Pancho Rojas - Manuel Rojas
No podría decir a qué hora murió Pancho Rojas. Sospecho que murió al amanecer, instante que me parece el más angustioso para morir: irse cuando nace el nuevo día que uno no vivirá debe ser más duro que irse al caer la tarde, cuando se espera el sueño y cuando sueño y muerte se confunden.
Y no es por crueldad que me inclino a creer que murió al venir el día: la violenta posición de su cuerpo que parecía hundido en la tierra, así me lo hizo suponer. No murió apaciblemente.
Al encontrarlo, boca abajo, sobre el pasto todavía lleno de rocío, y levantar su cabeza para mirarlo, tuve un estremecimiento: la cara estaba cubierta de pequeñas hormigas rojas, algunas de ellas amontonadas sobre los cerrados párpados, trabajando tal vez para atravesarlos y llegar a las pupilas.
Solté la cabeza, que cayó de nuevo sobre el pasto, y me enderecé. Estábamos solos, en aquel rincón, el muerto y yo. Era un día de otoño, de un otoño seco y brillante. Los primeros picaflores llegaban ya desde el sur y se les veía bailar ante los caquis maduros, hundiendo el agudo pico en la amarillenta corteza.
No sentí tristeza, sino más bien lástima o piedad: algo hondo, de todos modos. Pancho Rojas, sin ser de la familia, era considerado como uno de sus miembros. Llevaba dos años viviendo en la casa y aunque entre él y nosotros existía sólo una relación física, que es la única que suele existir entre muchos seres, esa relación era, felizmente simpática, por lo menos para mí y para los míos. Pertenecíamos, por lo demás, a mundos diferentes, y esa diferencia impedía cualquiera otra aproximación.
No sabía nada de su vida anterior. ¿Dónde había nacido? ¿en qué lugares vivió sus primeros días? Nunca lo supe. Suponía, sí, que era oriundo de algún lugar de la costa central de chile y que sus primeros días los había vivido sobre las lomas o en las quebradas, en los pantanos o en las vegas de esa región, quizá cerca de alguna laguna, como la de Cahuil, por ejemplo, o como la de Boyeruca, o en los valles que cortan por allí la cordillera de la costa.
Al mirarlo y ver su fina estampa, su cuerpo esbelto, su andar elegante, su vestimenta impecable, sentía una gran ternura: me recordaba pasados y hermosos días, mañanas de sol y de viento, amaneceres con húmedas neblinas... me recordaba también el canto y el vuelo de los pájaros, el grito sorpresivo y el vuelo brusco de la perdiz de mar...
Hice lo imposible por llegar a tener con él más estrechas relaciones. Nunca lo logré. Algo, muy importante, que yo no podía traspasar y derribar, nos separaba. Cada vez que intenté acercarme a él, fracasé. Se apartaba, y desde lejos, mirándome de lado, parecía decirme: ¿Por qué pretendes convertirme en algo tuyo? Déjame ser como soy. No quiero llegar a ser como uno de tus hijos, como tu mujer o como uno de tus zapatos, algo doméstico y manoseado...
Yo callaba. ¿Qué podía decirle? callaba, sintiendo en el corazón del dolor de su reproche. Era cierto: cada dos o tres meses el jardinero lo tomaba, no sin que tuviese que correr tras él durante largo rato, y le despuntaba las alas, soltándolo después. Era una crueldad, pero no quería perderlo. Me gustaba mirarlo y lo miraba durante horas enteras... me lo había regalado un amigo.
- A tí te gustan los pájaros -me dijo-; a mi también, pero a mi gente le molesta el grito que da éste. Te lo regalo...
Mi hija lo bautizó.
¿Cómo lo llamaremos? -me preguntó cuando lo solté sobre el pasto, en el jardín, y lo vimos alejarse, un poco agarrotadas las finas patas, luego de sacudir las alas, quizá para librarlas del pesado recuerdo de mis manos.
- Ponle el nombre que gustes- contesté.
- Me gusta Francisco- dijo, mirando el pájaro, que nos miraba de lado con sus ojos color carmesí.
- Me parece bien: mi abuelo se llamaba Francisco y ese también es mi segundo nombre.
- Pancho Rojas, entonces, papá.
- Eso es: Pancho Rojas...
