Contra el voto electoral - Eliseo Reclus

Los bueyes van al matadero, nada dicen, nada esperan, pero al menos no votan por el carnicero que los deba matar, ni por el burgués que los deba comer. Más bestia que las bestias, más buey que los bueyes, el elector nombra sus carniceros y elige sus verdugos. ¡Y que haya hecho revoluciones para conquistar este derecho!
Eliseo Reclus. 
Revista Claridad, Vol.4, N°114, 1923, Chile.

Polvo y Viento - José Domingo Gomez Rojas

Hoy caen los crepúsculos de mi alma 
y dormido me encuentran las auroras; 
tengo tantas estrellas en mi ensueño 
que hay un divino azul hasta en mi sombra.

Es tan honda la noche de mi espíritu 
que en un éxtasis vivo su belleza 
y la muerte se acerca hasta mis besos 
como virgen vestida con estrellas.

Yo dormiré algún día bajo tierra 
y ni mi sombra vagará perdida; 
no seré ni recuerdo, ni fantasma, 
ni amor lejano, ni canción perdida.

Sólo entonces, tal vez, duerma tranquilo, 
sin inquietud alguna... Las estrellas
seguirán en los cielos, y los hombres 
viviendo sus dolores por la tierra.

Y yo estaré tranquilo con el polvo 
sobre mi corazón, sobre mis labios; 
pasarán los millones de centurias... 
habrán muerto y nacido muchos astros...

Así quiero dormir bajo los siglos, 
vestido con el polvo de lo eterno; 
yo que rodé cual lágrima en el mundo 
quiero apenas ser polvo sobre el viento.
Elegías, 1935.

De qué se nutre la esperanza - Manuel Rojas


Todo ser humano, por miserable que sea su condición, tiene una esperanza, pequeña o grande, noble o innoble, inalcanzable o próxima, pero esperanza al fin. Una parte de su ser vive en y de esa esperanza, se alimenta de ella y en ella.
Hay días en que esa esperanza amanece reducida al mínimo, misérrima, espantosamente misérrima. Sus posibilidades de realizarse se han alejado o destruido y el ser humano piensa y siente que más valdría que esa esperanza muriese y con ella aquella parte de su ser que vive de ella y en ella, que se alimenta en ella y de ella y que en esos momentos ni se alimenta ni vive, pues está miserable, tan miserable como la esperanza misma.

Pero el hombre tiene, además, otra esperanza: la de que han de venir días mejores para la suya. La deja, entonces, así, pequeña, entumecida, raquítica, y espera; rechazarla sería rechazarse a sí mismo, matarla equivaldría a matar lo que él más estima en sí mismo.

Hay veces en que el ser humano espera vanamente: su esperanza muere en él, tan marchita como él. Otras veces, en cambio, en aquella raíz casi podrida hay un rebrote, un rebrote que puede morir al poco tiempo o que puede traer otros y otros, fuertes y erguidos, apretados de savia, casi agresivos de vitalidad. El ser humano se siente entonces como debe sentirse un rosal en septiembre: pleno, próximo a estallar incapaz de resistir la ola de vida que asciende y circula por sus venas. La esperanza está próxima a convertirse en realidad.

Se ha esperado mucho tiempo, han transcurrido muchos días, terribles y amargos días, días de silencio, días en que se prefería no recordar que se tenía esperanza, días de rencor contra aquellos que impedía su desarrollo, días de desprecio para lo que pudiendo vigorizarla, no la vigorizaba. Días de desprecio, en fin, para sí mismo. ¿Cómo se pudo poner una esperanza en manos tan inhábiles, entregarla a dedos tan torpes, a fuerzas tan inútiles?

Todo aquello, sin embargo, no fue en vano: aquí está la esperanza, rebrotando con una fuerza que produce miedo, con una que está casi más allá de nuestra capacidad de soportarla. Es triste, claro está, muy triste que una esperanza se nutra de hombres muertos, de ciudades rendidas o destrozadas, de incendios, de sangre y de exterminio, pero no siempre le es dado al hombre elegir la materia con que se nutrirá la esperanza.



