que da el complejo industrial-militar a la naturaleza no es nada más que
otra cara del machismo: la naturaleza, como mujer, y el hombre comportándose
ante ella de una manera autoritaria. Habría entonces que retroceder, habría que
buscar entre bastidores y encontrar allí el último núcleo de las dificultades
sociales y comunitarias.
Y hasta las del hombre con la
naturaleza y consigo mismo. En síntesis estoy pensando en una vuelta a la
democracia en Chile, pero con fines planetarios. En otros términos: acción
puntual en Chile y en todas partes, pero con la obligación de pensar globalmente.
Las soluciones para estos dilemas
que se barajan de ordinario son convincentes desde un de vista tradicional,
pero carecen de plausibilidad ecológica. Una de las soluciones propuestas es el
enfrentamiento. Pero esto viene a ser sinónimo de colapso ecológico y de
holocausto nuclear. ¡NO al enfrentamiento! para empezar. Eso nos llevaría al
Apocalipsis. ¿Habría que renunciar a la acción? ¿Habría que renunciar a la
lucha? No. En su libro “Psicoanálisis y ecología”, Cesarman dice que no hay que
extrañarse de lo que ocurre en el planeta. Si fuera lícito extrapolar los
principios del psicoanálisis individual a la sociedad, veríamos que la
comunidad humana está recibiendo como ordenes profundas de fuertes impulsos tanáticos.
No se conoce ningún sistema que sea eterno, que sea inmortal. De modo que este
que llamamos “sociedad humana” está tan expuesto como cualquier otro al
desgaste y a la muerte.
Repensarlo todo de nuevo; esa
sería la primera obligación. Y en esta responsabilidad de repensar la realidad
social desde un punto cero, hay que estar en condiciones de responder a ls
siguiente pregunta; ¿quién es el culpable del lamentoso estado actual del planeta?
Hemos condenado al capitalismo y al socialismo “real”, pero estas filosofías
fueron de muy buenas intenciones, porque ambas querían construir el Paraíso en
la Tierra. ¿No habría una falla anterior? Se me ocurre que sí. En la Reforma
estarían dadas las raíces del capitalismo, especialmente en Calvino, con su
endiosamiento del trabajo. El trabajo no es otra cosa que acción sobre la
naturaleza.
Transformación de la naturaleza
en artefacto, en chatarra. Y todo esto opuesto al principio de finitud de la
naturaleza descubierto por la ciencia contemporánea: la naturaleza no tiene una
capacidad infinita de autorregulación.
Los ecologistas piden una
solución lúcida del problema social. No una solución de ojos cerrados. Y no
estoy hablando de la ecología académica tradicional inventada por Heckel en el
siglo XIX: una ciencia estudia la prelación de una especie con su medio. Ni
tampoco refiriéndome a esa doctrina dedicada a salvaguardar, por ejemplo, la
vida de las ballenas o de las focas o interesada en plantar arbolitos.
Naturalmente que todas estas actividades son bienvenidas. Pero son
absolutamente insuficientes.
Maquillajes, coartadas, movidas.
No son soluciones. Cuando digo ecologismo estoy pensando en las Propuestas de
Daimiel, que los ecologistas españoles produjeron en el año 1978. Un movimiento
socioeconómico basado en la idea de armonía de la especie con su medio, que
lucha por una vida lúdica, creativa, igualitaria, pluralista, libre de
explotación y basada en la comunidad y colaboración de las personas. Los
auténticos presupuestos de una ecología social, realizada más allá de los
términos de una ecología académica y de conservacionismo ambiental.
Originalmente publicado en Crisis No. 52, marzo 1987, p.22-25.
Contra el voto electoral - Eliseo Reclus
Los bueyes van al matadero, nada dicen, nada esperan, pero al menos no votan por el carnicero que los deba matar, ni por el burgués que los deba comer. Más bestia que las bestias, más buey que los bueyes, el elector nombra sus carniceros y elige sus verdugos. ¡Y que haya hecho revoluciones para conquistar este derecho!