El queltehue, felizmente, Pancho Rojas, no era un ser humano, y vivió y murió como deberían morir todos los animales y todos los hombres: libremente, sin sometimientos.
"Aquí yace Pancho Rojas, el queltehue", decía el papel que los niños pusieron sobre su tumba, atado a un varilla. Pero el letrero duró poco: el jardinero, en la primera regada, barrió con el papel y varilla. Mejor. No venía bien, sobre la tumba de un ser libre y salvaje, una flor ni un papel, mucho menos un epitafio. Pancho Rojas valía más por lo que era que por lo que de él se podía decir.
La luz es como el agua - G.García Márquez
En Navidad los niños volvieron a pedir un bote de remos.
-De acuerdo -dijo el papá, lo compraremos cuando volvamos a Cartagena.
Totó, de nueve años, y Joel, de siete, estaban más decididos de lo que sus padres creían.
-No -dijeron a coro-. Nos hace falta ahora y aquí.
-Para empezar -dijo la madre-, aquí no hay más aguas navegables que la que sale de la ducha.
Tanto ella como el esposo tenían razón. En la casa de Cartagena de Indias había un patio con un muelle sobre la bahía, y un refugio para dos yates grandes. En cambio aquí en Madrid vivían apretados en el piso quinto del número 47 del Paseo de la Castellana. Pero al final ni él ni ella pudieron negarse, porque les habían prometido un bote de remos con su sextante y su brújula si se ganaban el laurel del tercer año de primaria, y se lo habían ganado. Así que el papá compró todo sin decirle nada a su esposa, que era la más reacia a pagar deudas de juego. Era un precioso bote de aluminio con un hilo dorado en la línea de flotación.
-El bote está en el garaje -reveló el papá en el almuerzo-. El problema es que no hay cómo subirlo ni por el ascensor ni por la escalera, y en el garaje no hay más espacio disponible.
Sin embargo, la tarde del sábado siguiente los niños invitaron a sus condiscípulos para subir el bote por las escaleras, y lograron llevarlo hasta el cuarto de servicio.
-Felicitaciones -les dijo el papá ¿ahora qué?
-Ahora nada -dijeron los niños-. Lo único que queríamos era tener el bote en el cuarto, y ya está.
La noche del miércoles, como todos los miércoles, los padres se fueron al cine. Los niños, dueños y señores de la casa, cerraron puertas y ventanas, y rompieron la bombilla encendida de una lámpara de la sala. Un chorro de luz dorada y fresca como el agua empezó a salir de la bombilla rota, y lo dejaron correr hasta que el nivel llego a cuatro palmos. Entonces cortaron la corriente, sacaron el bote, y navegaron a placer por entre las islas de la casa.
Esta aventura fabulosa fue el resultado de una ligereza mía cuando participaba en un seminario sobre la poesía de los utensilios domésticos. Totó me preguntó cómo era que la luz se encendía con sólo apretar un botón, y yo no tuve el valor de pensarlo dos veces.
-La luz es como el agua -le contesté: uno abre el grifo, y sale.
De modo que siguieron navegando los miércoles en la noche, aprendiendo el manejo del sextante y la brújula, hasta que los padres regresaban del cine y los encontraban dormidos como ángeles de tierra firme. Meses después, ansiosos de ir más lejos, pidieron un equipo de pesca submarina. Con todo: máscaras, aletas, tanques y escopetas de aire comprimido.
-Está mal que tengan en el cuarto de servicio un bote de remos que no les sirve para nada -dijo el padre-. Pero está peor que quieran tener además equipos de buceo.
-¿Y si nos ganamos la gardenia de oro del primer semestre? -dijo Joel.
-No -dijo la madre, asustada-. Ya no más.
El padre le reprochó su intransigencia.
-Es que estos niños no se ganan ni un clavo por cumplir con su deber -dijo ella-, pero por un capricho son capaces de ganarse hasta la silla del maestro.
Los padres no dijeron al fin ni que sí ni que no. Pero Totó y Joel, que habían sido los últimos en los dos años anteriores, se ganaron en julio las dos gardenias de oro y el reconocimiento público del rector. Esa misma tarde, sin que hubieran vuelto a pedirlos, encontraron en el dormitorio los equipos de buzos en su empaque original. De modo que el miércoles siguiente, mientras los padres veían El último tango en París, llenaron el apartamento hasta la altura de dos brazas, bucearon como tiburones mansos por debajo de los muebles y las camas, y rescataron del fondo de la luz las cosas que durante años se habían perdido en la oscuridad.