Revista "Babel"
N° 46. Santiago, 1948.

La eternidad - Gonzalo Rojas

Sin tener qué decir, pero profundamente
destrozado, mi espíritu vacío
llora su desventura
de ser un soplo negro para las rosas blancas,
de ser un agujero por donde se destruye
la risa del amor, cuyos dos labios
son la mujer y el hombre.

Me duele verlos fuertes y felices
jurarse un paraíso en el pantano
de la noche terrestre,
extasiados de olerse y acecharse
como los muertos, solos.

"Oh amantes: no durmáis hasta la aurora,
hasta que el sol reemplace vuestra furia
y entre por las cortinas a besaros los ojos.
No durmáis, Juventud, que la Vejez
os espía detrás de la ventana
con su cara invisible".

"No durmáis, proseguid
vuestra lucha, templad
sin cesar vuestras arma seductoras
con el tacto insaciable, con la sed
del primer huracán, a sangre y fuego.
No durmáis. Que el furor
os libre de mis manos asesinas".

"Soy vuestra peste. Soy
el que os sopla al oído la verdad de la tierra,
los designios aciagos:
he perdido mi cuerpo, porque yo soy la voz
de los cuerpos perdidos".

"No durmáis, hasta el sol.
No durmáis, mis hermosos amantes. No escuchéis
las olas del abismo".

Todos me ven y me oyen,
todos me temen, todos los que sufren el tiempo
como una pesadilla indescifrable,
y todos me preguntan quién soy, pero es inútil:
mi máscara es la noche.

En La Miseria del Hombre, 1948

Mar de Antofagasta - Andrés Sabella

Este Mar
fue el patio
de mi infancia.
Me columpiaba 
en el cordel
del horizonte
y en navidad
le ponía
barba de algas
a mi padre.
Mi cabellera
entonces,
era el viento.
En el patio del Mar,
perdí mi frente de niño.
Comenzaba el naufragio.

La muralla de los suicidas - José González Vera



José Santos González Vera (1897-1970) en Revista Claridad Vol. 3 N°78, 1922.

La costumbre es una cosa tremenda. Hasta para suicidarse las personas buscan un sitio que no sea de mal tono. Es de mal tono lo incorrecto e incorrecto, lo desacostumbrado. Lo natural es que se elija un sitio donde otros se hayan suicidado. Así se prestigian los vencidos por la desesperación y así se consagra el lugar. Antes, cuando el suicidio era un acto de lujo, la gente se suicidaba en cualquier parte: se tiraba a un estanque, se tendía en la vía férrea, se cortaba las venas, se tragaba una dosis de sublimado, se ahorcaba o se baleaba la sien. En esa época para suicidarse era menester cierta independencia económica. Se necesitaba algún tiempo para determinar la forma de suicidio; era indispensable comprarse un traje negro, adquirir una. pistola legítima o conseguir venenos auténticos. Los pobres estaban condenados a vivir. Por falta de recursos no podían balearse, envenenarse, cortarse las venas o ahorcarse. Cuando estaban demasiado aburridos se ponían en los rieles; pero a lo mejor el tren no pasaba o eran sorprendidos. En este último caso además de sufrir una contrariedad, recibían palizas y carcelazos. Esta injusticia, derivada del régimen capitalista, se extinguió cuando algunos suicidas bien inspirados, dieron en la democrática treta de cumplir su objetivo tirándose por la muralla del cerro Santa Lucía que da a la calle del mismo nombre. Ahora el suicidio está al alcance de todas las personas. Los pobres, en lo que a este asunto se refiere, no tienen de qué quejarse.