Eliseo Reclus.
Revista Claridad, Vol.4, N°114, 1923, Chile.
Polvo y Viento - José Domingo Gomez Rojas
Hoy caen los crepúsculos de mi alma
y dormido me encuentran las auroras;
tengo tantas estrellas en mi ensueño
que hay un divino azul hasta en mi sombra.
Es tan honda la noche de mi espíritu
que en un éxtasis vivo su belleza
y la muerte se acerca hasta mis besos
como virgen vestida con estrellas.
Yo dormiré algún día bajo tierra
y ni mi sombra vagará perdida;
no seré ni recuerdo, ni fantasma,
ni amor lejano, ni canción perdida.
Sólo entonces, tal vez, duerma tranquilo,
sin inquietud alguna... Las estrellas
seguirán en los cielos, y los hombres
viviendo sus dolores por la tierra.
Y yo estaré tranquilo con el polvo
sobre mi corazón, sobre mis labios;
pasarán los millones de centurias...
habrán muerto y nacido muchos astros...
Así quiero dormir bajo los siglos,
vestido con el polvo de lo eterno;
yo que rodé cual lágrima en el mundo
quiero apenas ser polvo sobre el viento.
Elegías, 1935.
De qué se nutre la esperanza - Manuel Rojas
Todo ser humano, por miserable que sea su condición, tiene una esperanza, pequeña o grande, noble o innoble, inalcanzable o próxima, pero esperanza al fin. Una parte de su ser vive en y de esa esperanza, se alimenta de ella y en ella.
Hay días en que esa esperanza amanece reducida al mínimo, misérrima, espantosamente misérrima. Sus posibilidades de realizarse se han alejado o destruido y el ser humano piensa y siente que más valdría que esa esperanza muriese y con ella aquella parte de su ser que vive de ella y en ella, que se alimenta en ella y de ella y que en esos momentos ni se alimenta ni vive, pues está miserable, tan miserable como la esperanza misma.
Pero el hombre tiene, además, otra esperanza: la de que han de venir días mejores para la suya. La deja, entonces, así, pequeña, entumecida, raquítica, y espera; rechazarla sería rechazarse a sí mismo, matarla equivaldría a matar lo que él más estima en sí mismo.
Hay veces en que el ser humano espera vanamente: su esperanza muere en él, tan marchita como él. Otras veces, en cambio, en aquella raíz casi podrida hay un rebrote, un rebrote que puede morir al poco tiempo o que puede traer otros y otros, fuertes y erguidos, apretados de savia, casi agresivos de vitalidad. El ser humano se siente entonces como debe sentirse un rosal en septiembre: pleno, próximo a estallar incapaz de resistir la ola de vida que asciende y circula por sus venas. La esperanza está próxima a convertirse en realidad.
Se ha esperado mucho tiempo, han transcurrido muchos días, terribles y amargos días, días de silencio, días en que se prefería no recordar que se tenía esperanza, días de rencor contra aquellos que impedía su desarrollo, días de desprecio para lo que pudiendo vigorizarla, no la vigorizaba. Días de desprecio, en fin, para sí mismo. ¿Cómo se pudo poner una esperanza en manos tan inhábiles, entregarla a dedos tan torpes, a fuerzas tan inútiles?
Todo aquello, sin embargo, no fue en vano: aquí está la esperanza, rebrotando con una fuerza que produce miedo, con una que está casi más allá de nuestra capacidad de soportarla. Es triste, claro está, muy triste que una esperanza se nutra de hombres muertos, de ciudades rendidas o destrozadas, de incendios, de sangre y de exterminio, pero no siempre le es dado al hombre elegir la materia con que se nutrirá la esperanza.
Revista "Babel"
N° 46. Santiago, 1948.
La eternidad - Gonzalo Rojas
Sin tener qué decir, pero profundamente
destrozado, mi espíritu vacío
llora su desventura
de ser un soplo negro para las rosas blancas,
de ser un agujero por donde se destruye
la risa del amor, cuyos dos labios
son la mujer y el hombre.
