El Capitán
no es el capitán.
El capitán
es
el Mar.
El perro y el lobo
Un lobo flaco y hambriento, se encontró casualmente con un perro gordo y bien cuidado. Después de saludarse mutuamente preguntó el lobo al perro, cómo era que estaba tan gordo y lúcido, cuando él que era más fuerte y valiente se moría de hambre:
— Es, respondió el perro, que sirvo a un amo que me cuida mucho. Me trae pan sin pedirlo, mi señor desde su mesa me alarga los huesos, y la familia me arroja sus mendrugos, y así sin fatiga lleno la panza.
— Seguramente que eres muy feliz, le dijo el lobo, pues no recuerdo haber visto nunca un animal tan dichoso.
El perro viendo que el lobo apetecía su suerte, le respondió:
— Si quieres puedes lograr la misma fortuna sirviendo a mi amo como yo le sirvo.
— ¿En qué? –replicó el lobo.
— En ser guarda de la puerta –dijo el perro-, y defender la casa de los ladrones por la noche.
— Me convengo a ello, respondió el lobo, pues ahora ando expuesto a las nieves y lluvias, pasando una vida trabajosa en las selvas. ¿Cuánta más cuenta me tiene vivir a sombra de tejado, y hartarme de comida sin tener que hacer?
— Pues vente conmigo, dijo entonces el perro.
Pero mientras caminaban, reparó el lobo que el cuello del perro estaba pelado del roce de la cadena, y le dijo:
— ¿De qué es esto, amigo?, dime la verdad.
— No es nada, respondió el perro, como saben que soy travieso, me atan por el día para que descanse y vele cuando llegue la noche; pero me sueltan al anochecer, y ando entonces por donde se me antoja.
— Bien –dijo el lobo-, ¿pero si quieres salir de casa, te dan licencia?
— Eso no, respondió el perro.
— Pues si no eres libre, replicó el lobo, disfruta tú esos bienes, que tanto alabas, que yo no los quiero si he de sacrificar para ello mi libertad.
Esopo
Collage - Teófilo Cid
Los pájaros bordean el ocaso
con su sombra abrigan el paisaje.
Pájaros de leche,
pájaros de rientes mordeduras
que salen de la aurora como besos aplastados por la noche.
Ellos saben que la sombra
los protege, los defiende, los encierra
en huevo de esmeralda.
Incansables aletean
sobre el césped de virtud de las sonrisas
como júbilos filiales del hastío.
Pájaros de enigma en la piel
pájaros de labios como ojos
que desnudan a la sombra de su tedio.
Los seres son más lentos que el cabello
se espacian se aíslan en sus rocas
y hay dedos que el amor aún no ha tejido,
cuerpos que agravan al amar su libertad.
Mundo natal mundo de donde vienen
rincones infinitos a formar su horizonte,
vestidos como naipes en un sueño
de amor y libertad.
Todos los pájaros son sombras que vuelan
latidos de un mismo pulso
arrugas de una misma ondulación
Todos los pájaros son siempre las doce.
Sus alas espejos destilan
y donde hay una imagen los cuerpos ya no
duermen
los pájaros--espejos sorben la sed de los cuerpos
la sed que es un cielo avisado al desierto
Pero los hombres
tienen sed de pensar en las sombras
que vuelan.
con su sombra abrigan el paisaje.
Pájaros de leche,
pájaros de rientes mordeduras
que salen de la aurora como besos aplastados por la noche.
Ellos saben que la sombra
los protege, los defiende, los encierra
en huevo de esmeralda.
Incansables aletean
sobre el césped de virtud de las sonrisas
como júbilos filiales del hastío.
Pájaros de enigma en la piel
pájaros de labios como ojos
que desnudan a la sombra de su tedio.
Los seres son más lentos que el cabello
se espacian se aíslan en sus rocas
y hay dedos que el amor aún no ha tejido,
cuerpos que agravan al amar su libertad.
Mundo natal mundo de donde vienen
rincones infinitos a formar su horizonte,
vestidos como naipes en un sueño
de amor y libertad.
Todos los pájaros son sombras que vuelan
latidos de un mismo pulso
arrugas de una misma ondulación
Todos los pájaros son siempre las doce.
Sus alas espejos destilan
y donde hay una imagen los cuerpos ya no
duermen
los pájaros--espejos sorben la sed de los cuerpos
la sed que es un cielo avisado al desierto
Pero los hombres
tienen sed de pensar en las sombras
que vuelan.