Los días de trabajo con diez centavos quien quiera puede subir al cerro y llegar a la muralla de los suicidas. El paisaje es delicioso. Los pajarillos cantan desde el alba hasta la noche. Se asciende por un caminito muy bien cuidado. A medio camino hay bancos rodeados de enredaderas. Si se camina con ánimo contemplativo, los espectáculos no faltan. A un lado se extiende la masa del cerro con sus árboles, sus flores, sus fuentes y sus monumentos. Desde el misterio de las hojas, llegan mil y mil murmullos; a veces se oyen risas de mujer o lejanos sonidos de campana. Es muy posible que esta clase de espectáculos no agrade a ciertas personas. En ese caso puede el interesado mirar en sentido contrario. La ciudad avanza con sus miles de edificios hasta el horizonte. Se elevan las torres de las iglesias. Sus cruces, si el paseante es católico, pueden recordarle que Dios aún existe y si no lo es, pueden sugerirle la idea de que simbolizan la mentira. El paseante, sin esfuerzo, verá las infinitas chimeneas que empañan con su humo la limpidez del cielo. Y podrá pensar que el trabajo tal como se realiza, es el pulpo de los hombres. La ciudad le evocará todo su pasado. Verá a sus queridas, a sus amigos, a su familia. Pensará en sus luchas, en sus sueños no realizados, en su historia. Y .habrá llegado a la muralla anhelada. Mirará por última vez a los hombres que se afanan en bajos menesteres y sonreirá con una sonrisa heroica. El hombre que va a morir, puede pensar, si en ello encuentra algún placer, que con su muerte la humanidad sufrirá una pérdida irreparable.

La muralla de los suicidas permanece siempre en un espléndido aislamiento. Su misma fama la hace inaccesible a cuantos no sienten sinceramente el encomiable deseo de suicidarse. Los paseantes para no obsesionarse con la idea de término, prefieren andar por otros caminos, y los guardianes guiados por el noble propósito de cumplir con su deber durante muchos años, imitan a los paseantes. Puede pues, el joven o el anciano cansado de vivir, llegar hasta ese lugar de liberación. Ningún obstáculo se opondrá a su paso, ninguna circunstancia amenguará su determinación. Además de todas las ventajas pálidamente enumeradas, la muralla de los suicidas, puede decirse que está en pleno centro. Apenas el suicida. se lanza a la calle, todo el mundo se da cuenta del hecho y forma el escándalo del caso. En seguida acude el carro de la Prefectura y carga los despojos. Los reportees también son informados al momento. Los diarios al siguiente día dan la noticia con toda suerte de detalles. No se puede negar que la muralla reúne todas las condiciones.

Aún más. Si el suicida es aficionado a la publicidad puede liquidarse en la mañana. Así conseguirá que los diarios de la tarde den cuenta del hecho a dos columnas. Amen.
                                                              
P. S.–Las personas que no posean diez centavos pueden aprovechar el día Domingo. La entrada es gratuita.
González Vera

Revista Claridad n°78, 1922.

Definición del hombre actual - Gonzalo Drago

En Actitud. Revista del grupo "Los Inútiles".

El hombre actual, acosado por las jaurías del odio colectivo que divide al mundo en dos inmensos bandos de ideas irreconciliables, limitado por la intensa y tendenciosa propaganda guerrera de los países en lucha, influenciado por los demagogos y encadenado por los políticos, se debate en medio del caos y de la desesperación, soportando las dolorosas consecuencias de un mundo convulsionado.

Diríase que el hombre actual, conjuntamente con la cultura, ha llegado a una decisiva encrucijada del destino, de la que podrá salir airoso o derrotado, aunque no haya participado directamente en la lucha armada de los pueblos. Y de toda esta convulsión mundial es preciso esperar un mundo mejor, una nueva era en la que el hombre adquiera su más simple y noble expresión como individuo dentro de la colectividad. Es preciso esperar de pie a ese mundo que se iniciará después de los últimos estertores de la catástrofe. Es menester mirar hacia el futuro con la esperanza de que el hombre encontrará su centro sobre las ruinas de un sistema podrido y caduco que fracasó sistemáticamente durante varias centurias. Reyes, emperadores, presidentes y dictadores deberán pensar que no es posible de ningún modo prolongar por más tiempo un sistema que conduce a la destrucción mutua de las naciones. Sería absurdo que el hombre actual continuare viviendo una vida de paria después de la estructuración de un mundo nuevo. Son siglos de sufrimientos, de miserias, de rebeldías sofocadas con sangre las que justifican el advenimiento de un mundo más justo y más humano. Porque si ahora se lucha por ideas políticas, por disputarse los mercados mundiales, en el futuro se luchará por conquistar la libertad individual y el derecho a vivir como ser humano dentro de la colectividad.