Me duele verlos fuertes y felices
jurarse un paraíso en el pantano
de la noche terrestre,
extasiados de olerse y acecharse
como los muertos, solos.
"Oh amantes: no durmáis hasta la aurora,
hasta que el sol reemplace vuestra furia
y entre por las cortinas a besaros los ojos.
No durmáis, Juventud, que la Vejez
os espía detrás de la ventana
con su cara invisible".
"No durmáis, proseguid
vuestra lucha, templad
sin cesar vuestras arma seductoras
con el tacto insaciable, con la sed
del primer huracán, a sangre y fuego.
No durmáis. Que el furor
os libre de mis manos asesinas".
"Soy vuestra peste. Soy
el que os sopla al oído la verdad de la tierra,
los designios aciagos:
he perdido mi cuerpo, porque yo soy la voz
de los cuerpos perdidos".
destrozado, mi espíritu vacío
llora su desventura
de ser un soplo negro para las rosas blancas,
de ser un agujero por donde se destruye
la risa del amor, cuyos dos labios
son la mujer y el hombre.
Me duele verlos fuertes y felices
jurarse un paraíso en el pantano
de la noche terrestre,
extasiados de olerse y acecharse
como los muertos, solos.
"Oh amantes: no durmáis hasta la aurora,
hasta que el sol reemplace vuestra furia
y entre por las cortinas a besaros los ojos.
No durmáis, Juventud, que la Vejez
os espía detrás de la ventana
con su cara invisible".
"No durmáis, proseguid
vuestra lucha, templad
sin cesar vuestras arma seductoras
con el tacto insaciable, con la sed
del primer huracán, a sangre y fuego.
No durmáis. Que el furor
os libre de mis manos asesinas".
"Soy vuestra peste. Soy
el que os sopla al oído la verdad de la tierra,
los designios aciagos:
he perdido mi cuerpo, porque yo soy la voz
de los cuerpos perdidos".
"No durmáis, hasta el sol.
No durmáis, mis hermosos amantes. No escuchéis
las olas del abismo".
Todos me ven y me oyen,
todos me temen, todos los que sufren el tiempo
como una pesadilla indescifrable,
y todos me preguntan quién soy, pero es inútil:
mi máscara es la noche.
En La Miseria del Hombre, 1948
No durmáis, mis hermosos amantes. No escuchéis
las olas del abismo".
Todos me ven y me oyen,
todos me temen, todos los que sufren el tiempo
como una pesadilla indescifrable,
y todos me preguntan quién soy, pero es inútil:
mi máscara es la noche.
En La Miseria del Hombre, 1948
Mar de Antofagasta - Andrés Sabella
Este Mar
fue el patio
de mi infancia.
Me columpiaba
en el cordel
del horizonte
y en navidad
le ponía
barba de algas
a mi padre.
Mi cabellera
entonces,
era el viento.
En el patio del Mar,
perdí mi frente de niño.
Comenzaba el naufragio.
le ponía
barba de algas
a mi padre.
Mi cabellera
entonces,
era el viento.
En el patio del Mar,
perdí mi frente de niño.
Comenzaba el naufragio.
La muralla de los suicidas - José González Vera
José Santos González Vera (1897-1970) en Revista Claridad Vol. 3 N°78, 1922.