Asco dadaista
El ladrón - Armando Triviño
De prisa, limpiándose con un albo pañuelo el rostro rojo y amoratado, avanzaba llevando su luminoso vientre a la delantera de sus pies. Llegó a la puerta del retén y con la voz entrecortada por el cansancio llamó... sargento... ¿Tiene ensillado? monte y vamos... vamos; ya encontrará un bandido, un pícaro, un ladrón que me roba el cáñamo. Lleve una buena penca. Ya me la pagará este bandido, ladrón, sinvergüenza.
A paso rápido entre resoplidos y juramentos vengadores estuvimos ambos en la puerta del establecimiento.
Las trasmisiones volaban palmoteando las poleas invisibles, el motor en un extremo retemblaba esparciendo fuerza y manando por la chimenea un penacho escuálido de humo gris. Una picadora desmenuzaba con su acelerada dentadura los verdes tallos de alfalfa que en su insaciable boca se le introducía.
No lejos las tascadoras trituraban las matas de cáñamo con su sonoro cascabeleo despojando a las blancas fibras de sus cortezas. Allí los músculos potentes de los peones las sacudían y las envolvían retorciéndolas como el rizo de una hermosa y abundante caballera.
Al fondo del extenso patio se aperchaban los sedosos rollos del cáñamo, listos para ser hilados; no lejos se alzaba un gran montón de tosco, donde una cantidad de niños harapientos llevaban sacos para encender lumbre en sus desmantelados y fríos ranchos.
Dos de ellos estaban acompañados de su padre. Un hombre enjuto y de elevada estatura que calzaba unas sonoras ojotas y llevaba al hombro un poncho deshilachado. El hombre salía ya con sus hijos llevándose sendos sacos del residuo de la tascadura del cáñamo, cuando desde la puerta el sargento, un viejo de mirada inquisidora y brutal, le salió al encuentro ordenándolo a dar vuelta el saco.
El interpelado obedeció tercamente, los chicos temblaban.
Con mirada desafiante ambos miraron el montón de simétricas partículas de tasco, donde también iban unos cadejos de hebras de cañamo.
¿Quién te ha dado esto?
Sin esperar respuesta le descargó una brutal bofetada en el rostro.
Amárrelo sargento... Lo pasa por ladrón al juzgado del pueblo, que lo mando yo.
El sargento obedeció amarrándolo fuertemente.
Mientras se le maniataba habló el reo con la voz desolada por la angustia.
¡Lo que son las cosas de este mundo! Quien pensaría; yo labré y compuse la tierra, sembré la semilla, lo he regado, lo arranqué y lo puse a podrir, y hoy me ocupaba en tascarlo y no soy dueño de unas hilachas que los niños han puesto en el saco. No soy dueño de una hebra de lo que he producido con mi trabajo de un año que pasamos a ración de hambre yo, mi mujer y mis hijos. Hoy se me acusa de ladrón y se me ajusticia por lo que he producido, por lo más mio que tengo.
Así le dices al juez mañana... fue la respuesta a aquellas angustiosas y razonadas frases que contestó el patrón mientras sonreía sobándose el panzudo vientre.
Maniatado de pies y manos fue montado en el anca de un jamelgo que partió en busca del pueblo.
El patrón gozoso, lleno de victoriosa satisfacción al ver saciada la sed de sus avarientas venganzas, sonreía, y lo siguió con la vista hasta que se perdió en un recodo del curvo y terroso camino.
Armando Triviño, Periódico La Batalla, noviembre 1914.
Hombre del Loa - Manuel Rojas/A. Parra
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(narrado)
El río Loa, único río de desierto que tiene chile -se llaman así porque desaparecen antes de llegar al mar- nace en la cordillera andina de la provincia de Antofagasta, a los pies del volcán Miño y corre hacia el sur ciento sesenta y cinco kilómetros; entre Chiu Chiu y Calama dobla hacia el oeste y recorre noventa kilómetros más, hasta San Salvador, en donde obligado por el terreno vuelve hacia el norte y recorre otros ciento sesenta y cinco kilómetros hasta desaparecer en el desierto, ya muy cerca del mar.
En su viaje de más de trescientos kilómetros sus aguas alimentan a la industria minera y a la agricultura, a chuchicamata, a las salitreras y a los oasis. Es un río generoso, pero no llega a su destino, al destino de todos los ríos: el mar. Muere en el desierto.