Y no se nos diga soñadores o amargados. La evolución del mundo no puede detenerse con meras palabras o con la destrucción que siembran las ametralladoras. Sobre las ruinas y los cadáveres de los combatientes, sobre los despojos de la civilización destruida, se alzarán los nuevos ideales abriéndose paso a través de los prejuicios, hasta alcanzar la meta de la felicidad humana, esa relativa felicidad de dar a cada hombre lo que merece, dentro de un clima de libertad.


Y cuando llegue ese día, aunque seamos polvo de cementerio, nos sentiremos avergonzados de todos los crímenes cometidos por la insaciable ambición de los hombres.

Actitud n°3. Junio de 1943, Rancagua.

Juanito descubre el mundo - Óscar Castro

Fragmento de Comarca del Jazmín

Corchuelo, si, Corchuelo, dice Juanito lentamente, haciendo jugar el picaporte de su pieza. El picaporte es como un pequeño animalito metálico y chirriante. Tirándole la colita amarilla, el picaporte esconde la lengua, y luego, al soltarla suena y asoma, fría, como si gustase un helado invisible. Juanito ha estudiado mucho este juguete oscuro de la puerta. Desearía sacarlo y ver qué tiene por dentro, descubrir el maravilloso resorte que produce aquel sonido. Se le figura que en el interior de esta cajita debe existir un organismo inédito, muy distinto del que tenía su payaso músico, despanzurrado tres días atrás para resolver el problema de su funcionamiento.

La primera sensación que tiene Juanito cada mañana, es el rumor del picaporte. Siempre despierta cuando la lengüeta metálica se esconde para que pueda girar la puerta. Entonces asoma la cabeza de su madre, y él cierra los ojos con rapidez. Los instantes que su madre tarda en recorrer el espacio que media entre la puerta y el lecho, son para él de dulce indecisión. Suenan sobre las tablas los pasos afelpados de sus babuchas caseras, y al fin está cerca de él, sobre él, su presencia caliente y amiga. En torno de su madre hay un aura tibia que le besa el rostro antes de que los labios cariñosos lleguen a tocarlo. Prefiere la suavidad de ese contacto invisible antes que la caricia misma. Por eso no levanta los párpados. Si cediera a la tentación, desaparecería el encanto y ya no conseguiría sentir esa zona que envuelve a su madre. Esto sucede cuando ya sus hermanos se han ido a la escuela, cuando por toda la casa transita el silencio en las patas de Choclo, el gato negro y peludo. Afuera se alarga el patio luminoso, manchado por las hojas del parrón. Más allá queda la cocina, país de humo y de oro. Y, al fondo, el huerto verde y profundo. El huerto llama cada mañana a Juanito. Soplan los tallos su flauta clara y fresca para encantarlo. Alzan las azucenas sus copas espesas de fragancia. Revuelan mariposas amarillas, rojas, huidizas. Toronjil y cedrón, ruda y malva, romero y albahaca. Todo un mosaico de aromas que flotan, flotan, formando colores. Para Juanito, el perfume del romero es azul; el de la menta, celeste; verde amarillo el del cedrón.