Los días de trabajo con diez centavos quien quiera puede subir al cerro y llegar a la muralla de los suicidas. El paisaje es delicioso. Los pajarillos cantan desde el alba hasta la noche. Se asciende por un caminito muy bien cuidado. A medio camino hay bancos rodeados de enredaderas. Si se camina con ánimo contemplativo, los espectáculos no faltan. A un lado se extiende la masa del cerro con sus árboles, sus flores, sus fuentes y sus monumentos. Desde el misterio de las hojas, llegan mil y mil murmullos; a veces se oyen risas de mujer o lejanos sonidos de campana. Es muy posible que esta clase de espectáculos no agrade a ciertas personas. En ese caso puede el interesado mirar en sentido contrario. La ciudad avanza con sus miles de edificios hasta el horizonte. Se elevan las torres de las iglesias. Sus cruces, si el paseante es católico, pueden recordarle que Dios aún existe y si no lo es, pueden sugerirle la idea de que simbolizan la mentira. El paseante, sin esfuerzo, verá las infinitas chimeneas que empañan con su humo la limpidez del cielo. Y podrá pensar que el trabajo tal como se realiza, es el pulpo de los hombres. La ciudad le evocará todo su pasado. Verá a sus queridas, a sus amigos, a su familia. Pensará en sus luchas, en sus sueños no realizados, en su historia. Y .habrá llegado a la muralla anhelada. Mirará por última vez a los hombres que se afanan en bajos menesteres y sonreirá con una sonrisa heroica. El hombre que va a morir, puede pensar, si en ello encuentra algún placer, que con su muerte la humanidad sufrirá una pérdida irreparable.
Aún más. Si el suicida es aficionado a la publicidad puede liquidarse en la mañana. Así conseguirá que los diarios de la tarde den cuenta del hecho a dos columnas. Amen.
P. S.–Las personas que no posean diez centavos pueden aprovechar el día Domingo. La entrada es gratuita.
González Vera
Revista Claridad n°78, 1922.
Definición del hombre actual - Gonzalo Drago
En Actitud. Revista del grupo "Los Inútiles".
El hombre actual, acosado por las jaurías del odio colectivo
que divide al mundo en dos inmensos bandos de ideas irreconciliables, limitado
por la intensa y tendenciosa propaganda guerrera de los países en lucha,
influenciado por los demagogos y encadenado por los políticos, se debate en
medio del caos y de la desesperación, soportando las dolorosas consecuencias de
un mundo convulsionado.
Diríase que el hombre actual, conjuntamente con la cultura,
ha llegado a una decisiva encrucijada del destino, de la que podrá salir airoso
o derrotado, aunque no haya participado directamente en la lucha armada de los
pueblos. Y de toda esta convulsión mundial es preciso esperar un mundo mejor,
una nueva era en la que el hombre adquiera su más simple y noble expresión como
individuo dentro de la colectividad. Es preciso esperar de pie a ese mundo que
se iniciará después de los últimos estertores de la catástrofe. Es menester
mirar hacia el futuro con la esperanza de que el hombre encontrará su centro
sobre las ruinas de un sistema podrido y caduco que fracasó sistemáticamente
durante varias centurias. Reyes, emperadores, presidentes y dictadores deberán pensar
que no es posible de ningún modo prolongar por más tiempo un sistema que
conduce a la destrucción mutua de las naciones. Sería absurdo que el hombre
actual continuare viviendo una vida de paria después de la estructuración de un
mundo nuevo. Son siglos de sufrimientos, de miserias, de rebeldías sofocadas
con sangre las que justifican el advenimiento de un mundo más justo y más
humano. Porque si ahora se lucha por ideas políticas, por disputarse los
mercados mundiales, en el futuro se luchará por conquistar la libertad
individual y el derecho a vivir como ser humano dentro de la colectividad.
Y no se nos diga soñadores o amargados. La evolución del mundo
no puede detenerse con meras palabras o con la destrucción que siembran las
ametralladoras. Sobre las ruinas y los cadáveres de los combatientes, sobre los
despojos de la civilización destruida, se alzarán los nuevos ideales abriéndose
paso a través de los prejuicios, hasta alcanzar la meta de la felicidad humana,
esa relativa felicidad de dar a cada hombre lo que merece, dentro de un clima
de libertad.
Y cuando llegue ese día, aunque seamos polvo de cementerio,
nos sentiremos avergonzados de todos los crímenes cometidos por la insaciable
ambición de los hombres.
Actitud n°3. Junio de 1943, Rancagua.