En la premiación final los hermanos fueron aclamados como ejemplo para la escuela, y les dieron diplomas de excelencia. Esta vez no tuvieron que pedir nada, porque los padres les preguntaron qué querían. Ellos fueron tan razonables, que sólo quisieron una fiesta en casa para agasajar a los compañeros de curso.
El papá, a solas con su mujer, estaba radiante.
-Es una prueba de madurez -dijo.
-Dios te oiga -dijo la madre.
El miércoles siguiente, mientras los padres veían La Batalla de Argel , la gente que pasó por la Castellana vio una cascada de luz que caía de un viejo edificio escondido entre los árboles. Salía por los balcones, se derramaba a raudales por la fachada, y se encauzó por la gran avenida en un torrente dorado que iluminó la ciudad hasta el Guadarrama.
Llamados de urgencia, los bomberos forzaron la puerta del quinto piso, y encontraron la casa rebosada de luz hasta el techo. El sofá y los sillones forrados en piel de leopardo flotaban en la sala a distintos niveles, entre las botellas del bar y el piano de cola y su mantón de Manila que aleteaba a media agua como una mantarraya de oro. Los utensilios domésticos, en la plenitud de su poesía, volaban con sus propias alas por el cielo de la cocina. Los instrumentos de la banda de guerra, que los niños usaban para bailar, flotaban al garete entre los peces de colores liberados de la pecera de mamá, que eran los únicos que flotaban vivos y felices en la vasta ciénaga iluminada. En el cuarto de baño flotaban los cepillos de dientes de todos, los preservativos de papá, los pomos de cremas y la dentadura de repuesto de mamá, y el televisor de la alcoba principal flotaba de costado, todavía encendido en el último episodio de la película de media noche prohibida para niños.
Al final del corredor, flotando entre dos aguas, Totó estaba sentado en la popa del bote, aferrado a los remos y con la máscara puesta, buscando el faro del puerto hasta donde le alcanzó el aire de los tanques, y Joel flotaba en la proa buscando todavía la altura de la estrella polar con el sextante, y flotaban por toda la casa sus treinta y siete compañeros de clase, eternizados en el instante de hacer pipí en la maceta de geranios, de cantar el himno de la escuela con la letra cambiada por versos de burla contra el rector, de beberse a escondidas un vaso de brandy de la botella de papá. Pues habían abierto tantas luces al mismo tiempo que la casa se había rebosado, y todo el cuarto año elemental de la escuela de San Julián el Hospitalario se había ahogado en el piso quinto del número 47 del Paseo de la Castellana. En Madrid de España, una ciudad remota de veranos ardientes y vientos helados, sin mar ni río, y cuyos aborígenes de tierra firme nunca fueron maestros en la ciencia de navegar en la luz.
Los amantes - J. Cortázar
Y es sólo entonces cuando están muertos, cuando están vestidos,
que la ciudad los recupera hipócrita
y les impone los deberes cotidianos
Los letrados - Gonzalo Rojas
Lo prostituyen todo
con su ánimo gastado en circunloquios.
Lo explican todo. Monologan
como máquinas llenas de aceite.
Lo manchan todo con su baba metafísica.
Yo los quisiera ver en los mares del sur
una noche de viento real, con la cabeza
vaciada en frío, oliendo
la soledad del mundo,
sin luna,
sin explicación posible,
fumando en el terror del desamparo
Peatonal nocturno
Los
niños de chocolate
con sus pies azules
adornan su odio
de orina y neopren
ríen al compás
de gotas de rocío
que suben marquesinas
mientras del cielo bajan
columnas de humo
a entibiar las sábanas
de quien no los ve.
Extraído del boletín literario Mano de Obra.
TASYS, Concepción.
niños de chocolate
con sus pies azules
adornan su odio
de orina y neopren
ríen al compás
de gotas de rocío
que suben marquesinas
mientras del cielo bajan
columnas de humo
a entibiar las sábanas
de quien no los ve.
Extraído del boletín literario Mano de Obra.
TASYS, Concepción.
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