“Cor-chue-lo”, sigue diciendo Juanito a cada rumor de picaporte. Viene entonces la madre para advertirle que su taza de leche se enfría. Este llamado lo separa de su juguete, y diciendo por última vez “cor-chue-lo”, se dirige al comedor. Allí hay una taza humeante y un trozo de pan de oscura corteza. La leche es un mar blanco, espeso, tranquilo. El niño echa en él, para romper su monotonía, un pedacito de pan que flota un momento y se apega a los bordes de la taza. Junto a la primera, cae otra corteza tostada. Y ya la taza es un océano donde se libra un combate naval. Dos embarcaciones pelean. Una lleva una bandera de diez colores. La otra, un trapo oscuro. A Juanito le interesa que venza la primera. Por eso, levanta la cuchara y golpea suavemente el líquido. Se levantan ondas blancas y ambas embarcaciones se estremecen y chocan. Primer ataque. Ha sacado ventajas la bandera negra. Pero el capitán de la otra nave es inteligente y ordena una temeraria maniobra. Un segundo golpe de cuchara distancia más a los rivales. Un tercero los hace juntarse de nuevo. Esta vez va en ganancia la bandera multicolor. ¡Viva! El entusiasmo de Juanito no mide la potencia del cuarto golpe y la leche le salpica la cara. El pequeño se irrita. Coge a los dos rivales en su cuchara y los engulle. Que sigan el combate en su interior. Y para que tengan agua de sobra, allá va un gran sorbo de leche.

Juanito sale al patio. Bajo la sombra del parrón, en su silla de paja, dormita, caída la barba blanca sobre el pecho, Baltasar, el abuelo. El niño pasa por frente a él en puntillas y atraviesa el huerto. En vano alarga sus manos el romero para detenerlo. En vano le manda mensajes el viento, impresos en fino papel de mariposas. Algo más intenso lo lleva, retenida la respiración, suavísimo el paso, hacía un punto que él bien conoce. Al final del huerto, apegado a una tapia con grandes grietas, hay un reino encantado que muy pocas veces ha podido explorar, por expresa prohibición del abuelo. Es un cuarto en que el anciano guarda sus tesoros. Hay allí grandes tarros, barricas desvencijadas, útiles de labranza, tiestos llenos de objetos imprevistos. Como en el cuento de Alí Babá, es necesario franquear una puerta que por fortuna está sin llave. “Sésamo, ábrete”. Y las manos de Juanito se hunden, febriles, en el primer tiesto. Tropiezan sus dedos con heterogéneas cosas: hebillas de hierro, clavos de bronce de dorada cabeza, semillas de colores, láminas de metal, argollas y otras mil baratijas cuyo nombre desconoce nuestro explorador. Corcel apresurado, el corazón le late tumultuoso en el pecho. Aquellas cosas deben tener un incalculable valor. Sí en ese momento viniera el gigante, no tendría el niño un mago bondadoso que lo hiciera desaparecer. Debería enfrentarse resueltamente a su destino y no se siente capaz. El gigante es su abuelo. El pequeño lo ha investido de terribles poderes. Con una sola inflexión de su voz, el gigante podría transformarlo en piedra. 0 en lagarto. Mejor en lagarto, porque las piedras no se mueven y son grises, frías. En cambio, los lagartos ¡qué rapidez tienen! ¡Y cuántos colores! Juanito conoce los lagartos. Los ha visto en las estampas de un libro grande que tiene su hermana, y también en el huerto, sobre las tejas. Es decir, no lagartos verdaderos: lagartijas más bien. Pero qué importa. Deben ser iguales. Claro. Después las lagartijas crecen y se vuelven lagartos. También los gatos se convierten en tigres al hacerse más viejos. Por supuesto que debe pasar un tiempo largo: cien años cuando menos. Entonces se van a la selva y rugen. Rugen como un volcán. Y echan llamas por los ojos. Con estas llamas se alumbran el camino de noche. Cuando hay incendio en la montaña, es que los tigres están hambrientos y le han prendido fuego con los ojos.