Juanito descubre el mundo - Óscar Castro
Fragmento de Comarca del Jazmín
La primera sensación que tiene
Juanito cada mañana, es el rumor del picaporte. Siempre despierta cuando la
lengüeta metálica se esconde para que pueda girar la puerta. Entonces asoma la
cabeza de su madre, y él cierra los ojos con rapidez. Los instantes que su madre
tarda en recorrer el espacio que media entre la puerta y el lecho, son para él
de dulce indecisión. Suenan sobre las tablas los pasos afelpados de sus
babuchas caseras, y al fin está cerca de él, sobre él, su presencia caliente y
amiga. En torno de su madre hay un aura tibia que le besa el rostro antes de
que los labios cariñosos lleguen a tocarlo. Prefiere la suavidad de ese
contacto invisible antes que la caricia misma. Por eso no levanta los párpados.
Si cediera a la tentación, desaparecería el encanto y ya no conseguiría sentir
esa zona que envuelve a su madre. Esto sucede cuando ya sus hermanos se han ido
a la escuela, cuando por toda la casa transita el silencio en las patas de
Choclo, el gato negro y peludo. Afuera se alarga el patio luminoso, manchado
por las hojas del parrón. Más allá queda la cocina, país de humo y de oro. Y,
al fondo, el huerto verde y profundo. El huerto llama cada mañana a Juanito.
Soplan los tallos su flauta clara y fresca para encantarlo. Alzan las azucenas
sus copas espesas de fragancia. Revuelan mariposas amarillas, rojas, huidizas.
Toronjil y cedrón, ruda y malva, romero y albahaca. Todo un mosaico de aromas
que flotan, flotan, formando colores. Para Juanito, el perfume del romero es
azul; el de la menta, celeste; verde amarillo el del cedrón.
“Cor-chue-lo”, sigue diciendo
Juanito a cada rumor de picaporte. Viene entonces la madre para advertirle que
su taza de leche se enfría. Este llamado lo separa de su juguete, y diciendo
por última vez “cor-chue-lo”, se dirige al comedor. Allí hay una taza humeante
y un trozo de pan de oscura corteza. La leche es un mar blanco, espeso,
tranquilo. El niño echa en él, para romper su monotonía, un pedacito de pan que
flota un momento y se apega a los bordes de la taza. Junto a la primera, cae
otra corteza tostada. Y ya la taza es un océano donde se libra un combate
naval. Dos embarcaciones pelean. Una lleva una bandera de diez colores. La
otra, un trapo oscuro. A Juanito le interesa que venza la primera. Por eso,
levanta la cuchara y golpea suavemente el líquido. Se levantan ondas blancas y
ambas embarcaciones se estremecen y chocan. Primer ataque. Ha sacado ventajas
la bandera negra. Pero el capitán de la otra nave es inteligente y ordena una
temeraria maniobra. Un segundo golpe de cuchara distancia más a los rivales. Un
tercero los hace juntarse de nuevo. Esta vez va en ganancia la bandera
multicolor. ¡Viva! El entusiasmo de Juanito no mide la potencia del cuarto
golpe y la leche le salpica la cara. El pequeño se irrita. Coge a los dos
rivales en su cuchara y los engulle. Que sigan el combate en su interior. Y
para que tengan agua de sobra, allá va un gran sorbo de leche.
Pero no es hora de divagaciones.
Ahora Juanito tiene la obligación de examinar su tesoro antes que se despierte
el gigante. Aquí hay un artefacto raro que clava como un puercoespín. Juanito
lo saca con cuidado y lo analiza, temeroso de que tenga vida propia. Es un
objeto de metal amarillo con una especie de carretel erizado de púas. Junto a
este carretel hay muchas laminillas delgaditas, algunas de las cuales están
quebradas como los dientes de una peineta. Convencido de que aquello es
inofensivo, Juanito lo da vueltas entre sus manos. ¿Para qué servirá? Se le
ocurre que aquí deben moler el trigo en los molinos. Pero no. En el molino que
él conoce hay unas piedras enormes, redondas, con un hoyo al centro. Ha visto
dos en la puerta grande de afuera. Y en ellas le dijeron que se molía el trigo.