En su recorrido lo acompaña el hombre del norte, el trabajador de las minas, de las salitreras y del cobre, hombre sin destino también, hombre sin éxito, hombre de desarrollo mutilado, hombre que como el río ha producido enormes riquezas, pero que como el río muere en medio del desierto cultural y económico con que lo ha rodeado y sigue rodeando la sociedad en que vive.
(cantado)
Reseco al sol,
reseco al viento,
delgado como tu patria,
callado como el desierto.
Desde El Niño hasta Calama,
por Chiu Chiu y Quillagua
tus pasos siguen el río
y sus solitarias aguas.
Azufre, salitre y yodo,
cobre, manganeso y plata
sacaron tus duras manos
de los cerros y la pampa.
Hombre del Loa, hombre del Loa,
ojos tristes, barba dura,
dedos de sal y de pólvora.
Otro se llevó el dinero
que produjo esa riqueza.
Tú quedaste con tu río,
tu soledad y tu pobreza.
Letra: Manuel Rojas
Música: Ángel Parra
Prometeo - F. Kafka
Hay cuatro leyendas referidas a Prometeo.
Según la primera, fue encadenado al Cáucaso por haber revelado a los hombres los secretos divinos, y los dioses mandaron águilas para devorar su hígado, que se renovaba eternamente.
Según la segunda, Prometeo, espoleado por el dolor de los picos desgarradores, se fue hundiendo en la roca hasta hacerse uno con ella.
Según la tercera, la traición fue olvidada en el curso de los siglos. Los dioses la olvidaron, las águilas la olvidaron, él mismo la olvidó.
Según la cuarta, se cansaron de esa historia insensata. Se cansaron los dioses, se cansaron las águilas, la herida se cerró de cansancio.
Quedó el inexplicable peñasco.
La leyenda quiere explicar lo que no tiene explicación.
Como nacida de una verdad, tiene que volver a lo inexplicable.
Jóvenes de 15 a 20 años
Reza un cartel que encontramos difusamente fijado por las calles de la ciudad: "Joven de 15 a 20 años que quieran ejercitarse en el manejo de armas" y demás instrumentos para matar sus semejantes. El estado, el más fiero de los monstruos, como lo llamaba Nietzsche, necesita del sacrificio de la juventud. Le es necesaria la carne fresca. Es preciso que las madres sigan pariendo hijos, muchos hijos para la patria, para defender los privilegios de los zánganos, para que sepan afrontar la muerte sin temores y sin preguntar por qué. Es imprescindible que los hijos de los esclavos el trabajo aprendan a destrozarse como bestias, porque así conviene a los intereses de los que mandan.
¡Jóvenes de 15 a 20 años abandonad el hogar y corred a engancharos!
Aprended a odiar al resto de vuestros hermanos; aprended a mataros bárbaramente, porque así os lo ordenan los superiores; aprended a obedecer siempre; sed esclavos; sed eunucos; sed instrumentos mecánicos, anulad el amor y las ansias de libertad que ha en vuestras vidas, e id a ingresar en la Armada, que allí, después de darnos golpes, de enseñarnos las disciplinas, de someteros a una rigurosidad bárbara, os darán honores y galones, si tenéis la fortuna de matar muchos hombres en nombre de la "Madre Patria".
Pero antes de ir, escúchanos:
No vayáis, no seáis esclavos ni asesinos: amad la vida y luchad, si, por engrandecerla; amad a la libertad y ofreced el sacrificio de vuestra juventud, pero por el bienestar de todos.
1920.
Declaración - Lois Pereiro
Amarte, vida, amarte casi siempre,
aunque seas dura y lleves mientras tanto
piedad y odio intermitentemente.
Eres tú la que siempre educas y aceleras
la enfermedad letal de los que no se resignan
a ignorar cómo eres en realidad:
solamente un trayecto
cómodo y ultrajante hacia la muerte,
un tránsito inútil e innecesario.
Pero la ignorancia salva a los que no quieren
arriesgarse a perderte tan deprisa
a cambio de la renuncia a profanarte.
Y aquellos dientes que perdí
los necesitaría ahora para defender
las convicciones en las que me reafirmo.
Solidario y amable, si es posible,
o lobo estepario en el destierro,
completaré el círculo insurgente
con las balas del deseo.
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