Pero no es hora de divagaciones. Ahora Juanito tiene la obligación de examinar su tesoro antes que se despierte el gigante. Aquí hay un artefacto raro que clava como un puercoespín. Juanito lo saca con cuidado y lo analiza, temeroso de que tenga vida propia. Es un objeto de metal amarillo con una especie de carretel erizado de púas. Junto a este carretel hay muchas laminillas delgaditas, algunas de las cuales están quebradas como los dientes de una peineta. Convencido de que aquello es inofensivo, Juanito lo da vueltas entre sus manos. ¿Para qué servirá? Se le ocurre que aquí deben moler el trigo en los molinos. Pero no. En el molino que él conoce hay unas piedras enormes, redondas, con un hoyo al centro. Ha visto dos en la puerta grande de afuera. Y en ellas le dijeron que se molía el trigo. Entonces aquello debe servir para otra cosa. Está dispuesto a dejarlo en su sitio, dándose por vencido, cuando sus dedos hacen girar el rodillo. Dos o tres notas agudas surgen de allí y se quedan vibrando en sus oídos. Repite la experiencia y el aparato deja oír otras notas más cálidas. Prosigue su juego, y ya son los compases de una música fina, desvaída, balbuceante. Siguen los dedos interminablemente y las notas se repiten, se alejan, vuelven, se posan como pájaros en el corazón de Juanito. El niño está deslumbrado. Aquello debe valer mucho. Por lo menos un millón de pesos. Pero él tiene que llevárselo, no puede dejarlo allí. Más tarde, el gigante cerrará con llave la puerta y ya no habrá manera de cogerlo. Juanito se entreabre la blusa y desliza el artefacto a ras de piel. Siente su frío contacto y el cuerpo se le engranuja por el lado izquierdo. La emoción lo paraliza por algunos momentos. Aquella empresa es demasiado grande para él. Si lo sorprenden, tendrá que restituir su tesoro, y eso le resulta terrible. El trofeo le pertenece. Lo descubrió él. Los héroes de los cuentos nunca tuvieran escrúpulos de conciencia. Les bastaba dormir al dragón o vencer al gigante para que las piedras preciosas y las princesas les pertenecieran. Y él ha pasado frente al gigante dormido sin despertarlo. Tan estupenda empresa merece un premio: lo lleva consigo. Debe defenderlo con su propia sangre si es preciso. Inicia Juanito el retorno con mil precauciones, aunque tratando de conciliar éstas con su categoría de héroe. Abandona el cuarto y no vuelve la cabeza de inmediato hacía el lugar en que está su enemigo. Mira al suelo: allí encuentra la raíz de un duraznero. Suben sus ojos por el tallo, lentamente, estudiando sus rugosidades. Se detienen en una ramita, en un nudo, en un brote reciente. Cuando sus miradas han alcanzado suficiente altura, las hace resbalar de súbito hacía la silla del abuelo. Allí está Baltasar, en postura idéntica a la de antes. El niño se tranquiliza, echa una ojeada a su blusa, palpa el objeto que lleva debajo y comprueba que el bulto no es demasiado visible. Coge entonces una ramita caída en el suelo y avanza mirándola. Es una ramita seca y recta, suave al tacto. Esta será su vara de virtud. Con un signo de ella, conseguirá mantener el sueño del gigante todo lo que sea necesario. Avanza, avanza. Ya no median sino unos pasos entre él y su abuelo. Entonces alza la ramita y dice como para sí mismo: “Duerme, duerme". El abuelo da una cabezada que le derriba la testa blanca hacia la derecha. Entreabre los ojos cenicientos, sin ver el mundo, bajo la sombra de sus cejas espesas. Juanito se paraliza, la vara de virtud detenida en el aire. Su vida entera en ese instante, es una vibración como de frágil cristal a punto de romperse. Pero el abuelo torna otra vez a su sueño con renovada placidez. Juanito mira la varilla con desconfianza y no vuelve a levantarla. Tiene demasiado poder y su choque podría matar al gigante. Ya está junto a él, frente a él. Oye su respiración acompasada y no puede apartar los ojos de aquella figura durmiente. Lo vigila con todos sus sentidos, seguro de que si dejara de mirarlo, el gigante se alzaría terrible y acusador ante él. En ese momento, el objeto se mueve bajo su blusa y le martiriza la piel del vientre. Es un cilicio cuya tortura trata de evitar hundiendo cuanto puede la barriga. Mas las púas tenaces prosiguen su tarea de vengadoras, y el niño debe hacer esfuerzos para no lanzar un gemido.