Entonces aquello debe servir para otra cosa. Está dispuesto a dejarlo en su
sitio, dándose por vencido, cuando sus dedos hacen girar el rodillo. Dos o tres
notas agudas surgen de allí y se quedan vibrando en sus oídos. Repite la
experiencia y el aparato deja oír otras notas más cálidas. Prosigue su juego, y
ya son los compases de una música fina, desvaída, balbuceante. Siguen los dedos
interminablemente y las notas se repiten, se alejan, vuelven, se posan como
pájaros en el corazón de Juanito. El niño está deslumbrado. Aquello debe valer
mucho. Por lo menos un millón de pesos. Pero él tiene que llevárselo, no puede
dejarlo allí. Más tarde, el gigante cerrará con llave la puerta y ya no habrá
manera de cogerlo. Juanito se entreabre la blusa y desliza el artefacto a ras
de piel. Siente su frío contacto y el cuerpo se le engranuja por el lado
izquierdo. La emoción lo paraliza por algunos momentos. Aquella empresa es
demasiado grande para él. Si lo sorprenden, tendrá que restituir su tesoro, y
eso le resulta terrible. El trofeo le pertenece. Lo descubrió él. Los héroes de
los cuentos nunca tuvieran escrúpulos de conciencia. Les bastaba dormir al
dragón o vencer al gigante para que las piedras preciosas y las princesas les
pertenecieran. Y él ha pasado frente al gigante dormido sin despertarlo. Tan
estupenda empresa merece un premio: lo lleva consigo. Debe defenderlo con su
propia sangre si es preciso. Inicia Juanito el retorno con mil precauciones,
aunque tratando de conciliar éstas con su categoría de héroe. Abandona el
cuarto y no vuelve la cabeza de inmediato hacía el lugar en que está su
enemigo. Mira al suelo: allí encuentra la raíz de un duraznero. Suben sus ojos
por el tallo, lentamente, estudiando sus rugosidades. Se detienen en una ramita,
en un nudo, en un brote reciente. Cuando sus miradas han alcanzado suficiente
altura, las hace resbalar de súbito hacía la silla del abuelo. Allí está Baltasar,
en postura idéntica a la de antes. El niño se tranquiliza, echa una ojeada a su
blusa, palpa el objeto que lleva debajo y comprueba que el bulto no es
demasiado visible. Coge entonces una ramita caída en el suelo y avanza
mirándola. Es una ramita seca y recta, suave al tacto. Esta será su vara de
virtud. Con un signo de ella, conseguirá mantener el sueño del gigante todo lo
que sea necesario. Avanza, avanza. Ya no median sino unos pasos entre él y su
abuelo. Entonces alza la ramita y dice como para sí mismo: “Duerme,
duerme". El abuelo da una cabezada que le derriba la testa blanca hacia la
derecha. Entreabre los ojos cenicientos, sin ver el mundo, bajo la sombra de
sus cejas espesas. Juanito se paraliza, la vara de virtud detenida en el aire.
Su vida entera en ese instante, es una vibración como de frágil cristal a punto
de romperse. Pero el abuelo torna otra vez a su sueño con renovada placidez.
Juanito mira la varilla con desconfianza y no vuelve a levantarla. Tiene demasiado
poder y su choque podría matar al gigante. Ya está junto a él, frente a él. Oye
su respiración acompasada y no puede apartar los ojos de aquella figura
durmiente. Lo vigila con todos sus sentidos, seguro de que si dejara de
mirarlo, el gigante se alzaría terrible y acusador ante él. En ese momento, el
objeto se mueve bajo su blusa y le martiriza la piel del vientre. Es un cilicio
cuya tortura trata de evitar hundiendo cuanto puede la barriga. Mas las púas
tenaces prosiguen su tarea de vengadoras, y el niño debe hacer esfuerzos para
no lanzar un gemido.
Tin, tin, tan, tin...
A Juanito le nace, lentamente, un alma musical y esplendorosa. Baila su
corazón entre un huracán de mariposas, pedrerías y flores.
Comarca del Jazmín. Óscar Castro, 1945.
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