Aquella primera experiencia dice a Juanito que todo lo bello se consigue con dolor. Sin embargo, él no podrá aprovechar la lección, pues, aún es demasiado pequeño y la vida no ha tenido tiempo de endurecerlo. La trayectoria desde donde se halla su abuelo hasta su pieza es una tortura para Juanito. El la soporta heroicamente. Salió herido del combate con el dragón. Todavía siente, viva, quemante, la sensación de su dentellada en el cuerpo. Pero aquí está la puerta. Inútilmente el picaporte estira y encoge su lengüecilla. El niño no la ve: algo más grande acapara todo su interés. Junto a la cama entreabre su blusa y aparece el tesoro intacto. Juanito tiene rasguñada la piel del vientre, pero se da por feliz de haber salvado de aquella aventura con tan escasas heridas. Se queda contemplando el misterioso rodillo y luego se asegura de que nadie vendrá a interrumpirlo. Su madre está en la cocina. El abuelo sigue durmiendo. Tiene por lo menos una hora de libertad absoluta. Una hora suya que el pianito maravilloso llenará de melodías encantadas. Lentamente primero, con mayor ligereza después, hace girar el rodillo. Cada plaquita metálica, al ser levantada por la púa respectiva, entrega su sonido clarísimo. Es como si lloviera música en gotas. El pianito canta, canta. Y el niño, embelesado, no se fatiga nunca de dar vueltas al rodillo. Tin, tin, tan, tin... Bailan todas las princesas de los cuentos, con largos vestidos hechos de pétalos y de estrellas. Tin, tin, tan, tin... Juanito recuerda la lluvia. Así cae sobre los árboles, sobre las casas, sobre el agua de las charcas. Tin, tin, tan, tin... El Gato con Botas, y Caperucita, y Pulgarcito y Blanca Nieves danzan al compás del pequeño instrumento. Tin, tin, tan, tin... El dragón se adormece, llora el gigante, el ogro terrible deja de perseguir a los niños, para escuchar la melodía. Tin, tin, tan, tin... Viene Simbad el Marino, viene Alí Babá con sus cuarenta ladrones, acude Aladino a través del bosque haciendo bailar la sombra de los árboles con el azul, reflejo de su lámpara maravillosa.

Tin, tin, tan, tin...

A Juanito le nace, lentamente, un alma musical y esplendorosa. Baila su corazón entre un huracán de mariposas, pedrerías y flores.

Comarca del Jazmín. Óscar Castro, 1945. 


El criminal es el elector - Albert Libertad

Tú eres el criminal, Oh Pueblo, puesto que tú eres el Soberano. Eres, bien es cierto, el criminal inconsciente e ingenuo. Votas y no ves que eres tu propia víctima.

Sin embargo, ¿no has experimentado lo suficiente que los diputados, que prometen defenderte, como todos los gobiernos del mundo presente y pasado, son mentirosos e impotentes?

¡Lo sabes y te quejas! ¡Lo sabes y los eliges! Los gobernantes, sean quienes sean, trabajaron, trabajan y trabajarán por sus intereses, por los de su casta y por los de sus camarillas.

¿Dónde y cómo podría ser de otro modo? Los gobernados son subalternos y explotados; ¿conoces alguno que no lo sea?

Mientras no comprendas que sólo de ti depende producir y vivir a tu antojo, mientras soportes –por temor- y tú mismo fabriques –por creer en la autoridad necesaria- a jefes y directores, sábelo bien, también tus delegados y amos vivirán de tu trabajo y tu necedad. ¡Te quejas de todo! ¿Pero no eres tú el causante de las mil plagas que te devoran?

Te quejas de la policía, del ejército, de la justicia, de los cuarteles, de las prisiones, de las administraciones, de las leyes, de los ministros, del gobierno, de los financieros, de los especuladores, de los funcionarios, de los patrones, de los sacerdotes, de los propietarios, de los salarios, del paro, del parlamento, de los impuestos, de los aduaneros, de los rentistas, del precio de los víveres, de los arriendos y los alquileres, de las largas jornadas en el taller y en la fábrica, de la magra pitanza, de las privaciones sin número y de la masa infinita de iniquidades sociales.

Te quejas, pero quieres que se mantenga el sistema en el que vegetas. A veces te rebelas, pero para volver a empezar. ¡Eres tú quien produce todo, quien siembra y labora, quien forja y teje, quien amasa y transforma, quien construye y fabrica, quien alimenta y fecunda!

¿Por qué no sacias entonces tu hambre? ¿Por qué eres tú el mal vestido, el mal nutrido, el mal alojado? Sí, ¿por qué el sin pan, el sin zapatos, el sin hogar? ¿Por qué no eres tú tu señor? ¿Por qué te inclinas, obedeces, sirves? ¿Por qué eres tú el inferior, el humillado, el ofendido, el servidor, el esclavo?

¿Elaboras todo y no posees nada? Todo es gracias a ti y tú no eres nada.

Me equivoco. Eres el elector, el votante, el que acepta lo que es; aquel que, mediante la papeleta de voto, sanciona todas sus miserias; aquel que, al votar, consagra todas sus servidumbres.

Eres el criado voluntario, el doméstico amable, el lacayo, el arrastrado, el perro que lame el látigo, arrastrándote bajo el puño del amo. Eres el sargento mayor, el carcelero y el soplón. Eres el buen soldado, el portero modelo, el inquilino benévolo. Eres el empleado fiel, el devoto servidor, el campesino sobrio, el obrero resignado a su propia esclavitud. Eres tu propio verdugo. ¿De qué te quejas?

Eres un peligro para todos nosotros, hombres libres, anarquistas. Eres un peligro igual que los tiranos, que los amos a los que te entregas, que eliges, a los que apoyas, a los que alimentas, que proteges con tus bayonetas, que defiendes con la fuerza bruta, que exaltas con tu ignorancia, que legalizas con tus papeletas de voto y que nos impones por tu imbecilidad.

Tú eres el Soberano, al que se adula y engaña. Te encandilan los discursos. Los carteles te atrapan; te encantan las bobadas y las fruslerías: sigue satisfecho mientras esperas que te fusilen en las colonias y que te masacren en las fronteras a la sombra de tu bandera.

Si lenguas interesadas se relamen ante tu real excremento, ¡Oh Soberano!; si candidatos hambrientos de mandatos y ahítos de simplezas, te cepillan el espinazo y la grupa de tu autocracia de papel; si te embriagas con el incienso y las promesas que vierten sobre ti los que siempre te han traicionado, te engañan y te venderán mañana; es que tú mismo te pareces a ellos. Es que no vales más que la horda de tus famélicos aduladores. Es que, no habiendo podido elevarte a la consciencia de tu individualidad y de tu independencia, eres incapaz de liberarte por ti mismo. No quieres, luego no puedes ser libre.

¡Vamos, vota! Ten confianza en tus mandatarios, cree en tus elegidos.
Pero deja de quejarte. Los yugos que soportas, eres tú quien te los impones. Los crímenes por los que sufres, eres tú quien los cometes. Tú eres el amo, tú el criminal e, ironía, eres tú también el esclavo y la víctima.

Nosotros, cansados de la opresión de los amos que nos das, cansados de soportar su arrogancia, cansados de soportar tu pasividad, venimos a llamarte a la reflexión, a la acción.

Venga, un buen movimiento: quítate el estrecho traje de la legislación, lava rudamente tu cuerpo para que mueran los parásitos y la miseria que te devoran. Sólo entonces podrás vivir plenamente.


¡EL CRIMINAL ES EL ELECTOR!